domingo, 12 de febrero de 2012

CHARLES DICKENS

Un gran clásico en la literatura más allá de Dickens en la historia.

Por Cristina Pailos

Carlos Marx aconsejaba a los escritores e intelectuales en general, a leer a Honoré de Balzac, no porque éste tuviera interés en que la sociedad cambiara o buscara un rumbo más justo o equitativo; todo lo contrario, los negocios sucios del escritor francés, su esfuerzo en ascender desde el punto de vista social y económico y hasta el invento del  de en su apellido para simular un origen aristocrático, gran anhelo de la burguesía, no los ignoraba el teórico del socialismo pero lo admiraba por ser un retratista  crudo, y veraz de la sociedad de su tiempo. Digamos que era un intelectual honesto y creíble aunque no se pudiera decir lo mismo de otros aspectos de su vida.
Considero que lo mismo habría que decir de Dickens. Sus novelas valen más que cientos de explicaciones sobre la cultura victoriana, las características del burgués torpe y rico surgido de la revolución industrial sin mayores escrúpulos y seguro de su ascenso, resultado de un nuevo modo de producción con progresos científicos y técnicos en esencia muy buenos pero que el burgués consideraba a su entera disposición.
Era el fin de una Inglaterra agraria y de una poderosa aristocracia ociosa o enriquecida, entre otras cosas,  con el comercio de esclavos. Dickens mostraba lo que ocurría. No explicaba el fenómeno. No sólo no iba más allá, sino que en algunos aspectos hasta puede resultar controvertido pero su obra es un clásico testimonio de época, con una fuerza en sus personajes que permanecieron inolvidables en generaciones de lectores del mundo . Tiempos difíciles (Hard Times) es la obra más representativa en ese sentido y también es un clásico porque muchas de las iniquidades que muestra no han desaparecido en el mundo.
De todas sus novelas, la más autobiográfica es sin duda David Copperfield publicada en 1850 porque el escritor fue  victima de aquella explotación despiadada con la que nació el capitalismo moderno. Cuando su padre fue encarcelado por deudas, tuvo que trabajar como embalador de betún a la edad de doce años
En todo el mundo, a partir del 7 de febrero se  realizaron en esos días charlas, eventos, distintos recordatorios por cumplirse el bicentenario del nacimiento del escritor. Gran Bretaña, como es de suponer, fue el epicentro del homenaje. En la ciudad de Portsmouth, en la costa sudeste, donde Dickens nació se realizó una fiesta callejera, pero el Príncipe Carlos no estuvo allí. No. Colocó una corona de flores en la Abadía de Westminster en Londres donde Dickens está enterrado. Eso sí.
Sus obras más famosas : David Copperfield, Grandes Esperanzas, Historia de dos Ciudades, los Papeles de Pickwick, Oliver Twist, Nicholas Nickleby fueron muy solicitadas por los lectores de su época y se esperaban con ansiedad los capítulos que fueron apareciendo como folletín en ciertos medios . Era literatura para niños y para adultos, y por cierta habilidad peculiar del gobierno inglés para con su sociedad y para otras sociedades que conformaban el enorme imperio, también tenía lectores de distinta extracción social, pero el fundamento de la popularidad de esos capítulos que se sucedían con regularidad residía en mostrar nuevos protagonistas: gente común con conflictos y situaciones más interesantes que la de los ricos paseando en carruajes por Hyde Park, o en bellas mansiones en la campiña, como había sido hasta entonces , salvo excepciones. La gente podía reir y llorar acompañando a los personajes. Quizás las nuevas señoras burguesas a quienes sobraba el tiempo descubrieron que los pobres también lloran y eso fue toda una revelación.
Hoy no sería tan fácil recomendar a los niños la lectura de novelas tan extensas y mucho menos en ediciones antiguas de apretada impresión y caracteres muy pequeños, sin embargo, las obras han pasado al cine, al teatro con inalterable atractivo y se adaptaron a nuevas y nuevas versiones, aunque algunas siguieron el modelo de la estricta identificación de los buenos versus  los malos al estilo de los cuentos de los hermanos Grimm. 
Hubiera sido deseable que en tanta biografía formal sobre el escritor que hemos leído en estos días se hubieran dedicado algunas líneas para caracterizar  la época en que su obra se gestó y así comprender mejor la rica obra de Dickens. Hasta hubiera constituido un aporte para reflexionar sobre el progreso, los logros de la ciencia y de la técnica pero también las victimas que nunca acabaron en el capitalismo. Más aún, se multiplicaron en el imperialismo cuando la patria de Dickens se transformó en la Reina de los Mares y luego dejó el legado a la principal de sus colonias: los Estados Unidos de Norteamérica. Ese cambio implicó también un cambio estratégico  en   “la espiritualidad” de la época.
La religión en tiempos de Dickens había perdido muchos adeptos entre la clase obrera porque los partidos socialistas fueron herederos del racionalismo del siglo XVIII, y porque por esa época surgieron muchos teóricos que oponían la razón a la verdad revelada y hasta se panfleteaba por las calles respecto del tema, pero especialmente porque las grandes religiones se desinteresaron totalmente de los enormes padecimientos e injusticias sociales. Así que pronto se pensó que el sermón podía ser más rentable como producto de exportación.  El mercado de feligreses se fortaleció en el exterior, en las colonias del Imperio. Los misioneros se trasladaron a África y creo que su función misionera la ilustra un pensamiento autóctono de dicho continente: “Llegaron y nos convencieron de que dejáramos las armas por la lectura de la Biblia. Pasó el tiempo. Nosotros quedamos con la Biblia y ellos con las armas”
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Cristina como siemore aunas la profundidad conlo ameno, cariños

Cristina V