martes, 10 de julio de 2012

JOSÉ LEZAMA LIMA (1910-1976)

Para un final presto

Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.
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lunes, 9 de julio de 2012

MARIO DE MICHELI

LAS VANGUARDIAS ARTÍSTICAS DEL SIGLO XX
ENEAC, La Habana, 1967 [hay edición de Editorial Alianza, 1985]

1. UNIDAD del SIGLO XIX [pp 1-14]

Arte y realidad

El arte moderno no surge como evolución del arte del XIX, sino contra los valores de ese siglo, y esa ruptura no es meramente estética, no se puede buscar una explicación de las vanguardias en el cambio del gusto. Las razones de la ruptura son de orden ideológico. Se quebró la unidad cultural del XIX y la rebelión que se produjo estalló en el interior de esa unidad.
En el XIX hubo una tendencia revolucionaria de fondo, alrededor de la cual se organizaron el pensamiento filosófico, político, literario y la producción artística. Esto sucedió particularmente en los treinta años anteriores a las revoluciones de 1848. “El 48 no sobrevino como repercusión de la guerra y la derrota … fue el resultado de 33 años de paz europea, cuidadosamente mantenida sobre una base concientemente contrarrevolucionaria” (Namier. La revolución de los intelectuales) En estas décadas maduran las ideas y sentimientos que habían encontrado su afirmación en la Revolución Francesa: la noción moderna de pueblo, de libertad y de progreso. La acción por la libertad es uno de los ejes de la concepción revolucionaria del XIX. Las ideas liberales, anarquistas, socialistas, impulsan a los intelectuales a la lucha.
Ph. de Chennevières (director de Bellas Artes del Louvre), describe las jornadas parisinas de febrero del 48: “Algunas horas más tarde supe que mi amigo Baudelaire había sido visto mientras gritaba entre insurrectos, con un rifle en el hombro. Nunca tantos poetas y literatos se han mezclado así a una revolución…” El mismo Baudelaire hizo en esos días un periódico revolucionario, Le Salut Public, y en 1852 escribió el prefacio a Canto a los Obreros, de P. Dupont, en el que consideraba “pueril” al arte por el arte, critica a los románticos y afirma: “Será honor eterno de Pierre Dupont haber sido el primero en abatir la puerta. Con el hacha en la mano ha quebrado las cadenas del puente levadizo de la fortaleza; ahora la poesía popular puede pasar… Ve, ahora, cantando hacia el porvenir, poeta providencial, tus cantos son el reflejo luminoso de las esperanzas y de las convicciones populares”.
En el curso del movimiento revolucionario burgués, la presión de las fuerzas populares que habían ido creciendo, es percibida por los intelectuales como un elemento decisivo. Jules Michelet, en sus lecciones en el Colegio de Francia de 1848, insistía en la necesidad de la participación del pueblo en la cultura, en la importancia de la acción, del trabajo social, “La literatura, abandonando las sombras de la fantasía, tomará cuerpo y realidad, será una forma de la acción, ya no será diversión de algunos individuos, o de los perezosos, sino la voz del pueblo al pueblo.” Michelet repetirá estas ideas en su lección sobre Gericault, que no pudo pronunciar por la intervención del gobierno, allí decía a los artistas: “recorrer la inmensidad de las profundidades sociales, en lugar de mantenerse en la superficie…” En este sentido, para Michelet, Daumier es el artista más significativo porque su arte es una forma de acción, en su arte el pueblo habla al pueblo. El arte debía aspirar a la claridad, a la evidencia, al compromiso.
Hegel mismo en sus Lecciones de estética, pone el acento en este punto: “el poeta crea para el público, y en primer lugar para su pueblo y su época, los cuales tienen derecho a pedir que una obra de arte sea comprensible para el pueblo y cercana a él”. A la inversa del formalismo estético kantiano, el idealismo objetivo de Hegel reintegraba a la actividad estética un contenido histórico específico.
Es precisamente en este período de combustión revolucionaria, cuando la gran época del realismo alcanza su máximo esplendor, tanto en literatura como en las artes figurativas.
En los años 30 Bielinski[1] declaraba: “En la fragua de mi espíritu se ha ido forjando un significado particular de la gran palabra realidad; yo miro la realidad, que antes despreciaba tanto, y tiemblo… Realidad  -digo desde que me levanto de mi cama hasta que me acuesto a dormir, de día y de noche- y la realidad me rodea, yo la siento dondequiera y en cada cosa, hasta en mí mismo, en esa nueva transformación que, día tras día, se vuelve siempre más evidente en mí” Esa realidad, que en los años en que escribe, era algo que se impone y que se debía aceptar, posteriormente a 1940 se convirtió en algo que se debía transformar.

El contenido y la forma

El rechazo del romanticismo ya es neto. Goethe había hecho ya un juicio fulminante: “Todas las épocas de regresión y disolución son subjetivas, mientras todas las épocas progresistas tienen una orientación objetiva” En los años que analizamos esta objetividad se manifiesta en las obras más significativas. Hasta Balzac, que había declarado que escribía a la luz de los principios sumos –Dios y la Monarquía- revelaba después en sus novelas la verdad del movimiento histórico y se veía obligado a contradecir, a pesar suyo, sus convicciones políticas.
La realidad histórica llega así a constituir el contenido de la obra, la acción creadora del artista no la traiciona, sino que manifiesta sus caracteres. Entonces la realidad-contenido, al actuar con su impulso en el interior del artista, determina también la forma de la obra. Este es otro punto firme de la estética madurada en aquellos años.
Hegel afirma: “Es el contenido el que decide, en el arte como en todas las obras humanas” En Hegel este contenido histórico y social es siempre la Idea que se realiza en el aspecto sensible de la Belleza.
De Sanctis, (aquel profesor que  en 1848, se sube con sus alumnos de Nápoles a las barricadas y lo hacen prisionero) cuestiona la estética hegeliana justamente porque en ella, la unidad entre contenido y forma está comprometida por la preexistencia de la Idea. Para De Sanctis “la forma no es una idea, sino una cosa; y, por consiguiente, el poeta tiene ante sí cosas y no ideas”. En su libro de memorias La juventud, escribe: “Yo decía: el estilo es la cosa, y por cosa entendía lo que más adelante se llamó el argumento o el contenido. Si el estilo es la expresión, ésta extrae su sustancia y su carácter de la cosa que quiere expresar: en esto reside su razón de ser… Pero la cosa no debía considerarse de manera aislada. La cosa vive en el espacio y en el tiempo que forma su atmósfera, tomando modo y color de éste o aquel siglo, de ésta o aquella sociedad. Estos elementos tenían una gran importancia en la determinación del estilo. Expresar la cosa en su verdad, éste era el estilo”. Luego enriquecerá este mismo núcleo de pensamiento, según el cual el arte es una representación de la realidad, y dará su consentimiento al naturalismo de Zola. Pero era ya una concepción difundida entre artistas y escritores. En 1861 un grupo de jóvenes le pide a Courbet que abra una “escuela realista”, efectivamente para este artista “lo bello, al igual que la verdad, está ligado al tiempo en que se vive y al individuo que está en condiciones de percibirlo y que sabe “encontrar la expresión más completa de la cosa existente.”
En este contexto, en los años que prepararon el 48, el subjetivismo romántico era lógicamente rechazado. Sólo un romanticismo que expresara los sentimientos históricos era bien acogido, un romanticismo de fondo realista, Como el de Petöfi, o el de Heine de la Canción de los tejedores de Silesia, o también el de Víctor Hugo, quien ya en 1835 había escrito “En el siglo en que vivimos, el horizonte del arte se ha ensanchado grandemente. Otrora el poeta decía: el público; ahora el poeta dice: el pueblo”

