jueves, 5 de enero de 2012

ABELARDO CASTILLO

Aparecido en el número 459 (1988)
de Cuadernos Hispanoamericanos

Hermann Hesse: en el infierno
Cuando ciertos escritores, aludiendo a la formación del joven novelista o del muchacho poeta, enfatizan la «experiencia vivida», parecen imaginar (o lo fingen) que los libros no pertenecen a la vida. La lectura, sin embargo, es un hecho por lo menos tan humano como el amor, el sarampión o el crimen. ¿Qué otra cosa podría ser? Sucede en la vida. Pero así como hay vivires insignificantes (rascarse, conocer a un imbécil) o profundísimos (estar a punto de ser fusilado o volverse loco, como les pasó a Dostoievsky y a Strindberg), el leer tiene también sus categorías. Existen lecturas formidables, inútiles, obligatorias. Y decisivas. Y muchas veces un libro es tan trascendental para un hombre, escritor o no, como el amor de una mujer o la muerte de un hijo. Negar esto, sí es pura literatura, y de la peor. Pero no necesariamente las obras de Esquilo, Shakespeare o Cervantes -quiero decir no necesariamente los grandes monumentos literarios-, y hasta diría que muy raramente este tipo de obras, producen ese deslumbramiento cegador capaz de revelarle a un hombre el sentido secreto de la (de su) existencia. Basta un poema de diez versos, una novela de cien páginas. El Brand de Ibsen, y hasta una sola frase de ese poema dramático, es quizás el fundamento de mi manera de concebir la vida; Poe y cromosomas aparte, el resto, como le pasó a casi toda mi generación, lo hizo tal vez el existencialismo.
Pero fueron un cuento y una novela de Hermann Hesse, cuyo sentido nunca llegué a comprender del todo en mi adolescencia, los que me entregaron, como hipnotizado, a la literatura. Vale decir, el intento de justificar con palabras la existencia. El cuento se llamaba Breve historia de mi vida (o también pudo ser Infancia de un amigo); la novela no era Demián, que deslumbró a casi todos los adolescentes de mi tiempo pero que yo sólo leí mucho más tarde sin impresionarme demasiado. Era El lobo estepario.
Durante años juzgué ese libro, si no el más grande, por lo menos el más hermoso e inquietante de este siglo. Otras lecturas, otras experiencias no literarias sino de aquellas que Vallejo llama golpes como del odio de Dios, me hicieron luego pensar que exageraba. Hoy, a los 42 años, puesto a escribir casi por azar sobre Hesse, pienso en El lobo estepario, y veo que sigo sintiendo lo mismo. Esto explica (al menos lo espeto) el impudor de esta nota. Escribir sobre Hermann Hesse, para mí, no es un acto literario, sino casi autobiográfico. Descubro que hasta hoy ignoré cuál era el pensamiento capital de Hesse (su visión del mundo); descubro que para «comprenderlo» nunca me importó. «El drama de la inevitable soledad del hombre», leo en una solapa, o «la búsqueda de sí mismo», en un viejo recorte de diario, o «el drama intrínseco de la superación humana» (Alfredo Cahan) o, «la acentuación de la humanidad como idea y como hechos, y la concepción de sentido metafísico del ser» (Werner Bock) son, en franco y contradictorio apelmazamiento, algunas solemnes ambigüedades que mereció su obra.
Todo lo cual suena a inutilidad. Para comprender qué significa Hesse hay que reparar, antes que nada, en una palabra que ya he empleado dos veces en esta página: adolescencia. Excepto quizás esa monumental obra del pensamiento contemporáneo que es El juego de abalorios, las grandes obras de Hesse nos remiten totalmente a la adolescencia. O se lo indaga desde allí, o uno se queda sin saber para siempre qué ha leído. Y esto es lo curioso. Siendo Hesse uno de los mayores poetas de su lengua y uno de los más grandes novelistas «pensadores» de nuestra época -estando su pensamiento muy por encima de la capacidad de comprensión real de un adolescente, al punto que yo diría que su mejor literatura es una literatura maligna, bellamente corruptora, demoníaca- da la impresión de poder ser captado, intuído y sobre todo amado sólo en la adolescencia. Los hombres de mi edad o lo han olvidado o lo leen para escribir sobre él, para hacer con su obra lo que Hesse más detestaba: literatura a la segunda potencia, academicismo, antipoesía. Volvámonos veintitantos años más jóvenes, pues, y enumeremos ciertas características del hombre hesse para advertir qué significa la paradoja de la influencia de este pensamiento archiadulto sobre los jóvenes. Vastísima cultura, devoción por Mozart y por Goethe, vale decir, clasicismo, arrogante autoexilio en un cantón suizo al borde del lago de Lugano, y rodeado de objetos de arte, repulsión manifiesta (que me resulta consoladora) por los gomosos estruendos wagnerianos y aun por ciertas inflazones del querible Brahms (música que suelen amar los muchachos y muchachas «espirituales» pero que Hesse juzgaba con sonriente equidad), crítica implacable al mal gusto chillón y ruidoso de nuestro tiempo, al que llamaba siglo de las palabras cruzadas y las conferencias, época folletinesca. Un lobo, en suma: capaz de morderle la mano a más de un Sinclair desprevenido.
