lunes, 6 de agosto de 2012

JOSÉ INGENIEROS

Tomado del libro “La psicopatología en el arte” Elmer Ediciones, 1957
Conferencia pronunciada en 1899 en el Centro de Estudiantes de Medicina
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2 – La locura en la ciencia y en el arte

En los límites forzosos que la discreción señala a una conferencia, trataremos de examinar algún aspecto de este interesante problema: la relación que ha existido entre las concepciones artísticas y científicas de la locura. O, por decir mejor, cómo ha expresado el arte algunas formas de este gran infortunio que priva al hombre de sus funciones más complejas.

En los últimos años del siglo que muere, los estudios psicológicos han tomado una orientación técnica, en su doble aspecto clínico y experimental; sus métodos son, sin duda, dignos de ser cultivados con asiduidad, pues permiten efectuar un análisis de las funciones psíquicas, incompleto todavía, pero ya menos inseguro que el de los dialécticos y más legítimo que el de los animistas. Pero conviene no olvidar que el análisis es insuficiente para darnos una idea integral de la personalidad humana, por cuanto ésta se presenta siempre a nuestra observación como un conjunto funcional, es decir, como un carácter manifestado por una conducta.

Siempre merecerán sitio de honor como grandes psicólogos ciertos escritores que tuvieron especial perspicacia para observar y describir caracteres humanos, desde el clásico Teofrasto y su comentarista La Bruyere, verdaderos precursores de una vasta bibliografía contemporánea que, con ser técnica, no revela, por lo común, tan alta agudeza de ingenio.

El incremento actual de las disciplinas psicológicas ha puesto de relieve el valor de la patología para ilustrar algunos procesos que son inaccesibles por el método estrictamente experimental; sabido es que Morel, Charcot y Mudsley han señalado rumbos nuevos, por lo cuales marcharon, con éxito desigual, Ribot, Lombroso, Morselli, Janet y cien más, completando con los datos de la psicología mórbida ciertas conclusiones de la normal.

Un resultado de tales estudios ha sido el interés con que muchos psicólogos y alienistas han releído las obras clásicas de la literatura universal, buscando en la descripción de ciertos caracteres humanos un antecedente autorizado o una comprobación legítima de las modernas conclusiones de la psicología. Con esto ha venido a probarse que muchos artistas fueron a la vez admirables observadores, de Eurípides a Dante, de Shakespeare a Goethe, de Cervantes a Moliére; en sus obras podemos estudiar toda la gama anormal que oscila entre las pasiones y la locura, con la ventaja de estar ciertos rasgos mejor estudiados en la obra de arte que en la realidad misma.

Nadie podrá olvidar a Fedra o a Francesca cuando estudie las pasiones, ni prescidirá de Argan cuando analice el neurasténico; el recuerdo del rey Lear y de Don Quijote será constante a quien estudie la locura. No son, ciertamente, “cuadros clínicos perfectos”, pero a pesar de ser imperfecciones se elevan a la inmensa altura psicológica sobre las “historias” que suelen recogerse en los manicomios. Lo que pierden en exactitud, lo ganan en intensidad. Es innegable que expresan con hondo y eficaz realismo el desbarajuste de la mente enferma, aun apartándose de la realidad tal como la observan los alienistas; la firme acentuación de algunas aristas típicas suele compensar la vaga indecisión de otras, no menos esenciales. Pero en esa misma impureza sólo debemos ver los defectos de las cualidades; esos fantasmas creados por la imaginación artística alcanzan un valor sugerente y emotivo más profundo, si cabe, que los enfermos reales en cuya observación han sido inspirados. Nos impresionamos por la verdad contenida en su belleza; pero es verdad idealizada, valor lógico transmutado en valor estético.
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