Rechazo del arte por el arte

La doctrina del arte por el arte encontró las condiciones más favorables en el período de la Restauración francesa, pero ya la revolución de 1830 la había golpeado. Las “tres gloriosas jornadas” de julio habían entusiasmado a artistas y poetas: Daumier se había revelado como diseñador y Delacroix había pintado La Libertad en las barricadas. Pero Luis Felipe pronto revelaría que había llegado al poder la nueva nobleza de banco, la nueva burguesía financiera, para aplastar la Revolución de Julio. Los gustos estéticos de este grupo eran conformistas y mediocres, se multiplicaban encargos oficiales de cuadros de alabanza a Luis Felipe y obras religiosas. En el Salón de 1837 había más pintura religiosa que de batallas.
Pero hubo una reacción enérgica de los sectores políticos y culturales más abiertos, preparando el clima del 48. Había una viva conciencia de la estrecha relación entre el arte y el pueblo, esto se subraya constantemente en los periódicos republicanos, -tanto demócratas como burgueses-
Courbet en 1868 escribe: “Sin la revolución de febrero mi pintura quizás nunca se hubiera visto” y unos años después afirma: “Al renegar del ideal falso y convencional, en 1848 levanté la bandera del realismo, la única que pone el arte al servicio del hombre. Es por eso que he luchado, lógicamente, contra todas las formas de gobierno autoritario y heredado por derecho divino, deseando que el hombre se gobierne a sí mismo según sus necesidades, en su provecho directo y siguiendo una concepción propia.”
Defensores del clasicismo y del romanticismo eran arrastrados por estas convicciones. El hombre, desprovisto de exaltaciones místicas y de abstracciones académicas, se convertía en el centro de la nueva estética. Nacía el socialismo científico, el espíritu de la ciencia se difundía por todas las disciplinas, los progresos técnicos modificaban la vida. El realismo, con su eje en el hombre, tiene su origen en estas circunstancias históricas. El arte se debía ligar a las circunstancias de la vida, aun las cotidianas, y debía excluir la mitología y la evocación histórica.
Courbet, Daumier y Millet son los artistas más representativos de la escuela realista. “Al pintar [campesinos y burgueses] en tamaño natural, y al darles el vigor y el carácter que hasta entonces estaban reservados a los dioses y a los héroes, Courbet llevó a cabo una revolución artística”, escribe Castagnary.
París es en el XIX la capital de las artes y de las nuevas ideas políticas. A París llegaban de todas partes los patriotas exiliados, los forajidos, los poetas revolucionarios, junto con los artistas demócratas que querían renovarse.
Pero el proceso revolucionario ya tocaba también a aquellos países que no habían elaborado una historia nacional, Hungría, Rumania, Bulgaria. Precisamente en estos años se desarrolla en aquellos  países una conciencia renovadora, florecen los estudios sobre historia patria y el arte abandona el influjo bizantino para orientarse a la observación de la realidad.
En Italia, también esa época marca el despertar de la cultura nacional y del arte figurativo. Los artistas nuevos, desde Nápoles a hasta Florencia, desde Milán hasta Turín, son los que están más ligados al Resurgimiento. Fattori decía: “Yo era el viajante de la revolución”. “Llegó el 1859 y fue una revolución de redención patria y de arte, y surgieron los macchiaioli”. Los ideales democráticos y patrióticos del Resurgimiento, encendieron a artistas, intelectuales y escritores en toda Italia y en otros países. Primero cae el neoclasicismo imperante y da paso al romanticismo histórico y luego a un arte fresco y vital. Surgen las escuelas regionales, sobre todo los macchiaioli. Las reuniones de 1850 en el café Miguel Ángel de Florencia (que luego darían lugar a la formación del grupo) acogían a pintores que habían participado en la campaña de Lombardía en el 48 y en la defensa de Venecia, Bolonia y Roma en el 49. Fue en estas reuniones en donde surgió la idea de pintar por manchas. La teoría de la mancha, como escribió Fattori, era una “nueva búsqueda de verismo, que se va desarrollando actualmente y que representa la realidad de la impresión verídica de lo verdadero”. Los términos verismo y realismo aparecían frecuentemente en las discusiones. Este movimiento artístico italiano tenía la misma orientación que todo el arte europeo democrático: los problemas de la vida y la historia del momento. Si después los resultados no tuvieron la amplitud y profundidad que alcanzaron en Francia, tal vez se deba a los propios límites del Resurgimiento, que no tuvo la consistencia del proceso histórico francés.

Epílogo trágico

Interesa analizar esa “unidad” histórica, política, cultural de las fuerzas burguesas-populares, en torno de 1848, porque de la ruptura de esa unidad surgen las vanguardias y gran parte del pensamiento contemporáneo. Lógicamente en el seno del movimiento que tiene su eje en el 48, ya existían contradicciones y divergencias que después se acentuarían y serían la causa de la crisis. Pero hasta esa época el movimiento de las fuerzas burguesas-populares, conserva un carácter unitario, y 1848 es el ápice de esa unidad. Entonces, de lo que se trata es de analizar los factores que determinaron la crisis. La crisis estalló por causas históricas, no por un factor metafísico, -el desfallecimiento de un espíritu de trascendencia-.
En general, el inicio de la crisis coincide con la liquidación de las revoluciones europeas, hacia mitad de siglo; pero se hará evidente después de 1871, tras los trágicos acontecimientos de la Comuna de París. Se trata de un hecho de importancia histórica fundamental porque constituyó una de las últimas ocasiones en que un amplio sector de artistas y  escritores participaron de una acción política de alcance excepcional y también porque la derrota de la Comuna, puso al descubierto las contradicciones ya existentes en la sociedad nacida de las revoluciones burguesas y desencadenaron la máxima violencia.
El trauma de la derrota influirá en muchos intelectuales, desde entonces ya no volverán a sentir que deban actuar desde el interior de la vida social y política; su inconformidad con su clase se hace más aguda. La ruptura de la unidad revolucionaria del XIX es un hecho.
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domingo, 8 de julio de 2012

ALEXANDR PUCHKIN

Rusia: 1799-1837
El disparo memorable

Estábamos acantonados en el pequeño pueblo de X. Todo el mundo sabe cómo es la vida de un oficial de tropa de guarnición. A la mañana, estudio y picadero; la comida en casa del comandante del regimiento o en una fonda judía; a la noche, ponche y naipes.
En X no había ningún lugar donde reunirse, ni una muchacha; íbamos unos a casa de otros, donde, aparte de nuestros uniformes, no veíamos nada más.

Un solo civil formaba parte de nuestro grupo. Tenía unos 35 años, lo que nos hacía considerarlo viejo. Su experiencia le daba superioridad sobre nosotros en varios puntos, y, además, su aspecto sombrío que mostraba habitualmente, sus rudas costumbres y su lengua mordaz ejercían una clara influencia en nuestras mentes juveniles.

Un cierto misterio parecía envolver su destino: se le hubiera tomado por ruso aunque llevaba apellido extranjero. En otros tiempos había servido en los húsares, y hasta con suerte; sin embargo, nadie sabía qué motivos le habían hecho retirarse del servicio para ir a radicarse en un mísero pueblucho, donde vivía en la estrechez, unida, no obstante, a cierto despilfarro. Iba siempre a pie, vestía una chaqueta negra, raída por el uso, y su mesa estaba siempre a disposición de todos los oficiales de nuestro regimiento. Sus cenas estaban compuestas por no más de dos o tres platos, preparados por un militar retirado, pero el champán solía correr a torrentes durante las comidas.

Nadie sabía si poseía o no fortuna ni cuales eran sus rentas, ni nadie se atrevía a preguntárselo. Tenía muchos libros, la mayoría obras de milicia y novelas. Los prestaba de buen grado, sin exigir nunca su devolución, como tampoco, por su parte, devolvía nunca los que a él le prestaban.

Su ocupación predilecta era ejercitarse en el tiro a pistola. Las paredes de su cuarto estaban tan acribilladas de balazos, que parecían paneles de una colmena. Una rica colección de pistolas constituía el único lujo de la miserable casucha que habitaba.

La destreza que había adquirido simplemente en el tiro, era increíble, tanto como para que, de haberse propuesto acertar de un balazo un objeto puesto sobre la gorra, ninguno de los de nuestro regimiento hubiera vacilado en ofrecerle su cabeza como blanco.

El tema de nuestras conversaciones era con frecuencia los duelos. Silvio (así le llamaremos) nunca participaba de ellas. Cuando se le preguntaba si alguna vez le había tocado batirse, solía responder secamente que sí, pero nunca daba detalles, y saltaba a la vista que tales preguntas lo contrariaban. Acabamos por suponer que pesaba en su conciencia alguna desgraciada víctima de su siniestra habilidad. Por lo demás, nunca se nos cruzó por la mente imputarle de algo parecido al temor. Hay personas cuya sola apariencia disipa tales suposiciones.

Un inesperado acontecimiento nos dejó a todos consternados.

Un día comíamos en casa de Silvio unos diez oficiales del regimiento. Bebimos como de costumbre, es decir, muchísimo. Al terminar la comida pedimos a nuestro anfitrión que jugara una partida con nosotros. Durante largo rato se negó, porque no acostumbraba jugar, pero por fin mandó traer las cartas, echó sobre la mesa medio centenar de ducados y tomó la banca. Todos lo rodeamos y la partida comenzó. Silvio solía guardar absoluto silencio mientras jugaba, y jamás había discutido ni hecho observaciones. Si el que apuntaba se descontaba por azar, Silvio pagaba inmediatamente la diferencia o apuntaba el resto. Todos lo sabíamos y en nada nos oponíamos a su libre arbitrio; pero sucedió que entre nosotros se hallaba un oficial recientemente llegado a nuestro regimiento. Participaba del juego y cometió una equivocación de un punto. Silvio tomó la tiza y rectificó la anotación. El oficial, exaltado por los efluvios del vino, por el juego y las burlas de sus camaradas, lo tomó como una grave ofensa y enardecido tomó de la mesa un candelabro de bronce y se lo arrojó a Silvio, quien apenas logró eludir el golpe. Todos quedamos confusos. Silvio se incorporó, pálido de ira, y con mirada centellante exclamó:

-Caballero, hágame el favor de retirarse inmediatamente y dé gracias a Dios que esto haya sucedido en mi casa.

No dudamos en lo más mínimo de cuales serían las consecuencias de esa escena, y ya dábamos por muerto a nuestro compañero. El oficial se fue no sin decir que estaba dispuesto a dar satisfacción de su ofensa de la manera que dispusiera el banquero. La partida duró unos pocos minutos más; conscientes, no obstante, de que nuestro anfitrión no estaba para juegos, nos retiramos uno tras otro, hablando de la inminente vacante.

Al otro día, en el picadero, nos preguntábamos entre nosotros si el pobre teniente respiraría aún cuando se presentó éste mismo en persona.

