lunes, 24 de diciembre de 2012

NOAM CHOMSKY

La democracia del espectador

Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político —tanto de asuntos domésticos como internacionales— así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan.

Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad intelectual de la que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.

Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea.

Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez que se han liberado de su carga y traspasado ésta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones.

Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con el objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea.

En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda.

La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al Estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.
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domingo, 23 de diciembre de 2012

JOSÉ INGENIEROS

DE LA PSICOPATOLOGÍA EN EL ARTE

1 – La verdad y la belleza
Una feliz casualidad puso en mis manos, casi en la infancia, el admirable Elogio de la locura escrito por Erasmo, el Voltaire del Renacimiento. Las conocidas ilustraciones de Hans Holbein prestaban su atractivo al sabroso panfleto, destinado a poner en punto de solfa todas las formas de la estulticia humana; vuelto de Roma con su fe maltrecha, Erasmo había colgado en la misma horca del ridículo a teólogos, monjes, papas, príncipes y cuántos sabios o magnates vivían esclavos de la estéril vanidad. De ese modo nació en mí, tempranamente, cierta afición por los estudios de patología mental, mejor definida cuando leí el Hamlet, el Quijote, el Enfermo imaginario, siendo ya estudiante de medicina.
Pareciome evidente que en esos dominios de la psicología mórbida, el arte y la ciencia se daban la mano, poniendo el uno más calor y firmeza en el bosquejo sintético de los caracteres, permitiendo la otra más sutiles análisis y precisas determinaciones.
Nunca, pese al común sentir de los mediocres, descubrí un necesario antagonismo entre los productos de la imaginación estética y de la imaginación científica, cuyos valores, distintos por sus métodos, parecen convergentes por sus más altos resultados.

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sábado, 22 de diciembre de 2012

ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO

HOMENAJE
A este inmenso de todos los tiempos, a este visionario que hoy es tan actual como ayer, que sigue diciéndole a los ciegos-sordos que el País, es diferente al que padecimos en dictaduras, cuando el horror económico del neolioberalismo nos arrasaba.
El siguiente texto, es la transcripción de uno de los relatos radiales de Mordisquito.
Enrique Santos Discépolo Nació en Buenos Aires el 27 de marzo de 1901, murió en la misma ciudad el 23 de diciembre de 1951. 
Hoy, se cumplen 61 años de su partida. Pero aquí está

Transcripción

Resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito. Pasaste de náufrago a financista sin bajarte del bote. Vos, sí, vos, que ya estabas acostumbrado a saber que tu patria era la factoría de alguien y te encontraste con que te hacían el regalo de una patria nueva, y entonces, en vez de dar las gracias por el sobretodo de vicuña, dijiste que había una pelusa en la manga y que vos no lo querías derecho sino cruzado. ¡Pero con el sobretodo te quedaste! Entonces, ¿qué me vas a contar a mí? ¿A quién le llevás la contra? Antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Y protestás. ¿Y por qué protestás? ¡Ah, no hay té de Ceilán!
Eso es tremendo. Mirá qué problema. Leche hay, leche sobra; tus hijos, que alguna vez miraban la nata por turno, ahora pueden irse a la escuela con la vaca puesta. ¡Pero no hay té de Ceilán! Y, según vos, no se puede vivir sin té de Ceilán. Te pasaste la vida tomando mate cocido, pero ahora me planteás un problema de Estado porque no hay té de Ceilán. Claro, ahora la flota es tuya, ahora los teléfonos son tuyos, ahora los ferrocarriles son tuyos, ahora el gas es tuyo, pero…, ¡no hay té de Ceilán! Para entrar en un movimiento de recuperación como este al que estamos asistiendo, han tenido que cambiar de sitio muchas cosas y muchas ideas; algunas, monumentales; otras, llenas de amor o de ingenio; ¡todas asombrosas!
El país empezó a caminar de otra manera, sin que lo metieran en el andador o lo llevasen atado de una cuerda; el país se estructuró durante la marcha misma; ¡el país remueve sus cimientos y rehace su historia!
Pero, claro, vos estás preocupado, y yo lo comprendo: porque no hay té de Ceilán. ¡Ah… ni queso!
¡No hay queso! ¡Mirá qué problema! ¿Me vas a decir a mí que no es un problema? Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez, y vos no decías ni medio; vos no protestabas nunca, vos te conformabas con una vida de araña. Ahora ganás bien; ahora están protegidos vos y tus hijos y tus padres. Sí; pero tenés razón: ¡no hay queso! Hay miles de escuelas nuevas, hogares de tránsito, millones y millones para comprar la sonrisa de los pobres; sí, pero, claro, ¡no hay queso! Tenés el aeropuerto, pero no tenés queso. Sería un problema para que se preocupase la vaca y no vos, pero te preocupás vos. Mirá, la tuya es la preocupación del resentido que no puede perdonarle la patriada a los salvadores.
Para alcanzar lo que se está alcanzando hubo que resistir y que vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y de felicidad. Porque vos estás ganando una guerra. Y la estás ganando mientras vas al cine, comés cuatro veces al día y sentís el ruido alegre y rendidor que hace el metabolismo de todos los tuyos. Porque es la primera vez que la guerra la hacen cincuenta personas mientras dieciséis millones duermen tranquilas porque tienen trabajo y encuentran respeto. Cuando las colas se formaban no para tomar un ómnibus o comprar un pollo o depositar en la caja de ahorro, como ahora, sino para pedir angustiosamente un pedazo de carne en aquella vergonzante olla popular, o un empleo en una agencia de colocaciones que nunca lo daba, entonces vos veías pasar el desfile de los desesperados y no se te movía un pelo, no. Es ahora cuando te parás a mirar el desfile de tus hermanos que se ríen, que están contentos… pero eso no te alegra porque, para que ellos alcanzaran esa felicidad, ¡ha sido necesario que escasease el queso! No importa que tu patria haya tenido problemas de gigantes, y que esos problemas los hayan resuelto personas. Vos seguís con el problema chiquito, vos seguís buscándole la hipotenusa al teorema de la cucaracha, ¡vos, el mismo que está preocupado porque no puede tomar té de Ceilán! Y durante toda tu vida tomaste mate! ¿Y a quién se la querés contar? ¿A mí, que tengo esta memoria de elefante? ¡No, a mí no me la vas a contar!
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OSVALDO BAYER

Caperucita, Blancanieves, Pulgarcito

Tomado del diario Página 12
del día de la fecha
Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn, Alemania

Llego aquí y el país está envuelto en una fiesta. Doscientos años de la aparición de los Cuentos Infantiles y Hogareños de los hermanos Grimm. Sí, algo para festejar, para alegrarse, para llevarles flores a esos dos bondadosos hermanos que concibieron nada menos que escribir cuentos para niños. Y los escribieron. Y estarán siempre en el recuerdo de todos.

Me acuerdo cuando mi padre nos trajo un libro con el increíble título y hermosos dibujos: Cuentos para niños. No podíamos creer. Desde ese día comencé a soñar, a mirar el mundo con otros ojos. Tenía siete años y vi que se me abría otro paisaje distinto en la vida. El de la imaginación, el de los sueños. Que había otro mundo. Que existían hadas, bosques, sueños, fantasías, que era posible navegar con la imaginación por todos lados y visitar todos los lugares escondidos. Personajes para soñar, para imitar. De pronto allí, la bondad descrita, el triunfo de los débiles: Caperucita Roja, Pulgarcito, la Cenicienta, la Bella Durmiente..., la Madre Nieve, el Sastrecillo valiente... Vuelven a mí los personajes que me acompañaron en los sueños de toda la infancia.

Fue la mejor escuela. Y también recuerdo cuando mi padre me llevó a la biblioteca de Belgrano por primera vez. Había una habitación con libros de cuentos para niños... Ahí estaban también los de Andersen, los de Perrault... No lo podía creer. Recorrer las tapas con los ojos sorprendidos y la boca que no podía cerrar de pura sorpresa. “Ya no es necesario jugar”, me dije, con un libro de ésos bastaba y sobraba para pasarla bien, gozar, jugar con los personajes y, principalmente, soñar. Esos libros me hicieron aprender a soñar. Sí, y lo dicen los hermanos Grimm en el prólogo de su libro en los Cuentos para niños: “Toda poesía legítima tiene valor cuando demuestra que no puede ser sin estar relacionada con la vida. Porque ella se ha originado en esa vida y regresa de nuevo hacia ella. Como las nubes hacia su lugar de nacimiento luego de que han regado la tierra”.

Así de profundos eran. Como en su búsqueda de los cuentos infantiles. Se basaron en todas las leyendas que contaban las abuelitas en los lugares más alejados. Querían salvar así una tradición que podría perderse con el tiempo. Y ahí quedaron. Hace doscientos años, en 1812, apareció la primera edición de sus Cuentos para niños y salieron 900 ejemplares a la luz. Mientras tanto se han traducido a 170 idiomas y es sin duda uno de los libros más editados en la historia del ser humano.

Los hermanos Grimm nacieron en 1785 y 1786 en Hanau, una pequeña ciudad en el estado de Hesse, en Alemania. Y son autores también del primer diccionario de esa lengua.

En su ciudad natal se levanta un artístico monumento a la memoria de ellos en la plaza central. Feliz una ciudad que tiene un monumento nada menos que a los autores de un libro de cuentos para niños y no a un hombre con armas o a alguien que usó del poder para llegar a la fama. Un ejemplo para aprender. Porque además, como reconocimiento a quienes nos trajeron desde chicos personajes para soñar, divertirnos o aprender, se ha diseñado en este país un circuito verdaderamente extraordinario: “La ruta de los cuentos alemanes”. Se parte desde Bremen, donde en el centro de la ciudad se representan cuentos de esos autores. De allí a las ruinas del castillo de Everstein, donde se representa el cuento La Cenicienta. Y de allí se pasa por doce lugares escenarios de esos relatos, donde se van representando los más conocidos cuentos de los hermanos Grimm. Hasta llegar a Hanau, su lugar de nacimiento, donde se termina con un festival del cuento infantil.

