viernes, 24 de febrero de 2012

PAOLA ELOÍSA TROYA

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El barco solo en el río espera y apenas mece su soledad a la deriva. 
Un nido de pájaros en el árbol, y a lo lejos el barco. Nadie puede siquiera pensar en llegar allí, la lejanía es más que un sueño y menos que dos derrotas pero mientras el barco, solo y gris esperando que el sol termine su puesta y de una buena vez le abandone. Una sombra se le inclina. Serio, callado y pensante el hombre, sentado desde hace mil horas, como mil horas en el alma el cansancio también se nos impone. En sus manos la caña, una simple caña de tacuara simulando anzuelo, y las mil horas siguen de cerca a la ausencia de los peces que no llegan. El hombre solo, el barco solo, la caña vacía, la noche que nace y la soledad humedece el tacto de los párpados viejos de un pescador que sigue esperando que un pez renueve su oficio tan sólo un día más... la red vacía, sólo el río la cruza insoportable, temible pero manso. Todos un dibujo sumergido en el agua, todos vamos naciendo del eco que nos deja el olvido. A lo largo de los años la pesca se tornó en delirio y el barco sigue solo cuando en casa la soledad también se mantiene intacta. Angélica fue víctima de la última crecida, sus ancianas piernas le jugaron en contra cuando se inclinó para ayudar a alzar las redes, la corriente fue más rápida que el valor y las fuerzas de su esposo, y trágicamente se ahogó. Ni siquiera pudieron encontrar su cuerpo. La vida es nada cuando todo se reduce a muerte, Angélica una historia, amasaba pan con el harina que compraba, fruto de unas monedas que llegaban víctimas de la pesca de su amor de antaño. Angélica se ha ido. El hombre solo siguió su camino y en la casa el perro de siempre olvida el cuento. Una mezcla de rutina y destino le empujan allí cada día, como si Angélica volviera, como si el río se la regresara ni que sea un rato, su mirada es tan antigua como su nostalgia, y las lágrimas ya ni asoman, porque se condenaron a sí mismas a la cárcel de sus propios ojos. La libertad ya no es cosa de palabras y el tiempo espera por él, quizás hasta le falte poco. 
No se sabe si es costumbre o esperanza, si estampa o monumento, pero el hombre allí, a lo lejos, solo, cuando ya ni por si acaso espera que la vida "pique"...
y los peces en el agua. 

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta este texto quieto que parece inspirado en la contemplación de un cuadro. Hay, creo, un par de intervenciones del autor que lo debilitan: “…todos vamos naciendo del eco que nos deja el olvido.” “La vida es nada cuando todo se reduce a muerte”. Hay, también, alguna distracción sintáctica, algún verbo ausente. Una intención demasiado manifiesta… demasiado deliberada, de concitar tristeza.
Me gusta. No por estas debilidades, sino a pesar de ellas.

G. Iglesias

Anónimo dijo...

Paola Eloísa Troya, para mi, un antes y un después de leer sus letras. Y todo comenzó en la "P" de su nombre. DM.