viernes, 4 de mayo de 2012

CLAUDIO SIMIZ

Omar
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Omar se siente transitando en medio de un bosque. Un bosque de cuentos. Las altas, altísimas figuras, inmóviles algunas, en lento desplazamiento otras, podrían ser árboles fantasmales. Los colores son oscuros y poco contrastan con  la madera de esa cosa que parece convocar una y otra vez las lentas rondas de las figuras. Omar, aunque quisiera hacerlo, no se anima a pasar debajo de esa especie de caja gigante, sostenida por dos robustas patas de metal. Más aún, algunas de las figuras  parecen conjurarse para impedir que se acerque. Alcanza a vislumbrar, sin embargo, que todos miran el interior de la caja, y al hacerlo inauguran gestos extraños, como de tristeza, y musitan palabras que él no alcanza a comprender.
Hace un rato la hermana mayor le ha hablado de un viaje, Omar no ha entendido bien si será él el viajero o la madre, y parece que la tía Clara ya tendría que haber llegado para eso…las otras hermanas otean por la ventana con impaciencia y finalmente Paula, que parece la menos ganada por esa lentitud majestuosa del ambiente, le apoya su mano en la nuca  y mitad energía, mitad ternura, lo hace salir de la habitación. En la sala hay más animación, la gente está sentada, y habla en tono normal, la mayoría con un pocillo en la mano. Omar nota que casi todos le acercan una caricia o una sonrisa cuando se acerca y él, con timidez, se deja mimar no sin tomar cierta distancia: en su interior, preferiría estar con mamá.
Decide salir al jardín; el aire es más fresco ahora…desde la loma más cercana comienza a desprenderse una difusa columna de polvo; él sabe que esa es inequívoca señal de que un auto se acerca al pueblo. Cierra un ojo y trata de adivinar, tomando elposte del cerco como referencia, si viene rápido o despacio. Eso se lo enseñó el padre la semana pasada, acuclillado detrás de él, apoyándole las manos sobre los hombros “porque está creciendo”. En los últimos días le vienen diciendo cosas en tono raro, como cariñoso y triste a la vez…un zorzal se cruza, a los saltitos, con un hornero que trae una pajita en el pico. El ya adivinó dónde está haciendo su nido, en el jacarandá de la vereda; la pared del hornito ya es casi tan alta como el pájaro.
El fresco del aire se carga de gotitas minúsculas. Omar tiende la mano y unos instantes después la pasa por su rostro…sí, llueve, poquito, pero llueve. Todo se torna un poco más gris, casi no se distingue la polvareda del auto que se viene acercando trabajosamente por la loma. Las gotas se ponen más gruesas y frías…siempre lo hacen entrar cuando llueve, pero ahora todos deben estar ocupados y él debajo del paraíso va a 
disfrutar del aguacero que crece. Cuando llueve mucho, el arroyo se vuelve río y alguno 
siempre se anima a soltar un bote. El tío Néstor una vez lo llevó y hasta sacó un pescado, que lo asustó un poco con sus vaivenes, pero al final se quedó quieto en el fondo del balde. Pensándolo bien, esa caja oscura del dormitorio parece un bote, angostito, como una canoa, a lo mejor si sigue lloviendo así, pueden ponerse a navegar, a lo mejor el viaje anunciado es en ese bote misterioso y sin colores.
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1 comentario:

Maria Toscano dijo...

me gustó Helios! Gracias.