Mismo en la ciudad de Hanau se proyecta construir un museo llamado El mundo de los hermanos Grimm, en el cual se expondrán todos los ecos mundiales que tuvieron sus cuentos, los dibujos en interpretaciones distintas de sus personajes, los iconos, estatuillas, las diversas ediciones mundiales de sus libros. Va a ser un centro verdadero, además, de la literatura infantil y de todos sus progresos y distintas direcciones artísticas que tomaron sus personajes desde que fueron creados.

–Buenos días, Caperucita Roja –la saludó el Lobo.
–Muchas gracias, Lobo.
–¿A dónde va, tan temprano ya afuera, Caperucita?
–Voy a visitar a mi abuelita.
–¿Qué llevas debajo del delantal?
–Torta y vino, ayer nosotras amasamos y ahora tengo que llevárselos a la abuela enferma y débil para que se mejore y se ponga fuerte...

Así comienza el diálogo entre Caperucita y el Lobo que terminará cuando el Lobo le responde a la pregunta de ella: “¿Por qué tienes una boca tan grande?”, nada menos que con estas palabras: “Para comerte mejor”.

Pero en todos los cuentos de los Grimm triunfarán finalmente siempre los más débiles y los más inocentes, dejándonos una moraleja.

En nuestro recuerdo van desfilando. La Cenicienta, El Sastrecillo valiente, El Gato con botas, Hänsel y Gretel, La Bella durmiente, Blancanieves y los siete enanitos, La zorra y los gansos... y tantos otros.

Günther Grass, el Premio Nobel de Literatura, ha escrito un libro inolvidable, pleno de cariño y admiración. Se llama Las palabras de los Grimm, y lleva este subtítulo: “Una declaración de amor”. Y termina su libro describiendo la Alemania derrotada después de 1945. Todo es destrozo y ruina, dolor, el resultado de la estupidez humana que nada ha aprendido a pesar de sus experiencias, guerras perdidas, millones de jóvenes muertos, madres desoladas, niños que nos miran. Un paseo final que pueden dar un siglo y medio después esos dos sabios hombres llamados los hermanos Grimm. Con sus cuentos infantiles y sus metáforas bien escondidas pero siempre presentes. Hubiera sido por demás mordaz si en ese escenario se hubiesen encontrado los hermanos Grimm con el filósofo Kant, llevando éste en sus manos un ensayo sobre “La Paz eterna”. Y después de ello decidieran hacer una visita de consulta a Freud.

Y volvemos a remarcar los cuentos infantiles. Ahí están las semillas de las ilusiones y de la curiosidad. Para que crezca una planta bien verde y de coloridas flores. Escuelas con los nombres de los hermanos Grimm y sus personajes. Caminos para entrar en los sueños. Pensar más en los niños, en el futuro. Blancanieves nos espera, Caperucita Roja nos trae ilusiones, Pulgarcito nos muestra sonriente los lados de la bondad y el participar, el Gato con botas no se hace ya el mandón sino que recorta pedacitos de pan para las lauchitas, la Bella durmiente nos habla de lo que puede significar el amor eterno.

Soñar, por lo menos, los domingos al atardecer.
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viernes, 21 de diciembre de 2012

