jueves, 22 de marzo de 2012

MACEDONIO FERNÁNDEZ

TRES COCINEROS Y UN HUEVO FRITO

Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: "Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre"; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: "Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicolás y debe ser así y así" y parte a ver cómo le habían robado a su mujer.
Como el primer cocinero no llega, el huevo está hecho y no se sabe a quién servirlo; se le encarga entonces al mensajero llevarlo al mozo que lo pidió, previa averiguación del caso; pero el mozo no aparece y el huevo en tanto se enfría y marchita. Después de molestar con preguntas a todos los clientes del hotel se da con el que había pedido el huevo frito. El cliente mira detenidamente, saborea, compara con sus recuerdos y dice que en su vida ha comido un huevo frito más delicioso, más perfectamente hecho.
Como el gran jefe de fiscalización de los procedimientos culinarios llega a saber todo lo que había pasado y conoce los encomios, resuelve: cambiar el nombre del hotel (pues el cliente se había retirado haciéndole gran propaganda) llamándolo Hotel de los 3 Cocineros y 1 Huevo Frito, y estatuye en las reglas culinarias que todo huevo frito debe ser en una tercera parte trabajado por un diferente cocinero.

COLABORACIÓN DE LAS COSAS

Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes. Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia.
Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe menospreciarse su mérito.
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3 comentarios:

Guillermo Iglesias dijo...

Me parece que escribí algo con la misma idea de "Tres cocinero..."


HÁBITOS
Braulio lee en el baño. Invariablemente atiende los reclamos de su naturaleza en compañía de un libro. Esa práctica le fue deparando, al cabo de los años, ciertas preferencias de género, así como una firme predilección por algunos autores. Con el tiempo fue desechado los tratados de economía política en beneficio del policial inglés y, en la actualidad, prefiere a Chesterton antes que a Conan Doyle. Había hecho intentos, en los primeros tiempos, de elegir textos cuya extensión se ajustara a sus otras expectativas, pero pronto debió aceptar que sus previsiones rara vez eran acertadas. En ocasiones había acometido la lectura de un extenso capítulo para descubrir, instantes después, que le hubiese bastado un mini relato. Otras veces lamentaba haber elegido un cuento en lugar de una novela. Con igual fortuna había intentado acompañar sus previsiones fisiológicas con estilos narrativos que armonizaran con ellas. En este aspecto, un solo éxito había coronado sus esfuerzos. Ocurrió una madrugada, al regresar de una copiosa cena en el Rotary Club. En esa oportunidad, mientras descargaba el agua del depósito, sintió por primera vez, que había complementado triunfalmente sus actividades, “Cumbres borrascosas” había sido una elección más que apropiada.
El éxito no volvió a repetirse. Sin embargo, su visita cotidiana al excusado -Braulio es un caballero de hábitos regulares- había terminado por convertirse para este hombre solitario, en una instancia de placer intelectual y estético. Un día comprendió que esos lapsos de placer eran insuficientes, que debía leer más. Luego de una profunda reflexión, se decidió. Ese día salió lleno de determinación a comprar un frasco de laxante.

helios dijo...

No sé si es tan así, como los tres cocineros. Es otra, a mi entender, la idea.
El hecho de leer en el baño, es un acto purificador, si se leen texto de autores que calan hondo.
Mientras uno va eliminando lo que ya cumplió su ciclo alimenticio transformado en deshecho e incorpora el material literario, se cumple con el acto catártico que va directo al alma y esto, mejora cualitativamente el cuerpo, que, según Sábato, es la caja del alma.
Me agrada tu narración y si me permitís, quisiera publicarla en Arte y Letras.

Guillermo Iglesias dijo...

Me pereció que las ideas coincidían en eso de atribuir una consecuencia a causas equivocadas.

Por supuesto, Helios, acepto halagado tu pedido. Gracias.