Lo interrogamos y nos respondió que hasta la fecha no tenía noticias de Silvio. Asombrados, fuimos a casa de nuestro amigo, a quien hallamos en el patio, metiendo bala tras bala en un as de baraja, clavado en una hoja del portal. Nos recibió como siempre, sin mencionar una sola palabra con relación al suceso de la víspera.

Pasaron tres días, y el teniente seguía aún con vida. Preguntábamos extrañados:

-¿No se batirá?

Y así fue, Silvio no se batió. Se dio por satisfecho con una explicación muy superficial y se reconcilió con el adversario.

Esta circunstancia perjudicó mucho su reputación entre los jóvenes, los que suelen tener a la valentía por la calidad más sublime de un hombre, excusándole toda clase de defectos. Con el tiempo, no obstante, se olvidó lo ocurrido, y Silvio recuperó su prestigio de siempre.

Yo fui el único que no pudo tratarlo con la misma confianza. Teniendo, como tenía, una imaginación romántica, me sentía atraído, más que mis compañeros, por un hombre cuya vida era un enigma, y que me parecía el personaje de alguna historia misteriosa. Él me quería, y conmigo dejaba de lado sus palabras punzantes, y hablaba de toda clase de asuntos con gran sinceridad y agrado. Sin embargo, después de aquella velada, la idea de que su honor había sido mancillado, y no rehabilitado por propia voluntad, me inquietaba y me impedía tratarlo como antes. Silvio era demasiado inteligente y perspicaz como para no notar el vuelco de mi conducta, pero no descubría el motivo. Parecía estar amargadamente impresionado. Por lo menos en dos ocasiones pude notar en él el deseo de darme una explicación; yo, sin embargo, eludí sus tentativas, y él acabó por evitar mi trato. Desde entonces solía verlo sólo en presencia de mis compañeros, y nuestras sinceras relaciones de otros tiempos se cortaron.

Los displicentes habitantes de una capital no pueden imaginar siquiera muchas impresiones que les son familiares a quienes viven en aldeas o pueblecitos, como por ejemplo la espera de la llegada del correo... Los martes y los viernes el despacho del regimiento estaba colmado de oficiales. Unos esperaban dinero, otros cartas, otros periódicos, etc. Los paquetes solían abrirse allí mismo, y unos a otros se daban las noticias, de modo que la oficina deparaba un espectáculo de extrema animación. Silvio se hacía enviar sus cartas a nuestro regimiento, y solía acudir a la oficina. Un día le entregaron un sobre que abrió dando muestras de gran impaciencia. Al leer la carta sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados en la lectura de sus cartas, no advirtieron nada.

-Señores -les dijo Silvio-, las circunstancias requieren que me ausente inmediatamente... Me voy esta misma noche, y espero que no se negarán a cenar conmigo esta última vez. También a usted lo espero -continuó, dirigiéndose a mí-. Lo espero sin falta.

Y dicho esto salió precipitadamente. Nosotros, decididos a reunirnos en casa de Silvio, nos fuimos cada cual por un lado.

Fui a casa de Silvio a la hora indicada, y allí encontré a casi todo nuestro regimiento. Los muebles estaban ya embalados, y no había más que las paredes, acribilladas a balazos. Nos sentamos a la mesa. Nuestro huésped estaba del mejor humor, y no pasó mucho tiempo sin que comunicara su alegría a todos los demás... A cada momento saltaban los tapones de las botellas de champagne. Los vasos relucían y espumaban sin pausa, y todos nosotros, con profunda franqueza, deseábamos al amigo que se ausentaba, buen viaje y toda suerte de felicidades. Nos levantamos de la mesa ya muy avanzada la noche. Cuando fuimos a recoger la gorra, Silvio se despidió de todos, me tomó del brazo y me retuvo.

-Quiero hablar con usted -me dijo, bajando la voz.

Ya todos los demás se habían ido... Quedamos solos, nos sentamos uno frente a otro, fumando despaciosamente nuestras pipas. Silvio estaba visiblemente preocupado; en su rostro no quedaban huellas de su febril alegría de poco antes. Su palidez sombría, el destello de sus ojos, y el espeso humo que despedía su boca, le daban el aspecto de un verdadero demonio. Pasaron algunos minutos antes que Silvio rompiera el silencio.

-Es probable que no nos veamos más -me dijo-, y antes de despedirnos, he querido darle una explicación... Tiene que haber notado usted lo poco que me importa la opinión de los demás; pero me sería penoso dejar en su mente una impresión contraria a la verdad.

Dijo esto y calló. Volvió a llenar su pipa apagada... Yo me quedé silencioso, bajando los ojos.

-A usted le habrá extrañado -prosiguió- que yo no exigiese satisfacción a aquel insensato borracho de R... Creo que convendrá usted conmigo en que, teniendo yo libre elección de armas, su vida estaba en mis manos, en tanto que la mía casi no peligraba... Podría atribuir mi prudencia a la magnanimidad... Sin embargo, no quiero mentir. Si hubiese podido castigar a R... sin arriesgar mi vida, no lo hubiera perdonado...

Miré a Silvio con aire de asombro. Esta contestación acabó por consternarme. Silvio continuó:

-Es cierto. No tengo derecho a exponerme al peligro de la muerte. Hace seis años recibí una bofetada, y mi adversario vive todavía.

Mi curiosidad estaba vivamente excitada.

-¿Fue porque usted no quiso batirse con él? -pregunté-. Sin duda, se lo impidieron las circunstancias.

-Me batí con él y éste es el recuerdo de aquel duelo.

Silvio se levantó, sacó de una caja de cartón una gorra encarnada con borla de oro y galoneada, lo que los franceses llaman bonnet de police. Se la encasquetó: la gorra estaba agujereada a la altura de la frente.

-Usted sabe -prosiguió Silvio- que yo he servido en el regimiento de húsares de X... Sabe también cuál es mi carácter; suelo hacer notar mi personalidad en todo, y esta cualidad era una verdadera manía en mi juventud. En nuestros tiempos solían usarse modales violentos y entre mis compañeros no había quién me aventajara. Alardeábamos de nuestras orgías, y dejé atrás al famoso Burtsov encomiado por Dionisio Davidov. Los duelos, en nuestro regimiento, se entablaban a cada momento, y de todos participaba yo como testigo o interesado. Mis compañeros me adoraban y los comandantes del regimiento, que cambiaban con frecuencia, me consideraban un mal inevitable.

"Tranquilo (o intranquilo), disfrutaba mi gloria, hasta que llegó a nuestro regimiento un joven rico de muy buena familia (su nombre no importa). ¡En mi vida había tropezado con un hombre tan espléndidamente halagado por la suerte! Figúrese que además de la juventud, tenía ingenio, apostura, un espíritu alegre, la más desenfadada valentía, un prestigio social envidiable y una fortuna cuantiosa, inagotable, y podrá imaginar el efecto que había de causar inevitablemente entre nosotros. El predominio de mi personalidad estaba en peligro. Atraído por la fama que gozaba, trató de granjearse mi amistad; pero yo me mostré frío y él se apartó de mí con total indiferencia; le tomé odio. Sus éxitos en el regimiento y en el ambiente femenino me sumieron en completa desesperación. Comencé a buscar motivos para provocarlo... Pero mis frases hirientes las contestaba él con otras que siempre me parecían más punzantes y más agudas que las mías, y que a decir verdad eran muchísimo más alegres: él bromeaba y yo expresaba mi odio. Por fin, una vez, en un baile que daba un hacendado polaco, al ver concentrada en él la atención de todas las damas, y sobre todo de la misma ama de casa, que había estado antes en relaciones conmigo, le dije al oído cierta banal grosería. Presa de repentina ira me pegó una bofetada. En seguida buscamos los sables... Las señoras se desvanecían... Nos apartaron no sin esfuerzo y aquella misma noche nos batimos en duelo.

"Amanecía... Yo estaba en el lugar acordado, acompañado por mis tres padrinos... Con una impaciencia inexplicable aguardaba a mi adversario. Despuntó el sol primaveral, y el calor empezó a hacerse sentir... Lo vi cuando aún estaba lejos... a pie, llevando el uniforme sostenido con el sable, y acompañado por un padrino. Se acercó. En la mano llevaba su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron los doce pasos. A mí me tocó disparar primero. Sin embargo, la agitación que me causaba la ira me hizo desconfiar de la firmeza de mi pulso, y le cedí el derecho del primer disparo, ansioso por ganar tiempo para serenarme. Mi contrincante rehusó el ofrecimiento. Se propuso echar suertes, y ganó él, eterno favorito de la Fortuna. Apuntó y con su bala atravesó mi gorra. Era mi turno... Su vida, por fin, estaba en mis manos. Lo miré con ansia devoradora, tratando de discernir en su rostro una señal de inquietud. Él permanecía inmóvil frente al cañón de mi pistola, tomando de la gorra las cerezas maduras, que comía escupiendo los carozos que casi me alcanzaban. Su indiferencia me enardeció.

"'¿Qué voy a lograr' -pensé- 'quitándole la vida, si no siente el más leve temor por ella?'

"Fue entonces cuando una idea diabólica cruzó por mi mente. Bajé la pistola.