ROBERTO BOLAÑO

EL GUSANO

Parecía un gusano blanco, con su sombrero de paja y un Bali colgándole del labio inferior. Todas las mañanas lo veía sentado en un banco de la Alameda mientras yo me metía en la Librería de Cristal a hojear libros. Cuando levantaba la cabeza, a través de las paredes de la librería que en efecto eran de cristal, ahí estaba él, quieto, entre los árboles, mirando el vacío.
Supongo que terminamos acostumbrándonos el uno al otro. Yo llegaba a las ocho y media de la mañana y él ya estaba allí, sentado en un banco, sin hacer nada más que fumar y tener los ojos abiertos. Nunca lo vi con un periódico, con una torta, con una cerveza, con un libro. Nunca lo vi hablar con nadie. En una ocasión, mientras lo miraba desde los estantes de literatura francesa, pensé que dormía en la Alameda, sobre un banco o en los portales de alguna de las calles próximas, pero luego conjeturé que iba demasiado limpio para dormir en la calle y que seguramente se alojaba en alguna pensión cercana. Era, constaté, un animal de costumbres, igual que yo. Mi rutina consistía en ser levantado temprano, desayunar con mi madre, mi padre y mi hermana, fingir que iba al colegio y tomar un camión que me dejaba en el centro, donde dedicaba la primera parte de la mañana a los libros y a pasear y la segunda al cine y de una manera menos explícita al sexo.
Los libros los solía comprar en la Librería de Cristal y en la Librería del Sótano. Si tenía poco dinero en la primera, donde siempre había una mesa con saldos, si tenía suficiente en la última, que era la que tenía las novedades. Si no tenía dinero, como sucedía a menudo, los solía robar indistintamente en una u otra. Se diera el caso que se diera, no obstante, mi paso por la Librería de Cristal y por la del Sótano (enfrente de la Alameda y ubicada, como su nombre lo indica, en un sótano) era obligado. A veces llegaba antes que los comercios abrieran y entonces lo que hacía era buscar a un vendedor ambulante, comprarme una torta de jamón y un jugo de mango y esperar. A veces me sentaba en un banco de la Alameda, uno oculto entre la hojarasca, y escribía. Todo esto duraba aproximadamente hasta las diez de la mañana, hora en que comenzaban en algunos cines del centro las primeras funciones matinales. Buscaba películas europeas, aunque algunas mañanas de inspiración no discriminaba el nuevo cine erótico mexicano o el nuevo cine de terror mexicano, que para el caso era lo mismo.
La que más veces vi creo que era francesa. Trataba de dos chicas que viven solas en una casa de las afueras. Una era rubia y la otra pelirroja. A la rubia la ha dejado el novio y al mismo tiempo (al mismo tiempo del dolor, quiero decir) tiene problemas de personalidad: cree que se está enamorando de su compañera. La pelirroja es más joven, es más inocente, es más irresponsable; es decir, es más feliz (aunque yo por entonces era joven, inocente e irresponsable y me creía profundamente desdichado). Un día, un fugitivo de la justicia entra subrepticiamente en su casa y las secuestra. Lo curioso es que el allanamiento tiene lugar precisamente la noche en que la rubia, tras hacer el amor con la pelirroja, ha decidido suicidarse. El fugitivo se introduce por una ventana, navaja en mano recorre con sigilo la casa, llega a la habitación de la pelirroja, la reduce, la ata, la interroga, pregunta cuántas personas más viven allí, la pelirroja dice que sólo ella y la rubia, la amordaza. Pero la rubia no está en su habitación y el fugitivo comienza a recorrer la casa, cada minuto que pasa más nervioso, hasta que finalmente encuentra a la rubia tirada en el sótano, desvanecida, con síntomas inequívocos de haberse tragado todo el botiquín. El fugitivo no es un asesino, en todo caso no es un asesino de mujeres, y salva a la rubia: la hace vomitar, le prepara un litro de café, la obliga a beber leche, etc.
Pasan los días y las mujeres y el fugitivo comienzan a intimar. El fugitivo les cuenta su historia: es un ex ladrón de bancos, un ex presidiario, sus ex compañeros han asesinado a su esposa. Las mujeres son artistas de cabaret y una tarde o una noche, no se sabe, viven con las cortinas cerradas, le hacen una representación: la rubia se enfunda en una magnífica piel de oso y la pelirroja finge que es la domadora. Al principio el oso obedece, pero luego se rebela y con sus garras va despojando poco a poco a la pelirroja de sus vestidos. Finalmente, ya desnuda, ésta cae derrotada y el oso se le echa encima. No, no la mata, le hace el amor. Y aquí viene lo más curioso: el fugitivo, después de contemplar el número, no se enamora de la pelirroja sino de la rubia, es decir del oso.
El final es predecible pero no carece de cierta poesía: una noche de lluvia, después de matar a sus dos ex compañeros, el fugitivo y la rubia huyen con destino incierto y la pelirroja se queda sentada en un sillón, leyendo, dándoles tiempo antes de llamar a la policía. El libro que lee la pelirroja, me di cuenta la tercera vez que vi la película, es La caída, de Camus. También vi algunas mexicanas más o menos del mismo estilo: mujeres que eran secuestradas por tipos patibularios pero en el fondo buenas personas, fugitivos que secuestraban a señoras ricas y jóvenes y que al final de una noche de pasión eran cosidos a balazos, hermosas empleadas del hogar que empezaban desde cero y que tras pasar por todos los estadios del crimen accedían a las más altas cotas de riqueza y poder. Por entonces casi todas las películas que salían de los Estudios Churubusco eran thrillers eróticos, aunque tampoco escaseaban las películas de terror erótico y las de humor erótico. Las de terror seguían la línea clásica del terror mexicano establecida en los cincuenta y que estaba tan enraizada en el país como la escuela muralista. Sus iconos oscilaban entre el Santo, el Científico Loco, los Charros Vampiros y la Inocente, aderezada con modernos desnudos interpretados preferiblemente por desconocidas actrices norteamericanas, europeas, alguna argentina, escenas de sexo más o menos solapado y una crueldad en los límites de lo risible y de lo irremediable. Las de humor erótico no me gustaban.
Una mañana, mientras buscaba un libro en la Librería del Sótano, vi que estaban filmando una película en el interior de la Alameda y me acerqué a curiosear. Reconocí de inmediato a Jaqueline Andere. Estaba sola y miraba la cortina de árboles que se alzaba a su izquierda casi sin moverse, como si esperara una señal. A su alrededor se levantaban varios focos de iluminación. No sé por qué se me pasó por la cabeza la idea de pedirle un autógrafo, nunca me han interesado. Esperé a que acabara de filmar. Un tipo se acercó a ella y hablaron (¿Ignacio López Tarso?), el tipo gesticuló con enojo y luego se alejó por uno de los caminos de la Alameda y tras dudar unos segundos Jaqueline Andere se alejó por otro. Venía directamente hacia mí. Yo también me puse a andar y nos encontramos a medio camino. Fue una de las cosas más sencillas que me han ocurrido: nadie me detuvo, nadie me dijo nada, nadie se interpuso entre Jaqueline y yo, nadie me preguntó qué estaba haciendo allí. Antes de cruzarnos Jaqueline se detuvo y volvió la cabeza hacia el equipo de filmación, como si escuchara algo, aunque ninguno de los técnicos le dijo nada. Después siguió caminando con el mismo aire de despreocupación en dirección al Palacio de Bellas Artes y lo único que tuve que hacer fue detenerme, saludarla, pedirle un autógrafo, ocultar mi sorpresa al constatar su baja estatura que ni siquiera los zapatos con tacón de aguja lograban disimular. Por un momento, tan solos estábamos, pensé que hubiera podido secuestrarla. La mera probabilidad me erizó los pelos de la nuca. Ella me miró de abajo hacia arriba, el pelo rubio con una tonalidad ceniza que yo desconocía (puede que se lo hubiera teñido), los ojos marrones almendrados muy grandes y muy dulces, pero no, dulces no es la palabra, tranquilos, de una tranquilidad pasmosa, como si estuviera drogada o tuviera el encefalograma plano o fuera una extraterrestre, y me dijo algo que no entendí.
La pluma, dijo, la pluma para firmar. Busqué en el bolsillo de mi chamarra un bolígrafo e hice que me firmara la primera página de La caída. Me arrebató el libro y lo estuvo mirando durante unos segundos. Sus manos eran pequeñas y muy delgadas. ¿Cómo firmo, dijo, como Albert Camus o como Jaqueline Andere? Como tú quieras, dije. Aunque no levantó la cara del libro noté que sonreía. ¿Eres estudiante?, dijo. Contesté afirmativamente. ¿Y qué haces aquí en vez de estar en clases? Creo que nunca más volveré a la escuela, dije. ¿Qué edad tienes?, dijo ella. Dieciséis, dije. ¿Y tus papás saben que no vas a clases? No, claro que no, dije. No me has contestado una pregunta, dijo ella levantando la mirada y posándola sobre mis ojos. ¿Qué pregunta?, dije yo. ¿Qué haces aquí? Cuando yo era joven, añadió, los novillos se hacían en los billares o en las boleras. Leo libros y voy al cine, dije. Además, yo no hago novillos. Ya, tú desertas, dijo. Esta vez fui yo el que sonreí. ¿Y qué películas se ven a esta hora?, dijo ella. De todas, dije yo, algunas tuyas. Eso pareció no gustarle. Volvió a mirar el libro, se mordió el labio inferior, me miró y parpadeó como si le dolieran los ojos. Después me preguntó mi nombre. Bueno, pues firmemos, dijo. Era zurda. Su letra era grande y poco clara. Me tengo que ir, dijo alargándome el libro y el bolígrafo. Me dio la mano, nos la estrechamos y se alejó por la Alameda de vuelta hacia donde estaba el equipo de rodaje. Me quedé quieto, mirándola, dos mujeres se le acercaron unos cincuenta metros más allá, iban vestidas como monjas misioneras, dos monjas mexicanas misioneras que se llevaron a Jaqueline hasta quedar debajo de un ahuehuete. Después se les acercó un hombre, hablaron, después los cuatro se alejaron por una de las sendas de salida de la Alameda.
En la primera página de La caída, Jaqueline escribió: «Para Arturo Belano, un estudiante liberado, con un beso de Jaqueline Andere.»
De golpe me encontré sin ganas de librerías, sin ganas de paseos, sin ganas de lecturas, sin ganas de cines matinales (sobre todo sin ganas de cines matinales). La proa de una nube enorme apareció sobre el centro del D.F., mientras por el norte de la ciudad resonaban los primeros truenos. Comprendí que la película de Jaqueline se había interrumpido por la proximidad inminente de la lluvia y me sentí solo. Durante unos segundos no supe qué hacer, hacia dónde ir. Entonces el Gusano me saludó. Supongo que después de tantos días él también se había fijado en mí. Me volví y allí estaba, sentado en el mismo banco de siempre, nítido, absolutamente real con su sombrero de paja y su camisa blanca. Al marcharse los técnicos cinematográficos, comprobé asustado, el escenario había experimentado un cambio sutil pero determinante: era como si el mar se hubiera abierto y pudiera ahora ver el fondo marino. La Alameda vacía era el fondo marino y el Gusano su joya más preciada. Lo saludé, seguramente hice alguna observación banal, se puso a diluviar, abandonamos juntos la Alameda en dirección a la avenida Hidalgo y luego caminamos por Lázaro Cárdenas hasta Perú.
Lo que sucedió después es borroso, como visto a través de la lluvia que barría las calles, y al mismo tiempo de una naturalidad extrema. El bar se llamaba Las Camelias y estaba lleno de mariachis y vicetiples. Yo pedí enchiladas y una TKT, el Gusano una Coca-Cola y más tarde (pero no debió de ser mucho más tarde) le compró a un vendedor ambulante tres huevos de caguama. Quería hablar de Jaqueline Andere. No tardé en comprender, maravillado, que el Gusano no sabía que aquella mujer era una actriz de cine. Le hice notar que precisamente estaba filmando una película, pero el Gusano simplemente no recordaba a los técnicos ni los aparejos desplegados para la filmación. La presencia de Jaqueline en el sendero en donde se hallaba su banco había borrado todo lo demás. Cuando dejó de llover el Gusano sacó un fajo de billetes del bolsillo trasero, pagó y se fue. Al día siguiente nos volvimos a ver. Por la expresión que puso al verme pensé que no me reconocía o que no quería saludarme. De todos modos me acerqué. Parecía dormido aunque tenía los ojos abiertos. Era flaco, pero sus carnes, excepto los brazos y las piernas, se adivinaban blandas, incluso fofas, como las de los deportistas que ya no hacen ejercicios. Su flaccidez, pese a todo, era más de orden moral que físico. Sus huesos eran pequeños y fuertes. Pronto supe que era del norte o que había vivido mucho tiempo en el norte, que para el caso es lo mismo. Soy de Sonora, dijo. Me pareció curioso, pues mi abuelo también era de allí. Eso interesó al Gusano y quiso saber de qué parte de Sonora. De Santa Teresa, dije. Yo de Villaviciosa, dijo el Gusano. Una noche le pregunté a mi padre si conocía Villaviciosa. Claro que la conozco, dijo mi padre, está a pocos kilómetros de Santa Teresa. Le pedí que me la describiera. Es un pueblo muy pequeño, dijo mi padre, no debe tener más de mil habitantes (después supe que no llegaban a quinientos), bastante pobre, con pocos medios de subsistencia, sin una sola industria. Está destinado a desaparecer, dijo mi padre. ¿Desaparecer cómo?, le pregunté. Por la emigración, dijo mi padre, la gente se va a ciudades como Santa Teresa o Hermosillo o a Estados Unidos. Cuando se lo dije al Gusano éste no estuvo de acuerdo, aunque en realidad la frase «estar de acuerdo» o «estar en desacuerdo» para él no tenían ningún significado. El Gusano no discutía nunca, tampoco expresaba opiniones, no era un dechado de respeto por los demás, simplemente escuchaba y almacenaba, o tal vez sólo escuchaba y después olvidaba, atrapado en una órbita distinta a la de la otra gente. Su voz era suave y monocorde aunque a veces subía el tono y entonces parecía un loco que imitara a un loco y yo nunca supe si lo hacía a propósito, como parte de un juego que sólo él comprendía, o si no lo podía evitar y aquellas salidas de tono eran parte del infierno. Cifraba su seguridad en la pervivencia de Villaviciosa en la antigüedad del pueblo; también, pero eso lo comprendí más tarde, en la precariedad que lo rodeaba y lo carcomía, aquello que según mi padre amenazaba su misma existencia.
No era un tipo curioso aunque pocas cosas se le pasaban por alto. Una vez miró los libros que yo llevaba, uno por uno, como si le costara leer o como si no supiera. Después nunca más volvió a interesarse por mis libros aunque cada mañana yo aparecía con uno nuevo. A veces, tal vez porque de alguna manera me consideraba un paisano, hablábamos de Sonora, que yo apenas conocía: sólo había ido una vez, para el funeral de mi abuelo. Nombraba pueblos como Nacozari, Bacoache, Fronteras, Villa Hidalgo, Bacerac, Bavispe, Agua Prieta, Naco, que para mí tenían las mismas cualidades del oro. Nombraba aldeas perdidas en los departamentos de Nacori Chico y Bacadéhuachi, cerca de la frontera con el estado de Chihuahua, y entonces, no sé por qué, se tapaba la boca como si fuera a estornudar o a bostezar. Parecía haber caminado y dormido en todas las sierras: la de Las Palomas y La Cieneguita, la sierra Guijas y la sierra La Madera, la sierra San Antonio y la sierra Cibuta, la sierra Tumacacori y la sierra Sierrita bien entrado en el territorio de Arizona, la sierra Cuevas y la sierra Ochitahueca en el noreste junto a Chihuahua, la sierra La Pola y la sierra Las Tablas en el sur, camino de Sinaloa, la sierra La Gloría y la sierra El Pinacate en dirección noroeste, como quien va a Baja California. Conocía toda Sonora, desde Huatabampo y Empalme, en la costa del Golfo de California, hasta los villorrios perdidos en el desierto. Sabía hablar la lengua yaqui y la pápago (que circulaba libremente entre los lindes de Sonora y Arizona) y podía entender la seri, la pima, la mayo y la inglesa. Su español era seco, en ocasiones con un ligero aire impostado que sus ojos contradecían. He dado vueltas por las tierras de tu abuelo, que en paz descanse, como una sombra sin asidero, me dijo una vez.
Cada mañana nos encontrábamos. A veces intentaba hacerme el distraído, tal vez reanudar mis paseos solitarios, mis sesiones de cine matinales, pero él siempre estaba allí, sentado en el mismo banco de la Alameda, muy quieto, con el Bali colgándole de los labios y el sombrero de paja tapándole la mitad de la frente (su frente de gusano blanco) y era inevitable que yo, sumergido entre las estanterías de la Librería de Cristal, lo viera, me quedara un rato contemplándolo y al final acudiera a sentarme a su lado.
No tardé en descubrir que iba siempre armado. Al principio pensé que tal vez fuera policía o que lo perseguía alguien, pero resultaba evidente que no era policía (o que al menos ya no lo era) y pocas veces he visto a nadie con una actitud más despreocupada con respecto a la gente: nunca miraba hacia atrás, nunca miraba hacia los lados, raras veces miraba el suelo. Cuando le pregunté por qué iba armado el Gusano me contestó que por costumbre y yo le creí de inmediato. Llevaba el arma en la espalda, entre el espinazo y el pantalón. ¿La has usado muchas veces?, le pregunté. Sí, muchas veces, dijo como en sueños. Durante algunos días el arma del Gusano me obsesionó. A veces la sacaba, le quitaba el cargador y me la pasaba para que la examinara. Parecía vieja y pesada. Generalmente yo se la devolvía al cabo de pocos segundos, rogándole que la guardara. A veces me daba reparo estar sentado en un banco de la Alameda conversando (o monologando) con un hombre armado, no por lo que él pudiera hacerme pues desde el primer instante supe que el Gusano y yo siempre seríamos amigos, sino por temor a que nos viera la policía del D.F., por miedo a que nos cachearan y descubrieran el arma del Gusano y termináramos los dos en algún oscuro calabozo.
Una mañana se enfermó y me habló de Villaviciosa. Lo vi desde la Librería de Cristal y me pareció igual que siempre, pero al acercarme a él observé que la camisa estaba arrugada, como si hubiera dormido con ella puesta. Al sentarme a su lado noté que temblaba. Poco después los temblores fueron en aumento. Tienes fiebre, dije, tienes que meterte en la cama. Lo acompañé, pese a sus protestas, hasta la pensión donde vivía. Acuéstate, le dije. El Gusano se sacó la camisa, puso la pistola debajo de la almohada y pareció quedarse dormido en el acto, aunque con los ojos abiertos fijos en el cielorraso. En la habitación había una cama estrecha, una mesilla de noche, un ropero desvencijado. En el interior del ropero vi tres camisas blancas como la que se acababa de quitar perfectamente dobladas y dos pantalones del mismo color colgados de sendas perchas. Debajo de la cama distinguí una maleta de cuero de excelente calidad, de aquellas que tenían una cerradura como de caja fuerte. No vi ni un solo periódico, ni una sola revista. La habitación olía a desinfectante, igual que las escaleras de la pensión. Dame dinero para ir a una farmacia a comprarte algo, dije. Me dio un fajo de billetes que sacó del bolsillo de su pantalón y volvió a quedarse inmóvil. De vez en cuando un escalofrío lo recorría de la cabeza a los pies como si se fuera a morir. Pero sólo de vez en cuando. Por un momento pensé que tal vez lo mejor sería llamar a un médico, pero comprendí que eso al Gusano no le iba a gustar. Cuando volví, cargado de medicinas y botellas de Coca-Cola, se había dormido. Le di una dosis de caballo de antibióticos y unas pastillas para bajarle la fiebre. Luego hice que se bebiera medio litro de Coca-Cola. También había comprado un pancake, que dejé en el velador por si más tarde tenía hambre. Cuando ya me disponía a irme, él abrió los ojos y se puso a hablar de Villaviciosa.
A su manera, fue pródigo en detalles. Dijo que el pueblo no tenía más de sesenta casas, dos cantinas, una tienda de comestibles. Dijo que las casas eran de adobe y que algunos patios estaban encementados. Dijo que de los patios escapaba un mal olor que a veces resultaba insoportable. Dijo que resultaba insoportable para el alma, incluso para la carencia de alma, incluso para la carencia de sentidos. Dijo que por eso algunos patios estaban encementados. Dijo que el pueblo tenía entre dos mil y tres mil años y que sus naturales trabajaban de asesinos y de vigilantes. Dijo que un asesino no perseguía a un asesino, que cómo iba a perseguirlo, que eso era como si una serpiente se mordiera la cola. Dijo que existían serpientes que se mordían la cola. Dijo que incluso había serpientes que se tragaban enteras y que si uno veía a una serpiente en el acto de autotragarse más valía salir corriendo pues al final siempre ocurría algo malo, como una explosión de la realidad. Dijo que cerca del pueblo pasaba un río llamado Río Negro por el color de sus aguas y que éstas al bordear el cementerio formaban un delta que la tierra seca acababa por chuparse. Dijo que la gente a veces se quedaba largo rato contemplando el horizonte, el sol que desaparecía detrás del cerro El Lagarto, y que el horizonte era de color carne, como la espalda de un moribundo. ¿Y qué esperan que aparezca por allí?, le pregunté. Mi propia voz me espantó. No lo sé, dijo. Luego dijo: una verga. Y luego: el viento y el polvo, tal vez. Después pareció tranquilizarse y al cabo de un rato creí que estaba dormido. Volveré mañana, murmuré, tómate las medicinas y no te levantes.
Me marché en silencio.
A la mañana siguiente, antes de ir a la pensión del Gusano, pasé un rato, como siempre, por la Librería de Cristal. Cuando me disponía a salir, a través de las paredes transparentes, lo vi. Estaba sentado en el mismo banco de siempre, con una camisa blanca holgada y limpia y unos pantalones blancos inmaculados. La mitad de la cara se la tapaba el sombrero de paja y un Bali le colgaba del labio inferior. Miraba al frente, como en él era usual, y parecía sano. Ese mediodía, al separarnos, me alargó con un gesto hosco varios billetes y dijo algo acerca de las molestias que yo había tenido el día anterior. Era mucho dinero. Le dije que no me debía nada, que hubiera hecho lo mismo por cualquier amigo. El Gusano insistió en que cogiera el dinero. Así podrás comprar algunos libros, dijo. Tengo muchos, contesté. Así dejarás de robar libros por algún tiempo, dijo. Al final le quité el dinero de las manos. Ha pasado mucho tiempo, ya no recuerdo la cifra exacta, el peso mexicano se ha devaluado muchas veces, sólo sé que me sirvió para comprarme veinte libros y dos discos de los Doors y que para mí esa cantidad era una fortuna. Al Gusano no le faltaba el dinero.
Nunca más me volvió a hablar de Villaviciosa. Durante un mes y medio, tal vez dos meses, nos vimos cada mañana y nos despedimos cada mediodía, cuando llegaba la hora de comer y yo volvía en el camión de la Villa o en un pesero rumbo a mi casa. Alguna vez lo invité al cine, pero el Gusano nunca quiso ir. Le gustaba hablar conmigo sentados en su banco de la Alameda o paseando por las calles de los alrededores y de vez en cuando condescendía a entrar en un bar en donde siempre buscaba al vendedor ambulante de huevos de caguama. Nunca lo vi probar alcohol. Pocos días antes de que desapareciera para siempre le dio por hacerme hablar de Jaqueline Andere. Comprendí que era su manera de recordarla. Yo hablaba de su pelo rubio ceniza y lo comparaba favorable o desfavorablemente con el pelo rubio amielado que lucía en sus películas y el Gusano asentía levemente, la vista clavada al frente, como si tuviera a Jaqueline Andere en la retina o como si la viera por primera vez. Una vez le pregunté qué clase de mujeres le gustaban. Era una pregunta estúpida, hecha por un adolescente que sólo quería matar el tiempo. Pero el Gusano se la tomó al pie de la letra y durante mucho rato estuvo cavilando la respuesta. Al final dijo: tranquilas. Y después añadió: pero sólo los muertos están tranquilos. Y al cabo de un rato: ni los muertos, bien pensado.
Una mañana me regaló una navaja. En el mango de hueso se podía leer la palabra «Caborca» escrita en finas letras de alpaca. Recuerdo que le di las gracias efusivamente y que aquella mañana, mientras platicábamos en la Alameda o mientras paseábamos por las concurridas calles del centro, estuve abriendo y cerrando la hoja, admirando la empuñadura, tentando su peso en la palma de mi mano, maravillado de sus proporciones tan justas. Por lo demás, aquel día fue idéntico a todos los otros. A la mañana siguiente el Gusano ya no estaba.
Dos días después lo fui a buscar a su pensión y me dijeron que se había marchado al norte. Nunca más lo volví a ver.

