lunes, 16 de septiembre de 2013

MARCOS RODRIGO RAMOS

La persecución

            No es la primera vez que ves esa cara en el tren. Al principio es sorpresa, por curiosidad intentás acercarte a ese rostro tan familiar pero te detenés al notar su vista fija en vos, comprendés que debés huir. Das media vuelta y comenzás a avanzar por los vagones. La puerta se abre y aprovechás para salir corriendo por el andén. Pensás en pedirle ayuda a la policía pero es inútil, es imposible que puedan comprender la gravedad de lo que pasa. Salís de la estación, te sigue a casi una cuadra de distancia. Comenzás a correr pero cada vez se te acerca más. Das una vuelta a la manzana y ya de regreso a la estación exigís tus fuerzas al máximo, saltás el molinete y llegás hasta la última puerta del tren que se cierra apenas ingresás al vagón, lo ves que ha quedado en medio del andén. Ya más tranquila volvés a normalizar tu respiración aunque intuís que pronto volverás a tener noticias suyas.
            Llegás a Morón justo cuando comienza a llover. Corrés por 25 de Mayo hasta tu departamento. Lo primero que hacés es prender la estufa porque no podés parar de temblar. Te das una ducha y las gotas calientes que caen en tu cuerpo te recuerdan las caricias de Damián. Pensás que él es bueno y comprensivo, que te quiere y que quizás ya sea tiempo de hablarle de lo que te sucede. Mirás tu rostro frente al espejo mientras pasás el cepillo por tu pelo en el que comienzan a hacerse nítidos tus dos colores, el real y el teñido, las canas afloran en varias raíces. Los espejos son crueles, siempre te dicen la verdad. Pensás que con vos los hombres se han parecido a los espejos, abrigás la esperanza de que Damián sea distinto pero es tan difícil. Te das cuenta que su presencia es lo único que te hace abandonar tu eterno traje de dos caras que desde chica comenzaste a usar y que te cuesta sacarte.
            Interrumpís tus pensamientos cuando están abriendo la cerradura, te sorprende que él venga un Domingo, los fines de semana los pasa completos con la esposa y los hijos. Vas a recibirlo pero no hace falta que la puerta se termine de abrir para darte cuenta que no es él. Por instinto corrés a tu dormitorio, intentás cerrar con llave pero es tarde. Entra empujando y te tira en la cama. Con la mirada te da a entender que es mejor que dejes de gritar, sólo atinás a cubrirte con la frazada. Pone la música bien fuerte. Primero comienza a tirar los libros de la biblioteca, luego arroja contra la pared los cajones del escritorio, empieza a romper las sábanas y tus ropas cínicamente tomándose su tiempo. Muda y ahogada de temor observás cada uno de sus actos. Finalmente toma del rincón donde siempre lo habías escondido el revólver que te prestó tu padre para defenderte y que hoy no te sirve para nada. Te señala la silla que está frente al espejo. Salís de la cama llorando y a la vez evitás todo contacto corporal. Sentada donde te lo ha ordenado sentís el frío del arma sobre tu sien. Levantás la cabeza frente al espejo, en el último segundo descubrís la verdad pero ya es tarde. Disparás.
                                                                                            

Cuento ganador del 2º Premio del  “VI Concurso de Poesía y Cuento Redes de papel”.  Diciembre 2005.

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