"-Según parece -le dije- usted no está ahora para pensar en la muerte. Como se propone almorzar, no quiero molestarlo.

"-No me molesta usted en lo más mínimo -replicó-. Hágame el favor de disparar, o haga lo que le parezca. Le queda reservado el derecho a este disparo, y en cuanto a mí, estaré siempre a su disposición.

"Me volví hacia mis padrinos, les manifesté que por el momento no estaba dispuesto a tirar, y así acabó el duelo...

"Pedí mi retiro y me radiqué en esta aldea. Desde entonces no hubo un solo día en que yo no pensara en la venganza. Ahora, por fin, llegó el momento..."

Silvio sacó del bolsillo la carta que había recibido por la mañana y me la dio para que la leyera. Una persona, probablemente administrador de sus asuntos, le escribía desde Moscú, que el consabido individuo pronto contraería matrimonio con una joven muy bella.

-Ya habrá adivinado -dijo Silvio- quién es ese consabido individuo. Salgo para Moscú... Me gustaría ver si en vísperas de su casamiento, se enfrentará a la muerte con la misma indiferencia que en otro tiempo, saboreando cerezas.

Y con estas palabras, se levantó, arrojó la gorra al suelo y echó a andar agitado por la habitación como un tigre por su jaula. Yo lo había escuchado absorto: sentimientos terribles y opuestos me agitaban.

El criado entró para anunciar que los caballos estaban listos para el viaje. Silvio me dio un fuerte apretón de manos... Nos abrazamos... Subió a un coche, en el que estaban acomodadas dos maletas, una con su equipaje, otra con pistolas. Nos saludamos por última vez y los caballos arrancaron...

Algunos años más tarde, circunstancias de familia me llevaron a establecerme en una pequeña aldehuela del distrito de N. Me había consagrado a la agricultura y no dejaba de suspirar secretamente, cuando recordaba mi vida pasada, bulliciosa y despreocupada. Lo que se me hacía más difícil era pasar las noches, tanto en primavera, invierno, como verano, en completa soledad. Hasta la hora de la comida encontraba la manera de matar el tiempo, unas veces charlando con el alcalde, otras inspeccionando las tareas de labranza y echando un vistazo a los nuevos establecimientos; pero tan pronto como caía la noche no se me ocurría adónde meterme. Unos cuantos libros que encontré bajo los armarios y en el depósito de trastos, me los sabía ya de memoria, a fuerza de reiteradas lecturas. Todos los cuentos que atesoraba en su memoria el ama de llaves Kirilovna, ya los conocía, y las canciones de las campesinas me sumían en lánguida tristeza. Por fin me di a la bebida de un fuerte licor vegetal, pero me causaba dolor de cabeza y, además, confieso que temí convertirme en un "borracho melancólico", como tantos que había visto en nuestro distrito.

A mi alrededor no había vecinos cercanos, salvo dos o tres "melancólicos", cuya conversación consistía las más de las veces en hipos y suspiros. La soledad era preferible. Por fin resolví acostarme cuanto antes, y comer lo más tarde posible; de esta manera logré acortar la velada, y alargar al mismo tiempo los días... Y "vi todo lo que había hecho y he aquí que era bueno..."

A cuatro verstas de mi finca estaba la rica propiedad de la condesa de B.; pero allí vivía sólo el administrador. La propietaria había visitado su finca una vez, hacía ya mucho tiempo, el primer año de su matrimonio, y no había pasado en ello más de un mes. Pero cuando transcurría la segunda primavera de mi vida de ermitaño, corrió el rumor de que la condesa llegaría a la aldea acompañada por su marido, para pasar el verano. Y así fue; llegaron a principios de junio.

La llegada de un vecino acaudalado es un acontecimiento memorable para los moradores de una aldehuela. Los propietarios y los miembros de su servidumbre suelen hablar de ello desde dos meses antes y hasta tres años después. En cuanto a mí, confieso con franqueza que la noticia del arribo de una vecina joven y hermosa, me emocionó fuertemente. Me abrasaba un ferviente deseo de verla, y, por lo tanto, el primer domingo siguiente a su llegada, fui, después de comer, a la aldea X para presentar mi respeto a sus Altezas, como correspondía al vecino más cercano que les ofrecía sus humildes servicios.

Un lacayo me llevó hasta el gabinete del conde, y se adelantó para anunciarme. El amplio despacho estaba puesto con fastuoso lujo; a lo largo de las paredes había algunas bibliotecas, sobre las cuales se veían bustos de bronce. Arriba de la chimenea había un espejo muy ancho; el piso estaba cubierto de paño verde y tapizado de alfombras. Mi vida en mi humilde rincón me había hecho perder la costumbre del lujo, y hacía tiempo que no admiraba la esplendidez ajena. En aquel momento me sentí cohibido. Esperé al conde embargado por una inquietud parecida a la del candidato provinciano que espera la salida de un ministro. Cuando se abrió la puerta entró un hombre de unos treinta años, de hermosa presencia. El conde se acercó con aire de absoluta sinceridad amistosa, mientras que yo me esforzaba por recuperar mi aplomo. Empecé por presentarle mis respetos y, sin darme tiempo para hablar, sugirió que nos sentáramos.

Su conversación, espontánea y amable, pronto logró disipar mi timidez de solitario. Empezaba ya a recobrar mi estado normal, cuando de pronto se presentó la condesa, causándome una nueva confusión, mayor que la anterior. En realidad, era de una acabada belleza. El conde me presentó. Yo, por mi parte, cuanto más me esforzaba por parecer locuaz, cuanto más trataba de asumir un aire de serenidad, más turbado me sentía. Para darme tiempo a que me repusiera y acostumbrase a ellos, mis nuevos amigos comenzaron a discurrir entre sí, dándome el trato que se le da a un antiguo vecino, sin ninguna clase de ceremonias. Yo, entretanto, eché a andar de un lado a otro, examinando los libros y las pinturas. Aun cuando no soy ducho en artes plásticas, hubo un cuadro que llamó mi atención. Representaba cierto paisaje de Suiza, y lo que me sorprendió no fue la parte artística, sino el hecho de que estuviese atravesado por dos balazos que casi se juntaban.

-¡Notable disparo! -exclamé a la vez que miraba al conde.

-Sí -me respondió-: fue un disparo muy memorable. Pero, dígame. ¿Es usted buen tirador?

-Excelente -contesté satisfecho al notar que la conversación recaía por fin en un tema que me era tan familiar-; a treinta pasos no yerro jamás, teniendo por blanco une carta, si tiro con una pistola a la cual esté acostumbrado.

-¿Es cierto? -dijo la condesa con tono de gran interés-. Y tú, amigo mío, ¿serías capaz de atravesar una carta a treinta pasos?

Probaremos -contestó el conde-. He sido un tirador regular; pero hace cuatro años que no tomo una pistola.

-¡Oh! -comenté-. En ese caso apuesto cualquier cosa a que vuestra Alteza no le da a una carta ni siquiera a veinte pasos; la pistola requiere un ejercicio diario. Lo sé por experiencia. En nuestro regimiento se me tenía por uno de los mejores tiradores. En una ocasión dejé de manejar la pistola por un mes entero, porque mis armas estaban en reparación. ¿Y qué diría que sucedió, Alteza? La primera vez que volví a tirar, erré cuatro veces seguidas a una botella a veinte pasos. En nuestro regimiento había un sargento, hombre ingenioso y muy dado a las bromas, que estando presente por casualidad dijo: "Está visto, amiguito, que has perdido la costumbre de habértelas con una botella". Créame, vuestra Alteza, hay que cultivar esta habilidad, porque el día menos pensado se olvida lo que se ha aprendido. El tirador más diestro que encontré en mi vida practicaba todos los días, tres veces por lo menos, antes de la comida. Esto estaba en él tan arraigado, como la copita de vodka que tomaba como aperitivo.

A los condes les satisfizo mi locuacidad.

-¿Y cómo tiraba? -me preguntó el conde.

-A veces veía una mosca que acababa de posarse en la pared... ¿Lo toma usted a risa, condesa? Pues es cierto... Veía una mosca y gritaba: "¡Kuzka, mi pistola!". El criado le llevaba con celeridad una pistola cargada. Él disparaba entonces y enterraba la mosca en la pared...

-¡Asombroso! -dijo el conde-. ¿Y cuál era su nombre?

-Silvio, Alteza.

-¡Silvio! -exclamó el conde, incorporándose de un salto-. ¿Usted conoció a Silvio?

-¿Que si lo conocí, Alteza? Éramos amigos. En nuestro regimiento fue recibido como un verdadero compañero... pero desde hace cinco años no sé nada de él. Así que también vuestra Alteza lo conoció, ¿no es verdad?

-Lo conocí muy bien. ¿No le contó acaso un suceso muy extraño?

-¿El de una bofetada, Alteza, que recibió en un baile?

-¿Y no le dijo a usted el nombre...?

-No, Alteza, no me lo dijo. ¡Ah! -proseguí, al intuir la verdad-. ¿Fue quizás vuestra Alteza?

-Yo fui -respondió el conde, con aire extremadamente distraído-; esa pintura agujereada a balazos es un recuerdo de nuestro último encuentro.

-¡Ay! -dijo la condesa-. ¡No lo cuentes, por Dios!... Me horroriza escucharlo.