Acerca del autor.
Roberto Bolaño (Santiago, 28 de abril de 1953 – Barcelona, 15 de julio de 20031 ) fue un escritor y poeta chileno, cuya novela Los detectives salvajes ganó los premios Herralde 1998 y Rómulo Gallegos 1999.
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jueves, 20 de diciembre de 2012

HORACIO VERBITSKY

Extravagancias

Tomado del diario Página 12
del día de la fecha

El acto de ayer en Plaza de Mayo fue uno de los episodios más extravagantes que la política argentina ha producido en años, lo cual no es poco decir. La mezcla de opuestos que participaron hubiera requerido un acto de ilusionismo antes que una conducción política para simular alguna congruencia. Conciliar en un todo coherente a los trabajadores de servicios mejor pagos del país, como petroleros y camioneros, con los estatales que padecen un retraso de sus remuneraciones; a las dirigencias patronales de rentistas agropecuarios que alquilan sus campos en dólares con los trabajadores precarios que los maoístas de la CCC organizan en los barrios; a los elegantes caceroleros que consideran un atentado a la libertad la restricción para atesorar divisas en el exterior con las diversas banderías de la paleoizquierda que reclaman la estatización del comercio exterior y la banca; al filósofo de la cleptocracia Luis Barrionuevo con el cineasta de la resistencia Fernando Solanas; al vicepresidente de YPF, Guillermo Pereyra, con los ideólogos de la revolución permanente solo en la universidad; al epítome de la derecha duhaldista Jerónimo Venegas con la enfermera trotskista Vilma Ripoll; al oportunismo profesional de los libres del sur con el principismo republicano de Ricardo Alfonsín, mezclar tanto aceite y tanto vinagre en una ensalada completa es una tarea que excede las posibilidades de Hugo Moyano. No basta con citar a Perón, que ni él podía tanto.

