lunes, 20 de mayo de 2013

OMAR MARSILI

La paz de los cementerios
En apenas tres meses la paz de los cementerios se ve perturbada por la presencia de dos siniestros personajes, José Alfredo Martínez de Hoz y Jorge Rafael Videla.

Videla terminó justicieramente preso, en una cárcel común, como lo que fue, un asesino autoconfeso, un inescrupuloso mesiánico, un Hitler sudaca que merece el desprecio que la historia le tiene guardada. El otro genocida, José Alfredo Martínez de Hoz, también tuvo su juicio. Las acciones de Walter Beveraggi Allende y mas aún “La Causa Olmos sobre defraudación contra el Estado Nacional” con el fallo del juez Ballesteros que declara culpable a quien no tuvo cárcel y ni siquiera sanción social.
Durante su gestión y las de sus discípulos como ministro, la industria nacional desapareció, más de 20 mil fábricas quebraron, al igual que campos. También se eliminaron doscientos bancos y se dio apoyatura a la banca internacional dentro de los límites del país y en el manejo del mundo. Durante su actuación se promovió la apertura indiscriminada a productos de todo el mundo y sin tabúes de ningún tipo, resolvió todos sus temas particulares. Como ejemplo sirve la eliminación del impuesto a la herencia, beneficio que utilizó para transferir los bienes de su padre, herencia que venía siendo desde varios años postergada. Entre otros delitos menores cometió el de nacionalizar la empresa eléctrica con una producción muy baja y totalmente obsoleta –la Italo Argentina–, empresa de la que es asesor. Vendedor y comprador en los dos costados del mostrador, vendedor y comprador en la misma silla y en la misma corbata.
Esa dupla perversa, además de contar con treinta mil desaparecidos, –repito– destruyó la industria nacional e implantó un régimen de endeudamiento público. Cuando ellos se apoderan del Estado se debían seis mil millones de dólares y al final del régimen genocida de Videla y sus continuadores, en apenas siete años, multiplicaron por siete la deuda externa llevándola a la suma de cuarenta y dos mil millones de dólares.
Lo más curioso es que, si bien la dictadura entregó el gobierno a la democracia, las políticas de Martínez de Hoz y sus discípulos se mantuvieron hasta 2003. Salvo Bernardo Grinspun, ninguno de los ministros de Economía buscó salir de esa trampa. Ese intento fracasó boicoteado principalmente por varios colaboradores de Raúl Alfonsín, entre otros el presidente del Banco Central, el doctor García Vázquez. Alfonsín, lamentablemente, quedó abrazado con los economistas liberales. El mismo Salvador Treber debió abandonar el gobierno por sus posturas nacionales y desarrollistas. Los radicales se quedaron con José Luis Machinea, Federico Sturzenegger, Ricardo López Murphy. O sea, los “Chicago boys”, como se autodenominaban.
Es famosa la crítica del pasquín nacional difundiendo la foto en la que Grinspun en una partida de truco les muestra el as de espada a las cámaras. Alfonsín compra la foto y esa imagen es justa causa para terminar con su gestión y volver al recetario del nefasto representante de la Sociedad Rural y la oligarquía nacional, José Alfredo Martínez de Hoz.
Grinspun quería formar un Club Internacional de deudores. El Citigroup prefería el Club de Acreedores. Alfonsín elige perder la pulseada y le brinda el triunfo a la banca internacional. De ahí en más Argentina vive de crisis en crisis y prueba todos sus sinsabores: “efecto arroz”, “efecto tequila”, “efecto zamba”, que bien podrían reducirse a un nombre global pero de consecuencias nacionales: “efecto Martínez de Hoz”.
La hegemonía de este siniestro personaje fue tan extensa que su mejor defensa era decir que los demás “economistas” utilizaban las mismas herramientas que él. De premio a su trayectoria el dúo Carlos Reutemann-Jorge Obeid le dieron la oportunidad a fines del siglo XX de ser director del Nuevo Banco de Santa Fe. Si, fue director del banco privatizado en los últimos años de su vida, junto a otro nombre oscuro: Adalbert Krieger Vasena.
En 2003 llega el famoso viento de cola y cambia la historia. Aumenta el trabajo, se reducen las importaciones, la balanza comercial es favorable. El viento de cola no es otra causa que el abandono de las propuestas económicas de Martínez y sus secuaces que proponen devaluaciones, insisten con los problemas de la inflación, exigen la liberación de acceso al dólar y sobretodo, endeudamientos. Todos los economistas están vinculados a los círculos financieros internacionales y con total descaro lo escriben en sus páginas de internet.
El viento de cola es decirle no “al Alca”, frenar a las importaciones, poner retenciones al campo en un momento donde el campo tiene súper utilidades.
Así como la sanción social golpeó a Videla es necesario que se conozca la trayectoria de Martínez de Hoz y sus consecuencias para que sus discípulos no tengan nuevas oportunidades para volver a ese juego perverso de crisis más crisis como un encadenamiento lógico.
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