-No puedo complacerte -replicó el conde-. Lo contaré todo. El señor sabe cómo ofendí a su amigo y conviene que sepa también cómo Silvio se vengó de mí.

Me ofreció el sillón y yo, con viva curiosidad, escuché el siguiente relato:

-Hace cinco años me casé. El primer mes, la luna de miel, la pasé aquí, en esta aldea. En esta casa viví los instantes más hermosos de mi vida, pero a ella le debo también uno de mis recuerdos más dolorosos.

"Un día, al atardecer, salimos a cabalgar. El caballo que montaba mi mujer comenzó a desmandarse y ella, asustada, me pasó las riendas y volvió a casa a pie. Yo cabalgué delante. En el patio vi un coche, y me dijeron que en mi despacho me esperaba un caballero que había rehusado dar su nombre. Sólo había dicho que tenía que hablar conmigo de cierto asunto. Entré en la habitación y vi en la penumbra a un hombre con barba cubierto de polvo. Estaba al lado de la chimenea... Me acerqué a él, tratando de reconocer sus facciones...

"-¿No me recuerdas, conde? -preguntó con voz trémula.

"-¡Silvio! -exclamé, y confieso que en aquel momento sentí que mis cabellos se erizaban.

"-Exactamente -continuó él-. Conservo el derecho a un disparo y he venido a disparar. ¿Estás preparado?

"Una pistola asomaba del bolsillo lateral de su chaqueta. Yo di doce pasos y me paré allí, en el rincón, suplicándole que acabara lo más pronto posible, antes que llegara mi mujer. Vaciló por un momento... Me pidió lumbre... Hice que trajeran una vela. Cerré la puerta, ordené que no entrara nadie, y volví a suplicarle que disparase. Sacó la pistola y apuntó... Yo conté los segundos.. Pensé en ella... ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó el brazo.

"-Lamento de veras que la pistola no esté cargada con carozos de cereza. Una bala pesa demasiado... y después de todo, creo que esto no es un duelo, sino un homicidio. Yo no acostumbro disparar a un indefenso... Empecemos de nuevo. Volvamos a tirar suertes para ver quién dispara primero.

"La cabeza me daba vueltas... Creo recordar que me negué...

"Por fin cargamos una pistola, arrollamos dos papelitos... Él los puso en la gorra, que atravesó un día mi balazo... Yo saqué de nuevo el primer número.

"-Tienes mala suerte, conde -dijo él, con una sonrisa que nunca olvidaré.

"No recuerdo lo que sucedió entonces, ni cómo pudo él impulsarme a ello... Pero cierto es que disparé, dando con la bala en ese cuadro...

"Y el conde dirigió su dedo hacia la tela agujereada. Su rostro parecía arder. La condesa estaba tan blanca como el pañuelo que llevaba. Yo no pude contener un grito de espanto.

"-Disparé -continuó el conde- y, gracias a Dios, no acerté. Entonces Silvio -en ese momento tenía verdaderamente un aspecto siniestro- apuntó hacia mí... De pronto la puerta se abrió... Masha entró precipitadamente y, profiriendo un grito desgarrador se echó en mis brazos. Su presencia me devolvió por completo la sangre fría.

"-Querida mía -le dije-, ¿no ves acaso que estamos bromeando? ¿Te asustaste? Ven, bebe un poco de agua y acércate... Voy a presentarte a uno de mis amigos y compañeros.

"Masha dudaba aún de la veracidad de mis palabras.

"-Dígame usted, ¿es cierto lo que dice mi marido? -preguntó, volviéndose hacia aquel hombre terrible-. ¿Es verdad que bromean ustedes?

"-Suele bromear, condesa -le respondió Silvio-. Una vez me dio, bromeando, una bofetada... Bromeando también, me perforó esta gorra, y, bromeando, acaba de errar el tiro. Ahora soy yo quien quiere bromear.

"Y al decir esto me apuntó ¡delante de ella!

"Masha se echó a sus pies.

"-¡Levántate, Masha, es humillante! -grité furioso-. Y usted, caballero, ¿cuándo dejará de burlarse de una pobre mujer? ¿Va a disparar o no?

"-No dispararé -respondió Silvio-; me doy por satisfecho. He visto tu confusión, tu desasosiego. Te he obligado a dispararme. No pido más. Te acordarás de mí. Te dejo a solas con tu conciencia.

"Entonces se encaminó a la puerta. Allí se detuvo y, volviéndose hacia el cuadro agujereado por mí, disparó casi sin haber tomado puntería, y desapareció.

"Mi mujer estaba desmayada. Mi gente no se atrevió a detenerlo y lo contempló horrorizada. Él salió por el portal, llamó al cochero y se alejó antes de que yo lograra reponerme."

El conde calló.

Fue así cómo me enteré del final de la historia, cuyo principio tanto me había asombrado No volví a encontrar jamás a su protagonista.

Se dijo alguna vez que Silvio, en tiempos de la rebelión de Alejandro Ipsilanti, capitaneó una compañía de heteristas griegos y murió en un combate cerca de Skulani.
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sábado, 7 de julio de 2012

SILVINA OCAMPO

"Anillo de humo"

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil. El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.
¡Degenerado! ­ exclamaron las personas que te acompañaban.
Amaste su perfil y su pobreza.
Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio. Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. Alguien dijo:
Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.
Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.
Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.
Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. Te reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.
Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.
Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.
Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos. Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.
Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti que hablaban.
Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.
Son cosas de chica, no hay que hacer caso.
Tiene once años ya­ dijo tu madre.
No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.
Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o con doble sentido.
Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.
Vamos ­ le dijiste- a las vías del tren.
¿Para qué?
Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.
Verdad y mentira salían juntas de tus labios.
Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las piedras.
¿Dónde perdió el anillo?­ te preguntó, arrodillándose a tu lado.
Aquí­ dijiste, apuntando el centro de los rieles.
Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí ­ exclamó con desdén.
Quiero que nos suicidemos ­ le dijiste.
Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron sobre tu cuerpo.
Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.
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MÁXIMO SIMPSON

Máximo Simpson: nació en Buenos Aires (Argentina), en 1927. Recorrió América Latina y residió largos años en México y Brasil. Ha sido periodista. Es profesor universitario y ha publicado diversos trabajos sobre teoría política y comunicación. Publicó los siguientes libros de poemas: “Túpac Amaru” (Editorial Stilcograf, Bs. As., Argentina,1960); “Más poesía” ( Ediciones Amistad, Bs.As., Argentina,1962); “Poemas del hotel melancólico” (Ediciones Amistad, Bs. As., Argentina, 1963; con reedición de Ediciones El Tucán de Virgnia, México D.F., 1984, y reedición reciente de Botella al Mar – Uruguay, con prólogo del autor , Montevideo, 2007); “ Estación final” (UAM, Colec. La Rosa de los Vientos, México D.F., 1981); “Hacia dónde tan lejos” (UAM, Colec. La Rosa de los Vientos, México D.F., 1981); “Estación final y otros poemas” (ed. Ampliada, UNAM, México D.F., 1985); “Elegías americanas” (Lugar Editorial, Bs.As., Argentina, 1992); “La casa y otras visiones” (Ediciones de Alejandría, Bs. As., Argentina, 1995); “Alrededores” (Ediciones de Alejandría, Bs. As., Argentina, 1999); “Esta precaria Luz” (Antología, Editorial Vinciguerra, Bs. As., Argentina, 2003); “Antología poética” (Fondo Nacional de las Artes, Bs.As., Argentina, 2004); “A fin de cuentas” (Ediciones Alforja/Conaculta/Fonca, México D.F., 2006).

TO BE OR NOT TO BE

Yo quise ser un rojo violín desorbitado,
un ex abrupto eterno,
un jardín de magnolias o una tromba,
y sólo soy ahora profesor de nostalgias,
edecán del otoño pesaroso.

Yo quise ser el mar,
o tal vez quise ser lo que no quise,
un triángulo isósceles o un trueno,
o una momia egipcia
con su paz infinita, imperturbable.

Eso quise tal vez en mi constancia,
en mi apuro, en mi afán, en mi zozobra,
quise ser el revés, la mano izquierda,
el costado de mí, mi renegado,
y sólo soy mi tú, mi pobre mí,
un pronombre ya exhausto,
un posesivo huérfano, un despojado mi.

Eso quise tal vez,
y sólo soy ahora mi vecino,
apenas mi perfil, mi suroeste,
mi terco lateral:
estoy en la adyacencia limítrofe de mí,
y siento desazón, me extraño mucho.

(De Poemas del hotel melancólico, 1963.)

FIESTA

Esta fiesta comienza desde abajo:
cuando los pies se encuentran,
cuando los pies se aman,
se entrelazan,
se besan, se visitan,
se tocan,
se interrogan,
un escozor los une,
un azoro, un anhelo, un calosfrío;
y cuando los pies se miran,
cuando los pies son manos y son alas,
cuando los pies se alejan y retornan,
cuando los pies se acechan y se abrazan,
cuando los pies se rinden
al oscuro temblor que los convoca,

ya las sábanas gimen,
ya las sábanas cantan,

y un secreto rumor de profecía
asciende por los cuerpos
hacia el día que adviene.

A Martha C. Severo
Río de Janeiro, 1985.