Pero hubo cumbres del grotesco, comenzando por la elección de la fecha, en la que la dirigencia radical sólo debería hacer acto de contrición y decidirse de una vez a pedir perdón por la masacre con que se despidió su último gobierno, hace once años, con cinco muertos en la Capital y otros treinta en el resto del país, en aplicación de un estado de sitio ilegal que nunca declaró el Congreso. Y siguiendo por el discurso de Moyano, con reivindicación sindical de derechos laborales pero propuesta político partidaria y electoral, en la que es imposible que coincida la forzada amalgama a la que recurrió para que no pudiera medirse hasta qué punto ha menguado su poder de convocatoria.

Al hablar de los jubilados rindió homenaje a una mujer de 95 años que, según dijo, sólo cobraba 1800 pesos mensuales, más la pensión de su esposo. La señora vive en una casa construida con un crédito del Banco Hipotecario Nacional y tiene la suerte de que sus tres hijos puedan ayudarla, dijo el camionero. Recién al terminar el párrafo aclaró que se refería a su mamá. La propaganda oficial nunca logró una mejor descripción de los logros gubernativos, con la actualización bianual de jubilaciones y pensiones por encima de la inflación y con una situación laboral en la que los hombres tienen buenos trabajos y pueden darles algunos gustos a sus madres viudas. Sólo el extravío del sentido de la realidad puede presentar este feliz caso como un ejemplo dramático. Lo mismo vale para sus ironías sobre el compromiso de CFK con los derechos humanos a la misma hora en que la Justicia condenaba a prisión perpetua al ex ministro Jaime Lamont Smart, el primer civil sentenciado por crímenes de lesa humanidad, como muy bien destacó el portal de La Nación.

¿Qué habrá pensado al oírlo Pablo Micheli, que participó en algunos de los centenares de rondas frente al Congreso durante la década en que las jubilaciones estuvieron congeladas y que culminó con la reducción de un 13 por ciento de su valor nominal, junto con el de los sueldos estatales? Antes de Moyano, el dirigente que está perdiendo el control de ATE (ya fue derrotado en las seccionales del Litoral y el plenario de delegados de Capital se rehusó a seguir su inconsulta convocatoria sin practicar la democracia sindical que pregona) anunció próximos paros y movilizaciones. Si cumple su promesa, no hará más que fortalecer a un gobierno que, por contraste, sabe qué intereses populares defiende y hacia dónde se propone seguir avanzando.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

OMAR MARSILI

19, 20 de diciembre del 2001

ROSARIO es un pedazo de ciudad, no es una Buenosaires enorme, es apenas un barrio grande, como podría ser Monserrat o Pompeya, si un poco grande pero cuando das un par de vueltas descubrís una nuez. Tiene un montón de perros vagabundos, un sol, una luna, detalles que la hacen una ciudad bastante similar a muchas y si algo la diferencia es que tiene más mitos que gente.
Se dice, y una partida de nacimiento asentada en el Registro Civil lo documenta, que en ella se produjo el nacimiento del mayor mito del siglo XX, el Che. El nació y anduvo por estas calles. Los prejuicios y el espíritu conservador de ricos y pobres sin nada para conservar, negaron su nombre pero ahora encontrás gente que apunta el dedo contra el piso y dice Acá Nació el Che.
También parieron en este rincón tan argentino a Fito Paez, Baglietto, Angélica Gorosdicher e Inodoro Pereyra. Este es un caso aparte porque a este gaucho desgraciado lo parió un hombre, cosa bastante reñida con las leyes morales de este lugares caracterizado por obispos reaccionarios. Acá reinó el mismísimo Caggiano, estrecho colaborador de Dios en la parte más negativa de Dios
Pero Hablar de mitos obliga a recordar al Pocho Leprati, un flaco de barba con votos de pobreza y castidad que hablaba de Dios a los mismos miserables que alimentaba. Si, él y su corazón levantaron un comedor para dos mil comensales todos los días y hubiese continuado con su tarea de no ser por las balas asesinadas de los políticos de turno. El Pocho Leprati era un mal ejemplo. Un hombre sin fortuna ni ambiciones políticas que enseñaba el amor platónico en la era del pragmatismo menemista, un solidario en la sociedad individualista de los noventa. Fue necesaria una bala certera, una bala llena de odio, una bala de silencio que pudiese terminar con el mal ejemplo de alimentar al hambriento de terminar con el hambre para educar después. Y el Pocho Leprati encontró la tumba antes de ver su sueño. El trabajaba por la gente y jamás pidió un voto. San Pocho Leprati jamás será canonizado porque su predica era concreta: Comida, educación, un ejemplo en la vida en sus actos.
Pocho Leprati, bautizaron los pobres a la calle del presidente (Roca) que mató los indios del sur pero la política oficial sigue respetando. Los políticos, los tribunales de la injusticia con su diosa Dike duermen el expediente del Pocho muerto. Ningún político fue. 
En de diciembre de 2001 encontró el cielo pero él quería la tierra, los pobres, la vida. 
Al Pocho trataron de asesinarlo en los tristes 19 y 20 de diciembre del 2001, y Reuteman y sus ministros y su gente nunca explicaron nada. Sin embargo, el Pocho Leprati con su rota bicicleta ronda las calles los comedores barriales los graffitis, recogiendo los besos de un pueblo que jamás podrá olvidarlo. 
Paradojas, Pocho mito, Reuteman senador, la Vergüenza Diosa. 
Nota: 
El 19 y 20 de diciembre de 2001
Rosario –que tiene el 3% de la 
población de Argentina- tuvo el
25% de las muertes.
La mayoria de ellos trabajadores Sociales