No ignoro, por supuesto, que llegado el momento rompió su aislamiento espiritual, y como Thomas Mann y junto a los mejores alemanes de su generación combatió el nazismo y pudo declarar su incorruptible fe en el advenimiento de un mundo para la libertad del hombre. Pero esto, con ser hermoso como actitud, no es lo que lo define, sino su aristocrático desprecio por el tiempo que le tocó vivir: su inactualidad. Y es justamente este arstócrata del pensamiento, este inactual, quien desde hace generaciones y mucho antes de su muerte, viene siendo devoción de miles de muchachos y muchachas.
Se sabe que a aprtir de 1943, cuando terminó el Juego de abalorios, Hesse prácticamente renunció a la literatura. Sólo escribió versos y, fundamentalmente, cartas. Estas cartas son acaso una de sus obras más impresionantes y están casi exclusivamente dirigidas a los jóvenes que le escribían desde todos los rincones del mundo. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar que hoy mismo, desde los EE.UU. A España, toda una generación que tiene en su santoral más íntimo a los Beatles (¿qué pensaría Hesse de John Lennon?) venere, al mismo tiempo, a este sombrío asceta que había escrito en la verja de su palazzo de Montagnola: «Nada de visitas»?
Se dice que Siddartha fue la novela que originó la resurrección de Hesse: muchachos hartos de rascacielos, escapes de autobuses, materialismo y gases lacrimógenos, habrían visto en el orientalismo occidentalizado de Hesse un posible camino de salvación, o al menos, de evasión. Algo de eso hay, seguramente (y eso explica también el éxito de libros mediocres tipo Juan Salvador Gaviota, y explica el gigantesco malentendido de El principito, libro cuyos lectores son masivamente los únicos que no merecen leerlo): Algo de eso hay, pero hay también bastante más. Porque Hesse nunca se dejó de leer. Y porque libros como Siddartha, como Ensueños, como Narciso y Goldmundo, por no hablar de El lobo estepario y El juego de abalorios, son, casi sin ninguna duda, la obra compleja y terrible de un hombre genial.
Yo pienso esto. Como aquel personaje de Theodoro Sturgeon que, sin saber cómo, entendía el lenguaje del bebé, y sólo él lo entendía, únicamente en la adolescencia estamos dotados para la «milagrosa» revelación de Hesse. Después, pueden ocurrir dos cosas. O por milagro seguimos conservando esa lucidez demencial de los 15 o los 16 años y luego, creciendo, aprendemos lenta y trabajosamente a descifrar las otras palabras de ese mensaje demoníaco («sólo para locos»), o, perdiendo poco a poco la sagrada locura de la adolescencia -esa genialidad dada por el mero hecho de ser jóvenes- nos volvemos irremediablemente estúpidos y Hesse, ya no significa nada.
Transformarse en un señor maduro exige olvidar todo lo que alguna vez se supo. Porque si antes teníamos razón, si la marca de Caín es un sello de la divinidad, un privilegio, si la alegría creadora de Mozart es la verdad del arte, si Abraxas es el hermoso dios demonio que uniendo inocentemente el bien y el mal nos permite la única forma de adoración del mundo, si la salvación del hombre y de su alma está en el Teatro Mágico de Armanda, si aún es posible escapar de la vulgaridad y de la muerte empequeñeciéndose y subiendo a un tren pintado en una pared de esta cárcel, si la verdad de Siddharta consiste en que yo sea lo que debo ser y no seguir a Siddartha, si todo eso, tan fácil de comprender a los 16 años, es el secreto de la vida, nosotros, que ahora no lo comprendemos, ya no tenemos excusas, hemos envejecido, somos gente adulta que ha aceptado otros juegos y otras reglas, hombres que se conforman a horarios de oficina y crían una posteridad según los últimos adelantos de la puericultura y usan calculadoras portátiles. Somos sanos.
Por fortuna, legiones de adolescentes seguirán siendo perturbados por el mensaje equívoco y maligno de este demonio benévolo. Con que uno o dos lo sigan comprendiendo treinta años después de haberlo descubierto en la soledad de una noche única, con que uno solo se atreva después de echar la última mirada al bello abismo de sus libros despiadados, la misión del verdadero Hesse, el que escribía «sólo para locos», estará cumplida. Y el viejo asceta socarrón amador del vino, y de los abalorios inútiles de Castalia, que contestaba todas las cartas de los muchachos del mundo, sentirá, ya definitivamente junto a Goethe y a Mann, desde su bien ganado círculo del infierno.

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