EL RASTREADOR

¿Dónde están las pisadas de mis pasos,
dónde están las miradas que dejé por el aire?

En pos de aquellos rastros
camino tras el puma,
el buitre, la calandria,
pruebo pasto, mastico,
huelo el viento, la brisa,
registro las raíces,
las grietas, los resquicios,
vuelvo atrás, adelante,
giro en torno
del olor a pasado,
a triste antigüedad, a tardes viejas,
convoco desde el sueño las guitarras del mar,
los tambores del tiempo.

¿Quién soy yo entre tinieblas?

Yo soy el rastreador,
el que se busca.

(De La casa y otras visiones, 1995)

CANCION DE DON ELÍN

Pero, ¡qué se hicieron las nieves de antaño?

François Villon

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
un arpegio sonámbulo, exiliado,
ya ciego entre los pájaros,
y un piano derribado en la intemperie,
y un músico extraviado por las nieves del tiempo.
Yo he visto todo eso, pero dónde,

¿dónde andará mi padre, don Elín?

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un caballo sin alas,
un fuego sin calor, un río sin orillas.

Yo he visto todo eso, pero dónde,

¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Está reconstruyendo los rotos mecanismos?
¿Está bebiendo luz, prepara sus maletas?

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
vi un sueño que corría hacia el abismo,
vi un zapato perdido,
una paloma herida convocando a los ángeles.
Yo he visto todo eso, pero dónde,

¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Cómo hará en las mañanas para entornar las puertas?
¿Cómo hará por las noches para inventar las flores?

Yo vi una melodía ahogada en alta mar,
Yo vi una copla exhausta, despoblada,
una trova, un acorde, una rapsodia
sin violín, sin garganta.

Yo he visto todo eso, pero dónde,
¿dónde andará mi padre, don Elín?
¿Dónde andará?

Ay, yo vi una melodía ahogada en alta mar.

(De Alrededores, 1999)

HABLA JANTO

Janto, “el corcel de ligeros pies”, bajó la cabeza
y dijo: “Hoy te salvaremos, impetuoso Aquiles,
pero está cercano el día de tu muerte”.

Ilíada, Canto XIX

Cuando el caballo habla,
tiembla toda la casa del olvido.
Tiembla toda la casa,
tiembla todo el olvido:
las puertas de la noche retroceden.

Cuando el caballo clama,
cuando el caballo augura, profetiza,
se oscurecen ventanas y canceles,
y el hombre a la deriva da un rodeo,

hace un alto y espera.
Cuando el caballo habla y se anticipa,
todos callan de pronto,
y el desvalido orgullo de la especie
se amontona en la lengua.
Cuando el caballo habla,
la pampa sueña con el mar,
y el jinete desmonta,
se aventura por dentro de sus ojos,
se desnuda.

Cuando el caballo habla,
cuando sabe,
la memoria perdida se instala en la existencia
y corroe las hondas certidumbres.
Cuando el corcel florece en la tormenta,
cuando sus manos se alzan hacia el cielo,
cuando de pronto brinca y vaticina,
un ambiguo claror empaña los cristales
una lluvia indecisa retorna hacia lo alto.

Cuando el caballo sabe,
cuando el jinete escucha,
declina el sacerdote sus trofeos.

Cuando el caballo habla,
pone el hombre pie en tierra,
medita en sus ancestros,
se prepara.

(De Alrededores, 1999)

LA PATOTA

Así, de pronto,
en medio de la fiesta,
del rock, del rap, del crash,
el homo sapiens se desnuda.
Husmea, demarca el territorio,
y con airadas manos recupera su hacha.

Bestia plural, compacta,
la patota despliega su dominio,
acorrala a su presa.

Con infinitos pies,
con infinitos puños,
con sus arcos y flechas,
con sus viejos garrotes,
con sus 45,
la bestia numerosa desmantela,
desangra a la fragilidad.

Y aunque indiferente o recelosa,
la patota es esclava de una honda pulsión;
con anónimo rostro hace saber quién es:
borbota su rugido,
ese almíbar impune que atraviesa los tiempos.

Y ahí, en la vereda, puro estorbo,
yace el muchacho aquel que sólo fue a bailar,
una noche cualquiera,
a comienzos del siglo veintiuno.

(De A fin de cuentas, 2006)

EL VISITANTE

Es tan sólo un plumón,
es minúsculo enigma, es infinito,
es criatura que llega cada día a mi patio,
y canta,
canta mientras mi espíritu atardece.

Su visita me prodiga esta hebra,
este humilde laurel contra la muerte:
su pacífico vuelo de una rama a otra rama,
de la nada a la nada

LA VARIABLE DE AJUSTE

...ni yerba de ayer, secándose al sol...
Enrique Santos Discépolo

Yo soy el Anticristo del contrato social,
el aguafiestas del Progreso.

Acrece mi dolencia, estoy postrado,
y para mal de males,
soy ahora la mancha en la pared,
el ropero de antaño a la deriva.

Soy apenas
el supernumerario boca abajo,
el portero desnudo,
y errantes, sin amor, desventuradas,
fluyen las tasas de interés,
el insumo-producto de la médula ósea.

No vengo a perturbar esta cadencia,
el tranquilo desvelo de la Mano Invisible,
el esplendor lunar de la econometría,
el amable simposio sobre el dolor del mundo.

Yo sé muy pocas cosas,
pero algo se turba en mis adentros,
algo oscuro que sube desde el fondo:

una viudez de patria,
un luto, un sobresalto.

Es que yo soy tan sólo el que no estuvo,
la variable de ajuste,
el que sigue esperando en la vereda.

PLEGARIA

Delectación del árbol,
mansedumbre,
sonata del blancor,
convergencia del lila,
del naranja,
del tenue, del cenit,
del que consuela,
afinidad del aire
con olor a primicia,
y un alba, un alba:
pido un alba inmortal
para empezar el día.

A FIN DE CUENTAS

aún no he podido arborecer,
y mi charla fue siempre un balbuceo,
ambiguo, sospechoso.

Algo les falta aún a mis sentidos
para olfatear la dicha,
la fe de los creyentes,
esa fe que resiste
la prueba irrefutable del más ronco alarido.

Soy un hombre inconcluso,
y ya es un poco tarde para intentar de nuevo
mejorar mis reflejos,
o esperar con paciencia
el crecimiento firme de aletas y de branquias,
de ruedas vigorosas,
pues la nada me espera en cualquier sitio,
tal vez en la cocina,
tal vez mientras escribo
esta trivial noticia de mis días.
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viernes, 6 de julio de 2012

WILLIAM FAULKNER

Hoy se cumple medio siglo de la muerte de William Faulkner
Considerado uno de los  más grandes escritores del siglo XX, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1949. La Faulkner Society organizó en conmemoración de la fecha una maratón de lectura y otros homenaje