GILLES DELEUZE

DEL ACONTECIMIENTO

Dudamos a veces en llamar estoica a una manera concreta o poética de vivir, como si el nombre de una doctrina fuera demasiado libresco, demasiado abstracto para designar la relación más personal con una herida. Pero ¿de dónde surgen las doctrinas sino de heridas y aforismos vitales, que son otras tantas anécdotas especulativas con su cargo de provocación ejemplar? Hay que llamar estoico a Joe Bousquet. La herida que lleva profundamente en su cuerpo, la aprende sin embargo, y precisamente por ello, en su verdad eterna como acontecimiento puro. En la medida en que los acontecimientos se efectúan en nosotros, nos esperan y nos aspiran, nos hacen señas: «Mi herida existía antes que yo; he nacido para encarnarla.” (1). Llegar a esta voluntad que nos hace el acontecimiento, convertirnos en la casi-causa de lo que se produce en nosotros, el Operador, producir las superficies y los dobleces en los que el acontecimiento se refleja, donde se encuentra incorporal y manifiesto en nosotros el esplendor neutro que posee en sí como impersonal y preindividual, más allá de lo general y de lo particular, de lo colectivo y lo privado: ciudadano del mundo. “Todo estaba en su sitio en los acontecimientos de mi vida, antes de que yo los hiciera míos; y vivirlos, es sentirse tentado de igualarme con ellos, como si les viniera sólo de mí lo que tienen de mejor y de perfecto.”
O bien la moral no tiene ningún sentido, o bien es esto lo que quiere decir, no tiene otra cosa que decir: no ser indigno de lo que nos sucede. Al contrario, captar lo que sucede como injusto y no merecido (siempre es por culpa de alguien), he aquí lo que convierte nuestras llagas en repugnantes, el resentimiento en persona, el resentimiento contra el acontecimiento. No hay otra mala voluntad. Lo que es verdaderamente inmoral, es cualquier utilización de las nociones morales, justo, injusto, mérito, falta. ¿Qué quiere decir entonces querer el acontecimiento? ¿Es aceptar la guerra cuando sucede, la herida y la muerte cuando suceden? Es muy probable que la resignación aún sea una figura del resentimiento, él, que ciertamente posee tantas figuras. Si querer el acontecimiento es, en principio, desprender su eterna verdad, como el fuego del que se alimenta, este querer alcanza el punto en que la guerra se hace contra la guerra, la herida, trazada en vivo como la cicatriz de todas las heridas, la muerte convertida en querida contra todas las muertes. Intuición volitiva o transmutación. “Mi gusto por la muerte -dice Bousquet- que era fracaso de la voluntad, lo sustituiré por un deseo de morir que sea la apoteosis de la voluntad.” De este gusto a este deseo, en cierto modo no cambia nada, excepto un cambio de voluntad, una especie de salto sobre el mismo lugar de todo el cuerpo que cambia su voluntad orgánica contra una voluntad espiritual que quiere ahora, no exactamente lo que sucede, sino algo en lo que sucede, algo por venir conforme a lo que sucede, según las leyes de una oscura conformidad humorística: el Acontecimiento. Es en este sentido que el Amor fati se alía con el combate de los hombres libres. Que en todo acontecimiento esté mi desgracia, pero también un esplendor y un estallido que seca la desgracia, y que hace que, querido, el acontecimiento se efectúe en su punta más estrecha, en el filo de una operación, tal es el efecto de la génesis estática o de la inmaculada concepción. El estallido, el esplendor del acontecimiento es el sentido. El acontecimiento no es lo que sucede (accidente); está en lo que sucede el puro expresado que nos hace señas y nos espera. Según las tres determinaciones precedentes, es lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado en lo que sucede. Bousquet añade: “Conviértete en el hombre de tus desgracias, aprende a encarnar su perfección y su estallido.” No se puede decir nada más, nunca se ha dicho nada más: ser digno de lo que nos ocurre, esto es, quererlo y desprender de ahí el acontecimiento, hacerse hijo de sus propios acontecimientos y, con ello, renacer, volverse a dar un nacimiento, romper con su nacimiento de carne. Hijo de sus acontecimientos y no de sus obras, porque la misma obra no es producida sino por el hilo del acontecimiento.
El actor no es como un dios, sino como un contra-dios. Dios y el actor se oponen por su lectura del tiempo. Lo que los hombres captan como pasado o futuro, el dios lo vive en su eterno presente. El dios es Cronos: el presente divino es el círculo entero, mientras que el pasado y el futuro son dimensiones relativas a tal o cual segmento que deja el resto fuera de él. Al contrario, el presente del actor es el más estrecho, el más apretado, el más instantáneo, el más puntual, punto sobre una línea recta que no deja de dividir la línea, y de dividirse él mismo en pasado-futuro. El actor es el Aión: en lugar de lo más profundo, del presente más pleno, presente que es como una mancha de aceite y que comprende el futuro y el pasado, surge aquí un pasado-futuro ilimitado que se refleja en un presente vacío que no tiene más espesor que el espejo. El actor representa, pero lo que representa es siempre todavía futuro y ya pasado, mientras que su representación es impasible, y se divide, se desdobla sin romperse, sin actuar ni padecer. Hay, en este sentido, una paradoja del comediante: permanece en el instante, para interpretar algo que siempre se adelanta y se atrasa, se espera y se recuerda. Lo que interpreta nunca es un personaje: es un tema (el tema complejo o el sentido) constituido por los componentes del acontecimiento, singularidades comunicativas efectivamente liberadas de los límites de los individuos y de las personas. El actor tensa toda su personalidad en un instante siempre aún más divisible, para abrirse a un papel impersonal y preindividual. Siempre está en la situación de interpretar un papel que interpreta otros papeles. El papel está en la misma relación con el actor como el futuro y el pasado con el presente instantáneo que les corresponde sobre la línea del Aión. El actor efectúa pues el acontecimiento, pero de un modo completamente diferente a como se efectúa el acontecimiento en la profundidad de las cosas. O. más bien, dobla esta efectuación cósmica, física, con otra, a su modo, singularmente superficial, tanto más neta, cortante y por ello pura, cuanto que viene a delimitar la primera, destaca de ella una línea abstracta y no conserva del acontecimiento sino el contorno o el esplendor: convertirse en el comediante de sus propios acontecimientos, contra-efectuación.
Porque la mezcla física no es justa sino a nivel del todo, en el círculo entero del presente divino. Pero, para cada parte, cuántas injusticias e ignominias, cuántos procesos parasitarios caníbales que inspiran nuestro terror ante lo que nos sucede, nuestro resentimiento contra lo que sucede. El humor es inseparable de una fuerza selectiva: en lo que sucede (accidente), selecciona el acontecimiento puro. En el comer, selecciona el hablar. Bousquet asignaba las propiedades del humor-actor: aniquilar las huellas siempre que sea preciso; “levantar entre los hombres y las obras su ser de antes de la amargura” “vincular a las pestes, a las tiranías, a las guerras más espantosas la suerte cómica de haber reinado para nada”; en una palabra, desprender de cada cosa “la porción inmaculada”, lenguaje y querer, Amor fati.(2)
¿Por qué todo acontecimiento es del tipo de la peste, la guerra, la herida, la muerte? ¿Quiere decir sólo que hay más acontecimientos desgraciados que felices? No, porque se trata de la estructura doble de todo acontecimiento. En todo acontecimiento, sin duda, hay el momento presente de la efectuación, aquel en el que el acontecimiento se encarna en un estado de cosas, un individuo, una persona, aquel que se designa diciendo: venga, ha llegado el momento; y el futuro y el pasado del acontecimiento no se juzgan sino en función de este presente definitivo, desde el punto de vista de aquel que lo encarna.
Pero, hay, por otra parte, el futuro y el pasado del acontecimiento tomado en sí mismo, que esquiva todo presente, porque está libre de las limitaciones de un estado de cosas, al ser impersonal y preindividual, neutro, ni general ni particular, eventum tantum…; o, mejor, porque no tiene otro presente sino el del instante móvil que lo representa, siempre desdoblado en pasado-futuro, formando lo que hay que llamar la contra-efectuación. En un caso, es mi vida la que me parece demasiado débil para mí, que se escape en un punto hecho presente en una relación asignable conmigo. En el otro caso, soy yo quien es demasiado débil para la vida, es la vida demasiado grande para mí, echando sus singularidades por doquier, sin relación conmigo, ni con un momento determinable como presente, excepto con el instante impersonal que se desdobla en todavía-futuro y ya-pasado. Que esta ambigüedad sea esencialmente la de la herida y de la muerte, la de la herida mortal, nadie lo ha mostrado como Maurice Blanchot: la muerte es a la vez lo que está en una relación extrema o definitiva conmigo y con mi cuerpo, lo que está fundado en mí, pero también lo que no tiene relación conmigo, lo incorporal y lo infinitivo, lo impersonal, lo que no está fundado sino en sí mismo. A un lado, la parte del acontecimiento que se realiza y se cumple; del otro, “la parte del acontecimiento cuyo cumplimiento no puede realizarse”. Hay pues dos cumplimientos, que son como la efectuación y la contra-efectuación. Por ello, la muerte y su herida no son un acontecimiento entre otros. Cada acontecimiento es como la muerte, doble e impersonal en su doble. “Ella es el abismo del presente, el tiempo sin presente con el cual no tengo relación, aquello hacia lo que no puedo arrojarme, porque en ella yo no muero, soy burlado del poder de morir; en ella se muere, no se cesa ni se acaba de morir.”(3)
Hasta qué punto este se difiere del de la trivialidad cotidiana . Es el se de las singularidades impersonales y preindividuales, el se del acontecimiento puro en el que muere es como llueve. El esplendor del se es el del acontecimiento mismo o la cuarta persona. Por ello, no hay acontecimientos privados, y otros colectivos; como tampoco existe lo individual y lo universal, particularidades y generalidades. Todo es singular, y por ello colectivo y privado a la vez, particular y general, ni individual ni universal. ¿Qué guerra no es un asunto privado? E inversamente, ¿qué herida no es de guerra, y venida de la sociedad entera? ¿Qué acontecimiento privado no tiene todas sus coordenadas, es decir, todas sus singularidades impersonales sociales? Sin embargo, hay mucha ignominia en decir que la guerra concierne a todo el mundo; no es verdad, no concierne a los que se sirven de ella o la sirven, criaturas del resentimiento. La misma ignominia que decir que cada uno tiene su guerra, su herida particulares; tampoco es verdad de aquellos que se rascan la llaga, criaturas también de la amargura y el resentimiento. Solamente es verdad del hombre libre, porque él ha captado el acontecimiento mismo, y porque no lo deja efectuarse como tal sin operar, actor, su contra-efectuación. Sólo el hombre libre puede entonces comprender todas las violencias en una sola violencia, todos los acontecimientos mortales en un solo Acontecimiento que ya no deja sitio al accidente y que denuncia o destituye tanto la potencia del resentimiento en el individuo como la de la opresión en la sociedad. El tirano encuentra sus aliados propagando el resentimiento, es decir, esclavos y sirvientes: únicamente el revolucionario se ha liberado del resentimiento, por medio del cual siempre se participa y se obtienen beneficios de un orden opresor. Pero ¿un solo y mismo Acontecimiento? Mezcla que extrae y purifica, y lo mide todo por el instante sin mezcla, en lugar de mezclarlo todo: entonces, todas las violencias y todas las opresiones se reúnen en este solo acontecimiento, que las denuncia todas al denunciar una de ellas (la más próxima o el último estado de la cuestión). “La psicopatología que reivindica el poeta no es un siniestro pequeño accidente del destino personal, un desgarro individual. No es el camión del lechero que le ha pasado por encima del cuerpo y lo ha dejado inválido, son los caballeros de los Cien Negros pogromizando a sus ancestros en los guetos de Vilno… Los golpes que ha recibido en la cabeza no lo fueron en una riña de gamberros en la calle, sino cuando la policía cargaba contra los manifestantes… Si grita como un sordo de genio es que las bombas de Guernica y de Hanoi lo han ensordecido…,”(4) La trasmutación se opera en el punto móvil y preciso en el que todos los acontecimientos se reúnen así en uno solo: el punto en el que la muerte se vuelve contra la muerte, en el que el morir es como la destitución de la muerte, en el que la impersonalidad del morir ya no señala solamente el momento en el que me pierdo fuera de mí, sino el momento en el que la muerte se pierde en sí misma, y la figura que toma la vida más singular para sustituirme.(5)

Notas:
1. Respecto a la obra de Joe Bousquet, que es, toda ella, una meditación sobre la herida, el acontecimiento y el lenguaje, véanse los dos artículos esenciales de Los Cahiers du Sud, n. 303, 1950: René Nelli, “Joe Bousquet et son double”; Ferdinand Alquié, “Joe Bousquet et la morale du langage”.
2. Véase Joe Bousquet, “Les Capitales”, Le cercle du livre, 1955, pág. 103.
3. Maurice Blanchot, “L’Espace littéraire”, Gallimard, 1955, pág. 160.
4. Artículo de Claude Roy a propósito del poeta Ginsberg, Nouvel Observateur, 1968.
5. Véase Maurice Blanchot “L’Espace littéraire”, Gallimard, 1955., pág. 155: “Este esfuerzo para elevar la muerte a sí misma, para hacer coincidir el punto donde ella se pierde en sí y el punto donde yo me pierdo fuera de mí, no es un simple asunto interior, sino que implica una inmensa responsabilidad respecto de las cosas y no es posible sino a través de su mediación…..”

Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. Editorial Paidós. Barcelona, 1989.
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lunes, 17 de diciembre de 2012

VALENTÍN FERNANDO

Los muchachos de antes


Valentín Fernando
Urbana, rítmica, moderna, delictiva, con un aliento que parece venir corriendo de El juguete rabioso, de Arlt, para anticiparse a la llegada de la Nouvelle Vague, Desde esta carne, la novela publicada por Valentín Fernando en 1952, es mucho más que un secreto bien guardado de la literatura argentina. Considerada la novela que la revista Contorno no escribió, pero decidió leer como emblema generacional, con un personaje femenino que dialoga secreta y anticipadamente con la Maga de Cortázar, en sus páginas se despliega una Buenos Aires de doble vida, callejeo, robo y extranjeros que hace de esta extraordinaria e inesperada reedición una posibilidad de las que hay pocas: ver a esa banda de muchachos ladrones construir bajo sus pasos la identidad de una ciudad.

Tomado del suplemento Radar Libros
del diario Página 12
Por Miguel Vitagliano

Mallarmé soñó con que la historia de la literatura más deseable sería aquella en la que no se mencionaran nombres de autores. Imagino esa historia como una ciudad en la que los textos son calles que se cruzan unos con otros en las esquinas, y luego siguen sin poder desprenderse de ese encuentro. Leer una ciudad es como acariciar un cuerpo; las manos cargan la presencia de todos los cuerpos que tocaron y que van a tocar. Por eso una historia de la literatura sin nombres que griten “yo” no es una confesión de ausencias, es una historia de escritores multiplicados. Y palpamos una experiencia similar cuando leemos Desde esta carne en relación con la historia de la literatura argentina contemporánea.

Publicada en 1952 y hoy afortunadamente reeditada por Astier Libros, la novela de Valentín Fernando parece desprenderse de las calles de El juguete rabioso para transitar rincones apenas delineados por Arlt. Porque en Desde esta carne los cuatro ladrones roban todo el tiempo y sin límites, y traicionan, embaucan y matan con la naturalidad de quien camina por las calles sin poder detenerse en ningún lugar. Pero la novela, también, se anticipa una década al escribir sobre esos judíos de barrio que habrían de fulgurar en los relatos de Germán Rosenmacher, judíos de conventillo o apenas pequeños propietarios, y que en Desde esta carne son quienes supieron rodear a Víctor, ladrón por hastío o acaso por el hastío de deambular solo por la ciudad desde los catorce años.

Cuatro son los ladrones de la novela, aunque en realidad son cinco, el jefe es una mujer, Pola, uno de los personajes femeninos más inolvidables de la narrativa argentina. Encarna la doble vida en su más amplio sentido. Está hecha de tango, milonga y figurines de cine, es la entregadora de extranjeros en una mesa de juego; y al mismo tiempo es la mujer que ha dado por clausurada la búsqueda de lo único que le importa. Todo está preparado para que Pola y Víctor actúen una tragedia; pero, como se sabe, las ciudades apenas si conocen las farsas o las noticias para el olvido.

Desde esta carne se publicó en 1952, meses después de que Cortázar diera a conocer Bestiario, también en Sudamericana, y partiera hacia Francia. El dato importa porque en la novela que habría de publicar Cortázar en 1963, Rayuela, hay otra Pola, un nombre poco común, y que según las notas de “bitácora” de la novela habría sido la protagonista hasta que la Maga fue comiéndole las palabras para dejarla casi en un rincón. Aun así, la Pola de Desde esta carne parece susurrar al oído de la Maga de Rayuela, como si ambas compartieran un remoto pasado común que callar, que tomó caminos diferentes al elegir el Río de la Plata y el Sena.

No se trata de leer Desde esta carne como un “eslabón perdido” de la historia de la literatura, cosa que sería patética, lo relevante de su lectura es que nos invita a indagar en tonos e intensidades distintas de lo que ya tomamos por leído. Y uno de los aspectos que resulta imprescindible consiste en la tensión en la que se presenta el lenguaje en la novela. Desde esta carne no parece estar escrita en la misma lengua en la que se escribieron las novelas argentinas publicadas a comienzos de los ‘50, y acaso lo más potente es que el lenguaje que propone se vincula poco con lo que, a veces de manera harto ligera, suele denominarse realismo. Mejor: la novela de Valentín Fernando se comporta como Pola, tiene una doble vida: se sienta a la mesa a comenzar una partida realista, pero lo que hace, efectivamente, es ponerse en juego en otro lado.

En los ‘50, cuando lo que imperaba como clave de lectura era la reivindicación de la representación mimética, Ramón Alcalde, uno de los intelectuales de Contorno, señaló que la escritura de la novela de Valentín Fernando no podía ser posible sin el peso de Joyce y Proust. Es decir, proponía leerla a contracorriente. Destacaba la recurrencia de los diálogos cortados, el efecto de montaje, y sobre todo el peso de la memoria en la conciencia de los personajes, como si ellos no actuaran por lo que tenían delante de los ojos sino que lo hacían impulsados por lo que alguna vez habían hecho, hicieron o no pudieron hacer. Un comportamiento verdadero que no podría ser más humano, pero que es refractario a cualquier esquema realista. Así, Valentín Fernando no es un típico autor realista porque lo verdadero irrumpe como denuncia de lo que es esquema, y no puede ser completamente verdadero porque para su denuncia necesita del realismo.

El propio título, Desde esta carne, hace hincapié en esa dualidad fundamental, o si se quiere en el doble juego en que se va la vida de la escritura de Valentín Fernando. Se escribe lo más verdadero, lo que sale “de esta carne”, y a la vez “esta carne” sólo puede ser apenas representada. Víctor, en un momento, recuerda lo que Pola le dijo una vez: “Sí, la vida es una porquería, y si una no encuentra la manera de divertirse está bien embromada... Se trata de buscar el peligro, algo que te ponga la piel de gallina y te asuste hasta la exasperación para que cada día no se parezca en nada al anterior, al que vendrá”. La posición de Valentín Fernando parte de ese mismo punto: como la vida no puede ser dicha, debemos decir “lo más extremo” para que al menos sea sugerida mediante esa imposibilidad.

Ese posicionamiento ante el lenguaje define una literatura que cuando menos era extraña entre los novelistas del ‘50. ¿Qué habría sucedido si el escritor de Desde esta carne hubiera tenido, por ejemplo, la oportunidad de ver en ese momento el cine que vendría, las películas de la Nouvelle Vague y en especial las de Truffaut? Ver Los cuatrocientos golpes es una invitación a leer de otro modo Desde esta carne. Ignoro si Valentín Fernando frecuentó luego ese cine, si escribió sobre ese desencuentro entre el lenguaje y las cosas, esa tensión que resultaría decisiva en la obra de Juan José Saer, y no me refiero exclusivamente a sus narraciones a partir de los ‘80 sino también a las anteriores, a Cicatrices (1969) por ejemplo, donde se desgrana esa misma tensión de Valentín Fernando y que Saer supo deletrear más allá del realismo, atravesando el objetivismo y la Nouvelle Vague.

Lo que más reconforta al cruzar las calles de Valentín Fernando con otras de la literatura argentina es saber que hay un escritor que ya no estará solo y lectores con una confianza renovada.
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domingo, 16 de diciembre de 2012

RUBÉN DRI

Entrevista al teólogo y filósofo Rubén Dri
“Veo a gente en otra vereda y pienso que estoy bien parado”
En su último libro, La hegemonía de los cruzados, analiza la participación de obispos y sacerdotes en el aparato represivo. Sostiene que “por fin están claros los dos modelos de país en lucha”. 

Tomado del diario Tiempo Argentino
del día de la fecha
Por Daniel Enzetti

Rubén Dri
Es filósofo, teólogo, profesor consulto en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe, y profesor titular en la cátedra de Sociología de la Religión, también en la universidad pública. Pero en épocas más convulsionadas integró el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, acción con la que se ganó varias amenazas de la Triple A y un exilio en México durante la dictadura militar. Después de enfrentarse con su obispo de Chaco, que le había hecho la cruz por "revoltoso e izquierdista", un amigo de la diócesis de Resistencia le recomendó que se alejara por un tiempo. En octubre de 1968 viajó a París para hacer una tesis en La Sorbona, y como estaba cerca de España, se le ocurrió conocer personalmente a Juan Perón. El mismo José López Rega lo llamó al muchacho por teléfono desde Puerta de Hierro: “Querido amigo, el general lo espera, ¿cuándo prefiere venir por acá?” En esa época el Brujo era bueno, o se hacía el estúpido. Seis años después condenaría al izquierdista a la pena de muerte con su banda de parapoliciales. "El viejo tenía una personalidad que avasallaba –recuerda Dri–, te recibía como si fueras importante. Regresé a Francia, y mientras militaba en la JP me dediqué a mandarle información a Perón a través de la vía de Raimundo Ongaro. Pero en mayo del '69 estalló el Cordobazo, dejé la tesis y me volví."  

–Se refiere a que la pospuso por algún tiempo.

–¡No, la abandoné definitivamente! (se ríe). La cosa ya no daba para hacer tesis. Córdoba convulsionada, la resistencia, la aparición del Che Guevara, Cuba, la CGT de los Argentinos: era un momento de vitalidad increíble. Yo era sacerdote desde 1960. Había tenido algunos problemas con mi obispo en el Chaco, Agustín Marozzi, y varios compañeros me recomendaron un viaje para calmar los ánimos. 

–¿Qué pasó?

–Dirigía el Colegio Mayor Universitario de la provincia, una residencia de estudiantes que a la vez era centro de formación social cristiano. Aquella efervescencia política hizo que el colegio se fuera radicalizando cada vez más, y usaron un hecho menor como excusa para echarme. El 17 de octubre del '68, para festejar, los muchachos pusieron unos caños, algunas bombas de estruendo. Me allanaron el colegio, secuestraron libros y documentos, y me quitaron la asesoría eclesiástica, con lo cual el lugar dejaba de tener relación con la Iglesia institucionalmente.  

–¿Los sectores de base de la curia ya mostraban su corrimiento hacia la izquierda?

–Esa inclinación arrancó a finales de 1967, cuando se empezó a tomar una clara opción anticapitalista y a favor del socialismo, con los ojos puestos en la liberación del Tercer Mundo. Pensemos que el Concilio Vaticano II se desarrolló entre 1962 y 1965, y que fue preparando un clima especial. Todo se aceleró, es difícil marcar momentos particulares. La ocupación de Argelia nos marcó mucho, por ejemplo.

–La irrupción de la "juventud" como actor nuevo, el festival de Woodstock. 