Autor de 19 novelas, de unos 100 relatos y de guiones de algunos films clásicos en Hollywood, William Faulkner murió de un paro cardíaco que se alimentó de tabaco y alcohol. Tenía 64 años. Al parecer, Faulkner había regresado a la bebida diaria medida en galones tras un accidente de equitación. Pasaba sus últimos días en un sanatorio en Byhalia, en Mississippi, uno de los estados más pobres de los prósperos Estados Unidos en el cenit de su mayor esplendor económico. 
Hoy se cumplen 50 años de su muerte. El mundo de la literatura rinde homenaje a un narrador que en 1949 ganó el Premio Nobel de Literatura para su país. La Faulkner Society, un club de profesores de literatura, colegas y admiradores, recordará su muerte en Oxford (Mississippi, EE UU), donde en 1972 la Universidad de Mississippi convirtió su casa en museo. Hoy la Faulkner Society organizó allí una maratón de lectura, discusiones sobre su legado y una fotogénica vigilia con cirios enhiestos. 
A diferencia de otros narradores estadounidenses, Faulkner permaneció con orgullo en el Viejo Sur conservador y aún reaccionario y ex esclavista que lo vio nacer. Por eso, y por los milagros, melancolías y nostalgias de su obra, suele agruparse a Faulkner con otros autores de un renacimiento regional, con Flannery O’Connor, con Eudora Welty, con Allen Tate, con Robert Penn Warren y con otros poetas y críticos de la escuela agraria y religiosa llamada New Criticism. Todos ellos creyeron que la literatura moderna era sobre todo una nueva crítica de la vida, una escuela de libertades individuales y una forma de combate contra la decadencia social de la tradición. 
A su modo, Faulkner fue un conservador, movido no por una reacción de derechas sino por la aversión a los plásticos y los ácidos de la Modernidad. Como el de otros escritores fotógrafos (el naturalista científico francés Émile Zola, el liberal escéptico argentino Adolfo Bioy Casares), el suyo fue un arte que procura menos rescatar el instante fugaz que preservarlo del golpe del instante fatal que sobreviene. 
Su sola existencia y los volúmenes de su obra, recuerdan el valor de las palabras del escritor, elegidas por el escritor –antes de los tiempos en los que los editores las remplazaron diligentemente por las propias. Hacen añorar el humor idiosincrásico, la panoplia de las figuras retóricas, la extensión variable de las oraciones, que incluye a las muy largas y a las muy breves. Leer a Faulkner siempre es enterarse de que en la literatura hay más moradas que el terso minimalismo de Raymond Carver, la mecánica de los talleres de escritura y todo lo que se puede encargar con un click en la librería Amazon. 
Los narradores que en la década de 1960 lo leyeron con avidez en Latinoamérica, encontraron en Faulkner un libro manual y un modelo para armar (ya Jorge Luis Borges había dado un traducción ejemplar de Las palmeras salvajes en 1939). La acción de muchas de las novelas y ficciones de Faulkner se desarrolla en el mítico condado de Yoknapatawpha. La Macondo del colombiano Gabriel García Márquez, la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti, la Colastiné del argentino Juan José Saer fueron prolijas o atroces sucursales sudamericanas del Viejo Sur esclavista. 
En parte, Jean-Paul Sartre y el existencialismo francés habían sido responsables del gusto por Faulkner en la París de América: en Buenos Aires todas sus obras encontraron traductores al español. Desde El ruido y la furia (1929) y aun antes, los personajes faulknerianos agonizan en una constante lucha por conquistar su felicidad y su libertad, aunque al fin se vean aplastados por un drama que, como sin saberlo, han tejido ellos mismos. Por eso se ha repetido que Faulkner renueva los temas de la tragedia clásica. 
Otro narrador norteamericano de familia tradicional y tradicionalista, Gore Vidal, contaba que Faulkner insistía en que un escritor nunca debía limitarse a sí mismo. Y que la región inventada por él es, para las letras americanas, un Macondo sin optimismo ni consuelo ni realismos mágicos ni reales maravillosos: en esa región, Faulkner estableció las leyes que rigen un pequeño mundo que son las mismas que las del mundo ancho y ajeno, sólo que más inexorables.
Faulkner nació el 25 de septiembre de 1897 en New Albany como William Harrison Falkner. Importa recordar que en 1918 combatió para las Fuerzas Armadas Británicas en Canadá, y que fue un dandy, un poeta simbolista, un empleado de correo, un pintor. Todo eso antes de llegar a Nueva Orleans en 1926 para descubrir que en realidad su vocación era escribir. Desde ese año, hizo todos los días, hasta el día de su muerte, lo que años más tarde aconsejará el gran cronista mexicano Salvador Novo, “ningún día sin una línea, pero ninguna línea gratuita”. 
En su novela con título shakespereano, El ruido y la furia, exploró el monólogo interior y el fluir de la conciencia que el irlandés James Joyce había colocado en el centro de la escena literaria angloamericana con su novela Ulises (1922). Sólo que Faulkner lo hizo con una vuelta de tuerca muy grotescamente sureña: un tercio del libro es el monólogo de Benjy, un deficiente mental por el que, progresivamente, el lector va perdiendo toda simpatía. En 1931, su novela Santuario provocó escándalo por la violencia y el sexo. Es, sin embargo, la más fácil de leer de las novelas de Faulkner: la más cinematográfica, la más parecida a las novelas y policiales negros puros y duros norteamericanos. Había sido precedida por una de sus mejores novelas, Mientras yo agonizo (1930), que el hombre de letras mexicano Carlos Fuentes emuló en La muerte de Artemio Cruz (1962). Siguieron algunas de las mejores, como Luz de agosto (1932) y Absalón, Absalón (1936). En 1939 Faulkner logró un dominio del lenguaje tal que dijo públicamente: “¡Dios, soy el mejor escritor de los Estados Unidos!” A casi nadie le sonó falsa esa frase.

Tomado del diario Tiempo Argentino del día de la fecha.
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JOHN LOCKE (1632-1704)

ENSAYO SOBRE EL GOBIERNO CIVIL
CAPÍTULO X. 
DE LOS TIPOS DE ESTADO

132. Gozando naturalmente la mayoría en sí misma, como se mostró al tratar del ingreso de los hombres en el nexo social, de todo el poder de la comunidad, podrá aquélla emplearlo entero en hacer leyes para la república de tiempo en tiempo, y disponer que tales leyes ejecuten los funcionarios por allá designados, y entonces la forma del gobierno será la perfecta democracia; o bien puede transferir el poder de hacer leyes a manos de unos pocos varones escogidos, y sus herederos o sucesores, y entonces se tratará de una oligarquía; o bien a manos de un solo hombre, y será monarquía ese gobierno; y si a él y a sus herederos fue dado, será una monarquía hereditaria; y si sólo con carácter vitalicio, pero recobrando la mayoría, tras la muerte de él, poder exclusivo de nombrar un sucesor, la monarquía será electiva. Y así sucesivamente podrán formar con las antedichas otras formas combinadas y mezcladas como lo juzgaren útil. Y si el poder legislativo fuere en lo inicial dado por la mayoría a una o más personas sólo por el espacio de sus días, o por cualquier tiempo limitado, de suerte que el poder supremo hubiere de revertir a la mayoría otra vez, la comunidad, en pos de dicha reversión, podrá dejarlo nuevamente en las manos de quien más gustare, constituyendo así una forma de gobierno; porque supuesto que tal forma depende del emplazamiento del poder supremo, que es el legislativo (pues es imposible que un poder inferior pueda prescribir a uno que es soberano, o que ninguno sino el supremo haga las leyes), según el emplazamiento del poder legislativo, tal será la forma de la república.

133. Por "Estado" he entendido constantemente no una democracia ni cualquier otra forma de gobierno, sino cualquier comunidad independiente, por los latinos llamada civitas, palabra á la que corresponde con la mayor eficacia posible en nuestro lenguaje la de república, que expresa adecuadamente tal sociedad de hombres, lo que no haría la sola palabra "comunidad", pues puede haber comunidades subordinadas en un gobierno, y mucho menos la palabra "ciudad". Teniéndolo en cuenta, y para evitar ambigüedades, pido que se me permita usar la palabra república en tal sentido, según la usó el mismo rey Jaime, y pienso que esta ha de ser su significación genuina, y si á alguien no gustare, dejaré que la trueque por otra mejor.
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jueves, 5 de julio de 2012