–¡El rock en Woodstock, claro! Es como planteaba dialécticamente Antonio Gramsci, cuando se refería a guerra de posiciones y guerra de movimiento. Hay momentos de gran aceleración, y otros de desaceleración. Se trató de un período de grandes cambios. Y lo importante fue que desde Argentina, los que creíamos en un evangelio pensando en el pueblo no tardamos en sumarnos al clima latinoamericano, sino que formamos parte de él al mismo tiempo que transcurrían los acontecimientos. El Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo nace en el '68, pero ya desde la asunción de Juan XXIII en 1959 hubo fuertes debates en el interior del catolicismo, para romper con el verticalismo que siempre había marcado la Iglesia Católica universal, basada en el Papa, los obispos y los párrocos. A los obispos, señores feudales en sus diócesis, se los empezó a cuestionar, con el objeto de armar una pastoral de conjunto. Es decir, discutíamos sobre qué tipo de política eclesiástica era la mejor, para democratizar el seno de la estructura. En la encíclica Ecclesiam Suam de 1964, Paulo VI da una fundamentación teológica, y plantea el diálogo en lugar de la obediencia, que siempre había sido el valor principal del catolicismo. Eso nos hizo entender que la Iglesia estaba comprometida con el  poder, y no con los sectores populares. Aunque en el proceso de toma de conciencia, fuimos cambiando mucho, y tanteando a ver con qué nos encontrábamos en la calle.

–¿Por qué?

–Porque cuando ocurren estos procesos, hay una primera etapa de apertura del cura, en la que siempre cae bien en los sectores medios. Aparece como "curita progre", simpático, entrador. Pero en la medida que el compromiso con sectores populares se ahonda, aquella clase media que antes nos recibía, se empieza a asustar. Y pasamos a tener conflicto con ese sector, que para colmo es el sector clave de la Iglesia. Recuerdo a familias de clase media que estaban con nosotros todo el día, pero cuando nos metíamos en las villas, o discutíamos con el obispo, nos pasaban factura: "¿Qué le pasa, por qué no vuelve a ser 'el de antes'?"

–La gran mayoría de los párrocos que intentaron aquellos cambios adhirieron al peronismo en esa época. ¿En qué los benefició y en qué los perjudicó la decisión?

–Lo positivo fue lograr un contacto más directo con la gente, que también adhería al peronismo. Y el problema no fue necesariamente ser peronistas, sino las críticas y presiones de la jerarquía por "meternos en política". Hay un precepto cultural: el sacerdote no hace política. Cuando en realidad, la Iglesia hace política no haciéndola. Se pone por sobre todos los conflictos sociales y de clase, porque siempre habla "en nombre del Evangelio", algo que está por sobre todos los conflictos, algo extraterrestre. En mi libro El Movimiento  Antiimperial de Jesús explico que Cristo construyó un movimiento revolucionario, enfrentado al sacerdocio y al Imperio Romano. Y también al statu quo y a la sociedad sacerdotal, que lo lleva a la muerte. Jesús "se metió en política", y fue asesinado por el Imperio Romano en connivencia con el sacerdocio judío de aquel momento. Volviendo al país, nosotros retomábamos eso, el compromiso cristiano de liberación de los sectores populares, que había sido el compromiso de Jesús y del cristianismo primitivo. No inventábamos nada, sino que tomábamos ese legado.

–A esa clase media que se asustaba cuando veía sotanas en las villas le esperaba una sorpresa mayor: el apoyo de muchos curas a la violencia armada.

–Sí, para esa gente era como no entender dónde estaban parados. Debo confesar que el tema de la violencia no fue algo que despertó grandes disparidades entre nosotros. En general adherimos al derecho que tiene el pueblo, el oprimido, de usar la violencia para liberarse. No podíamos decirle al pobre qué armas tenía que utilizar para lograr esa liberación, y por lo tanto quedaba abierto el camino para que él eligiera, y la violencia armada era una opción posible. Se trataba de la respuesta del oprimido frente al opresor. En cuanto a nuestra postura, no veíamos otro camino que la lucha violenta frente a la opresión imperial. Y tampoco notábamos una contradicción entre el compromiso sacerdotal y cristiano que habíamos elegido, y esa violencia. Eran charlas frecuentes que manteníamos con (Enrique) Angelelli y (Carlos) Mugica. Carlos y yo éramos peronistas, pero a mí no me parecía tan acertado aceptar la conducción estratégica de Perón a rajatabla; era más partidario de cuestionar esa conducción y crear otra variante. Creía en la conducción revolucionaria de Perón, pero después dejé de creer. Sin negar su liderazgo, me inclinaba por generar una alternativa estratégica desde las bases. 

–¿Ya veía la derechización del Movimiento?

–Sí, se notaba. Frente a los avances que sobre todo había tenido el grupo Montoneros, la reacción de Perón a favor de la burocracia sindical se hizo cada vez más fuerte. Yo no quería que volviera al país, me angustié mucho cuando regresó. Por eso no me sumé a la campaña del "Luche y Vuelve", su impronta revolucionaria era un recuerdo. En ese marco, algunos pensábamos que no era conveniente enfrentarlo; Montoneros, sí. Ir a la Plaza de Mayo cuando Perón los sacó, querer copar esa parada, fue un gran error. 

–La postura de refundar un proyecto sin firmar un cheque en blanco para su líder no era algo muy conveniente para decir públicamente, aunque las intensiones fueran las mejores. Se corría el peligro de ser tildados de traidores, de que se confundiera eso con aquel "peronismo sin Perón" de Augusto Vandor. En definitiva, el pueblo seguía siendo peronista. 

–Por supuesto, transparentarlo no convenía, porque las interpretaciones hubieran ido para el lado que vos explicás. No queríamos que nos confundieran con Vandor, pero sentíamos fuertes contradicciones dentro del Movimiento. Lo que comentábamos de la Plaza deslegitimó no sólo a Montoneros, sino a toda la izquierda peronista. Fue un momento sumamente difícil, que resolví alejándome del peronismo de base y acercándome a gente como Jorge Di Pascuale y Bernardo Alberte, con el que creamos la Corriente 26 de Julio. Pero ojo, tampoco teníamos que quedarnos callados. En ese sentido, el mejor camino era la postura que tomaba la revista Militancia de un gran amigo, Rodolfo Ortega Peña, donde yo tenía la suerte de escribir: tratar de seguir siendo peronistas, cuestionando el entorno. Vivíamos esa contradicción como podíamos, y éramos testigos de la manera en que dos modelos de país trataban de imponerse uno sobre el otro, como en la actualidad.

–Hoy, uno de esos modelos usa cacerolas.

–Claro, me refería a eso, justamente. Te digo algo, contra lo que piensan muchos compañeros: el cacerolazo me puso contento (se ríe), lo vi como algo sumamente positivo. Porque por fin se ha clarificado por dónde pasa la contradicción fundamental, cuáles son los proyectos antagónicos. El cacerolazo es como levantar un velo en el sentido griego. Correr una tela que esconde algo que está oculto, o que se oculta, mejor dicho. La sociedad argentina siempre estuvo dividida en dos grandes sectores, pero la dominación tapó esa división. Y cuando aparece un proyecto popular independientemente de sus contradicciones, que lesiona determinados intereses y beneficios de grandes corporaciones, aparece esa contradicción. El cacerolazo prueba que enfrente existe un proyecto popular de transformación. Lo legítima. Y de repente, algo que flota en el aire nos dice: "Bueno, hay que definirse, o estás de un lado o del otro. Después debatimos cómo construimos." Yo veo a esa gente y pienso que en esta otra vereda estoy bien parado. Y que tengo que quedarme ahí.  «

La iglesia estuvo a favor de la dictadura, pero ahora no lo va a reconocer

Rubén Dri no firmó la carta que un grupo de laicos escribió hace algunos días, para exigir que la jerarquía católica abra sus archivos de la época de la dictadura militar, y reconozca su participación en el engranaje represivo de secuestros, asesinatos y desapariciones. “Pero no acepté no por estar en contra del pedido -aclara-, que por otra parte apoyan muchos amigos. Sino porque no creo que la iglesia se conmueva con esas cosas. La iglesia estuvo de acuerdo con la dictadura militar, y hablo de la jerarquía católica hegemónica. Muchos sufrieron la represión en carne propia, como Enrique Angelelli, Carlos Ponce de León, Jaime de Nevares, Miguel Hesayne, Alberto Devoto, Jorge Novak, los curas palotinos y cientos de seminaristas y monjas anónimas. Pero la conducción legitimó la represión, y la legitimó teológicamente, con dos máximos responsables: Adolfo Tortolo y Victorio Bonamín, vicario y pro vicario de las Fuerzas Armadas. Por eso, no me extrañan las declaraciones de la Conferencia Episcopal. A lo mejor, dentro de 100 años acepta su complicidad”.

–¿Cómo se podría resumir esa justificación teológica para crímenes aberrantes?

–En la teología propia de la iglesia católica, Dios es todopoderoso, omnisciente, justo, ama al poder, y los seres humanos deben someterse a él. Existe un solo dios, y una sola iglesia que expresa su voluntad y que es fuerte, reconocida, y detenta la verdad absoluta. Es decir, sabe lo que es bueno y lo que es malo. Eso hace que toda crítica sea subversiva, porque si el mundo se divide entre el bien y el mal, la Iglesia representa el bien, el compromiso con los grandes poderes. No hay discusión ni medias tintas: todo cuestionamiento se hace del lado del mal. Esa es la teología que legitimó la Doctrina de Seguridad Nacional. Porque para esa doctrina, el mundo a su vez se divide entre oriente y occidente. Oriente es el mal y el demonio, y occidente, el bien y los valores cristianos. La expresión de “cuidar y proteger nuestros valores occidentales y cristianos” se hizo muy común después del golpe de Estado. Tortolo fue el que transformó la teología del poder en una verdadera teología de la muerte, a través de la irrupción de dos fuertes símbolos: el santo y el héroe. El santo era el sacerdote, y el héroe era el militar. Los dos estaban muy cerca de la muerte, y por lo tanto, de la efusión de sangre. Eso fue la dictadura.
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