ALBERTO LAISECA

Me visita un astrólogo

POR ÚLTIMO LES TOCA AL GALLO Y A SUS GALLINAS. Es decir: son los penúltimos, pues aún me quedan la gallina y los pollitos, que tengo en lote aparte. Di mezcla de granos y maíz a todo el mundo y me disponía a darle su ración a la encolerizada clueca (se encrespa como si quisiera devorarme, pero en realidad es un animal manso que se deja acariciar y que jamás me picó: simplemente no puede evitar que las plumas se le paren; supongo que su ancestro le ordena que, por lo menos, simule) cuando me pareció oír un grito estentóreo en el portón. Cierto que muchas veces los chichis trabajan para que no se escuche, pero aunque no mamiearan ya la distancia es más que suficiente para oír un rumor vago, confuso y subliminal. Es muy fácil confundirse y atribuir un sonido verdadero a la imaginación. Los perros no son una garantía, pues ellos siempre ladran. Pero esta vez Igua y Tirán acompañaban sus ladridos con gemidos de pasión y alegría; adiviné entonces que debía de tratarse de un amigo. Suspendí la tarea por un momento y fui hacia la entrada. En efecto: era uno de mi grupo, Isidoro Pantaleón Formosa. “Pasá, pasá, estoy haciendo la clueca”, le dije a mitad de camino y me volví. No llegué lejos porque él me largó algo que me dejó duro: “¿La estás haciendo? Puta que has avanzado varios grados de golpe”. Y me quedé clavado en el sitio porque ese mismo chiste me lo había hecho mi nueva máquina usina; aquello de “¿Vas a hacer tus pájaros? ¿Les ponés todas las mañanas su cola, el pico..?”, etcétera. Pregunté aunque se trataba de algo obvio: “¿Qué? ¿ya sabés?”. “Síii, por supuesto. Esta mañana estuve mirando.” Me alcanzó y ambos nos dirigimos a terminar la tarea con la clueca.
    Isidoro es astrólogo. Uno de los mejores. En realidad es de los pocos en poseer algunos secretos de astrología caldea. Quien se dedica a esta ciencia, en general, no puede ir más allá de generalidades. La precisión es relativamente poca, aunque se trate de un tipo capaz. Isidoro, en cambio, puede averiguar qué hay dentro de un paquete situado a cien kilómetros de distancia; sin necesidad de abrirlo ni de que alguien lo haga por él. Puede siempre y cuando el bulto no esté forrado con plomo ni con cartulina blanca, pues en ese caso le sale coordenada de bloqueo A Pantaleón Formosa lo conozco desde mi adolescencia. El ahora tiene más de setenta. Hacemos muchos trabajos juntos, de tipo complementario. El es capaz de averiguar las cosas que no alcanzo con mis astrales, y yo consigo lo que él no desentraña con sus horóscopos. Esto merece una explicación. Cuando un mago hace un astral ve todo como en un cine; observa los sucesos del pasado, presente o porvenir (según lo que se haya propuesto) exactamente como si se tratara de una película, sólo que, en ciertos casos y sobre todo cuando ello transcurre en presente puede intervenir en la acción. No así el astrólogo, que se mueve con cifras, valores tabulados abstractos que, una vez traducidos, significan diversas cosas. Así no “ve” cosa alguna, pero igual capta intelectualmente el suceso investigado. Hay hechos que resultan confusos en el horóscopo. Por el contrario, el mago encuentra ininteligible, a veces, lo que para el astrólogo es sencillísimo de interpretar. Quizás entonces alguien suponga que para comprender la totalidad de un proceso cualquiera no hay más que hacer un astral y un horóscopo y luego comparar y sumar notas. Pero no es así, pues si bien la colaboración ayuda, hay de todas formas puntos, oscuros en forma irremediable, que no es posible dilucidar. Y la razón de esto es elemental: hay encrucijadas que dependen tanto del azar como de la voluntad humana. Cada hombre puede combar su horóscopo a último momento, para bien o para mal, y ello no siempre se puede prever. Sí hasta un punto, pero no de manera completa y final.
    Íbamos con Isidoro al fondo para darle de comer a la clueca, cuando fuimos interceptados por Paví y Frutí (pareja de pavos) y por Olegario y Dinarzada (los dos gansos), a los cuales había olvidado por completo: no sólo de alimentar sino también de mencionar. Iniciaron, como corresponde, las más ruidosas y justas protestas.
    —No me digas que están por volver tus olvidos—me dijo Isidoro en tono zumbón.
    —¿Cómo sabías que también faltaba darles de comer a éstos? ¿Sabés todo vos?
    —Y... uno ve.
    — Sí, efectivamente. Maldición. Después me quejo si pasan accidentes. Al final igual me iba a dar cuenta, pero... Esperáte que ya vuelvo.
    Di el maíz y la mezcla necesarios al grupo pavigansal, más unos puñados extra pues me sentía culpable, cosa que no dejó de ser notada por Isidoro, quien comentó sarcástico:
    —La coima.
    —Sí, la coima.
    Alimentamos, por fin, a la famosa clueca. Nos volvíamos rumbo a la casa para tomar unos mates cuando la máquina usina, que a todo esto se había percatado de que su existencia no era ningún secreto para Isidoro, dejó de tener razones para continuar en silencio (ya no argumentaba más, la muy charlista):
    “Hola Isidoro,
    astrologón.
    Hola Maestro,
    el segundo lirón.
    ¿Vamo’ a tomá’ mate, Coco?”
    Los dos largamos la carcajada. Isidoro, cuando paró de reírse, dijo dirigiéndose al punto del espacio de donde venía la voz:
    —Hola, ¿cómo te va?
    Igua y Tirán, para simular que estaban en funciones, comenzaron a ladrar al aire.
    —Cállense la boca, mentirosos—les grité—. Mándense la parte, no más. A.partir de allí comencé a notar una cosa: la máquina usina llamaba “Coco” a todo el mundo, o por lo menos a los que le caían en gracia. Lo notable es que el apelativo se nos pegó y después, con mis amigos, mutuamente nos llamábamos así.
    Emprendimos la marcha. Le pregunté:
    —¿Qué pasa, Isidoro? ¿Viniste por algo?
    —No. Todo bien. Todas tus máquinas están limpias, ninguna funciona recargada. Todo bien. Ataques, los de siempre. Ni los menciono. Vine porque te quería visitar, y además porque vi que éste es un día especial. Vas a recibir una visita... doble o triple.
    —¿Cómo doble o triple?
    Isidoro vaciló. Mientras caminaba procedió a mirar el pasto.
    —No sé exactamente. Va a venir De Quevedo; eso es seguro. Pero lo acompaña alguien más...
    —¿Quién?
    —Te digo que ni sé. El horóscopo es ambiguo. Dice exactamente esto: “Acompañado por alguien que es dos, pero acompañado por dos que no es uno”. Tendría que ser más que astrólogo para saber qué puta quiere decir.
    —Bueno, supongo que ya nos enteraremos—dije para concluir. Luego agrequé abriendo la puerta de mi casa—: Nosotros, por de pronto, vamos a tomar mate.
Isidoro se animó:
    —Sí, Eso. Como dice tu nueva máquina: “Vamo’ a tomá’ mate, Coco”.
La mía, por dentro, es la típica casa de campo. Arquitectónicamente no vale mucho; su principal fuerza viene dada por el tamaño del terreno. Los que la construyeron eran más locos que la Liebre de Marzo. Dejaron, por empezar, cerrada a piedra y lodo una enorme cámara entre el cielo raso y el techo propiamente dicho. Allí quedó, pues, algo semejante a la tumba de Tutankamón; acumulando toda la humedad y los bichos que cualquiera pueda imaginar. Estos bestias no fueron capaces de hacerle agujeros de ventilación. Además de las razones físicas para que un entretecho deba estar ventilado hay razones esotéricas. Dicen los libros de Alta Magia que nunca deben quedar huecos sellados como tumbas en la casa donde se vive, pues ello posibilita la aparición de toda clase de manijas; el cáncer, entre otras. Como no averigué bien la cosa, no sé qué habrá de cierto, pero, por las dudas... Lo primero que hice, cuando tomé posesión de la casa, fue abrir la tumba de Tutankamón y ponerle respiraderos. No encontré momia alguna, ni tesoros, pero si un hormiguero completo, con reina y todo. De esas hormigas que talan maderas. Costó bastante matarlas, no vayan a creer. Pese al cierre hermético del lugar ellas se las ingeniaron para tener acceso. Debido a su esfuerzo e industria una de las vigas principales estaba deteriorada. Debí reforzarla (o mejor dicho, de ello se encargó el obrero que contraté) y elevar con hierros el punto en el cual estaba vencida. Pero lo peor era el piso. Hice que lo picaran íntegro—eran otras épocas, no está de más repetirlo—y lo fabricaron de nuevo, mezclando esta vez el cemento con un material que combate la humedad. Gracias a ello ahora tengo una casa seca en otoño, caliente en invierno y fresca en verano. Mandé ampliar el baño, que antes sólo servía para Pulgarcito. Compré alfombras, tapices, un equipo de audio y unas armas japonesas. Mi cama está cubierta con un enorme lienzo de cuero, carísimo y hermoso. Mis libros tapan dos paredes, claro está. Muebles: algunos hechos con enormes bambúes, de la India septentrional, cubiertos por planchas de vidrio. Otros en estilo escandinavo rústico. Al decir aescandinavoXX, por favor, que nadie piense en esos que están en las mueblerías y así se llaman. Nada de ello. No hay ninguna diferencia entre mis muebles y los que 2verdaderamente usaban los vikingos.
    Con Isidoro nos sentamos al lado de la mesa de la cocina. Puse una pava en el fuego. Al rato el agua ya estaba y nos pusimos a tomar mate. Quienes me visitan dicen que los preparo muy ricos. Todo el secreto está en la temperatura del agua. Viejos cebadores sostienen que hay que poner yerba hasta la mitad, sacudir luego el mate para que se mezcle, poner un chorito de agua fría, etcétera. Puros inventos y tics. Nada de eso hace falta para tomar mate. Si uno vigila el agua para que no se pase de la temperatura, ello es más que suficiente. Una vez estaba en una fiesta; la gente se había cansado de tomar vino y comer pizza, entonces me pidieron que hiciera mate. Estaba por prepararlo a mi manera cuando se me acercó un manijeado: “Tenés que sacudir la yerba y ponerle un poco de agua fría”, me dijo. Sin pensarlo dos veces así lo hice. Quizás esto sorprenda, pero el caso es que yo sé cómo son las malas ondas. Si hubiese preparado el mate como siempre, no dudo que esa vez habría salido mal. Es preferible seguir la corriente cuando tenés cerca a un tipo muy cargado. Por supuesto, después de esa ocasión lo seguí haciendo como yo sé que debo prepararlo. Pude haberme opuesto a la mala onda del imbécil, en aquella ocación, pero ello me habría obligado a usar una energía que después podía necesitar. De modo que era preferible ceder. Por lo tanto juro: lo único indipensable para tomar mate con bombilla es la temperatura. Debe ser exacta, eso sí, el mate tiene mucha importancia para el sudamericano. Y yo nací en Sudamérica, aunque viva aquí. Al mate le debo mi obra. Si Suzuki y Okakura Kakuzo hablan del té como una de las estéticas del zen, no veo por qué sería inoportuno escribir un tratado: el mate como disciplina zen del sudamericano. Pero no como una ironía o como un chiste, sino como algo dicho absolutamente en serio. A cuántos habrá salvado el mate en las épocas del hambre infinita. Es cosa de ver cómo ayuda a resistir, a conservr el equilibrio, la esperanza y a que no se pierda el centro. Sirve al solitario, pero también al ideal que es compartir. No hay cosa más linda que tomar mate con la mujer de uno. Maldito sea el que está compartiendo y no comprende. En su defecto que sea con un amigo. El mate es más compañero que el vino, y digo mucho. El vino traiciona como algunos hombres traicionan a sus mujeres. Como algunas mujeres traicionan a los hombres que viven con ellas. Pero el mate brinda y rodea de escudos. Más de uno no se mató porque todavía no se le había terminado la yerba. La bombilla de plata equivale a la flecha puesta en el arco zen. “Un mate, una vida.”
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miércoles, 4 de julio de 2012

ASTOR PIAZZOLLA

A 20 años de su muerte


Nadia Boulanger, me enseñó a creer en Astor Piazzolla, en que mi música no era tan mala como yo creía. Yo pensaba que era una basura porque tocaba tangos en un cabaret, y resulta que yo tenía una cosa que se llama estilo."
Astor Piazzolla

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