viernes, 26 de octubre de 2012

GÜNTER GRASS

KAFKA Y SUS EJECUTANTES

—JUZGA tú mismo —dijo Olga—, la cosa parece muy sencilla y al principio no se comprende cómo puede tener una gran importancia. En El Castillo hay un funcionario muy importante que se llama Sortini.
 —Me han hablado ya de él —dijo K.—, fue uno de los que intervinieron en el asunto de mi llamada.
 —No lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas se muestra en público. ¿No le confundirás con Sordini, escrito con "d"?
 —Tienes razón —dijo K. —, era Sordini.
 —Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más diligentes, del que se habla mucho; Sortini, en cambio, es muy retraído y no trata con casi nadie. Hace más de tres años que lo vi por primera y última vez. Fue el tres de julio, con motivo de una fiesta del servicio de incendios, El Castillo participaba también y había comprado una bomba nueva. Sortini, que se tenía que ocupar en parte de los asuntos de los bomberos (o que quizás ostentase la representación de otro, porque los funcionarios se representan unos a otros, con lo que es muy difícil saber de qué se ocupa uno u otro de los funcionarios), participaba en la entrega de la bomba; naturalmente habían acudido además otras personas del Castillo, funcionarios y criados, y Sortini estaba, como correspondía a su carácter, totalmente apartado, al fondo...

Esta cita de la novela El Castillo de Franz Kafka, la cual empezó a escribir en 1922 y dejó incompleta, lo mismo que Amerika y El proceso, pretende servir de introducción a algunas reflexiones en torno al décimo aniversario de la ocupación de Checoslovaquia, como modelo del carácter "kafkiano" de la burocracia y punto de partida literario. Puesto que no escasean los análisis políticos de los sucesos que condujeron al 21 de agosto de 1968, quiero derivar de esta visión de Kafka sobre la administración total algunas preguntas acerca de las estructuras a que las sociedades del Este y del Oeste, dejando aparte su poderío militar, económico e ideológico, están más que nunca sometidas.
 ¿En qué forma prosigue la actividad de Sortini y de Sordini? ¿Qué persona o qué agente inevitable encubre sus competencias? ¿En qué se basan las atribuciones para todo y nada? ¿Cuál es la relación recíproca entre el aumento o el descenso de la burocracia y la corrupción? ¿En qué momento los aparatos administrativos comienzan a volverse inmateriales y parabólicos, en el sentido establecido por Kafka?
 No es posible dar una respuesta unívoca a estas preguntas, pues la naturaleza de la burocracia, incluso en el ámbito insignificante de la antesala, es ambigua: aproximarse al Castillo significa perder de vista sus contornos. No importa la ideología que acompañe: en la expansión del poder por múltiples y aparentemente confusas vías administrativas radica su ubicuidad, la cual ya no posee el anticuado estilo imperial y real que conociera el escritor Kafka, sino que tiene una vigencia actual y perspectivas para el futuro, es decir, está provista de tecnologías modernas, si bien conserva el carácter anónimo que a lo sumo permita vacilar entre Sortini y Sordini. Sigue dominando a la sociedad humana, a la cual sabe clasificar y afirma salvaguardar; hace valer su control sobre el individuo —sea éste funcionario o ciudadano— o lo enreda en infracciones, en nombre de ciertas leyes tanto con aire antiguo como alteradas.
 La burocracia es la única organización internacional colocada por encima de las potencias ideológicas que en todo el mundo defienden su pretensión a ser los dueños únicos de la verdad, que con base en ella se excluyen mutuamente y a menudo se enfrascan en luchas hasta la destrucción total. Se considera omnipotente. Sola se certifica. Después de cualquier cambio en el sistema ideológico continúa trabajando, casi sin trastornos, porque sabe integrarse en los respectivos sistemas nuevos, sin atender a consideraciones de valores. Nada es capaz de sustituirla. Aun durante los tiempos de máxima agitación política, en medio del caos revolucionario, confiará en su propia legalidad: sobrevive e incluso guarda su olor.
 Tal calidad convence. Cuando todo se hace pedazos, hay una gran demanda de estabilidad. ¿Qué sabríamos sobre nosotros mismos y sobre los demás si no perdurasen (como perpetuas rendiciones de cuentas) la cédula de identidad, el Cuestionario, el legajo personal, el expediente? Nada saldría a la luz, de no ser por estas secreciones de papel de la existencia humana, llamadas documentos.
 Sin la intervención de la burocracia, que todo lo conserva, no se hubiera logrado, por ejemplo, hacer reconocible, hasta un grado excesivo de claridad, el retrato del juez de la marina y posterior presidente del Consejo de Ministros, Hans Filbinger. Espanta el hecho de deber tanto conocimiento a la burocracia. La circunstancia de que Filbinger, dedicado a hacer averiguaciones sobre otros, se haya convertido él mismo en una víctima de este método, no mitiga la naturaleza problemática del asunto, sino muestra que el disimulo partidista y aún más la piedad son ajenos a la esencia burocrática. Ni rango ni nombre hacen mella en su memoria. Si Filbinger se llamara Fildinger y admitiera una confusión parecida a la de los funcionarios del Castillo de Kafka, Sortini y Sordini, Fildinger, que no ascendió a presidente del Consejo de Ministros sino siguió ejerciendo con éxito su carrera de abogado, no tendría nada qué temer, aunque el conocimiento que por medio de la burocracia pudiera adquirirse acerca de él fuese más aterrador todavía que la revelación que nos espantara con respecto a Filbinger. Sólo se constituyó en un caso importante por haber sido presidente del Consejo de Ministros.
 Sin tener en cuenta la autoridad de su cargo y la sensibilidad que muestra la democracia hacia los dignatarios elevados, tanto Filbinger como Fildinger supo llevar a cabo sin contratiempos el cambio de la estructura de poder bajo el imperio pangermanista del nacionalsocialismo a la República Federal de Alemania: comprometido siempre con la ley, se ocupó con la complicación de conocimientos sobre otros. Aunque Filbinger ya no tenga permiso para ello, Fildinger no deja de trabajar con diligencia.
 En este sentido, Sortini y Sordini se han mantenido fieles a sí mismos: en coordinación con distintos servicios de reconocimiento, cumplían y cumplen con su deber. Se reconocen por la posibilidad de confundirlos.
 Pueden ser intercambiados mutuamente. Son idénticos sólo a aquellos procesos de papel, legalmente asegurados en todo momento y que entretanto se antojan eternos, que representan la esencia de la burocracia, pero nunca a adjudicaciones ideológicas que se dejen evocar y de las que se pueda abjurar.
 Después de la caída del aparato de poder fascista, y pese a las reformas democráticas esforzadas, por regla general, el carácter de la administración que sobrevivió al sistema no fue dañado en su sustancia y retuvo fuerza suficiente para vencer, con la ayuda de un vigoroso alimento, como por ejemplo el llamado decreto de radicales, todas las barreras erigidas por las reformas, volviendo a desplegar su actividad en una forma desmedidamente libre de valores, es decir, bastándose a sí misma. De igual manera se conservó la sustancia de la administración en el país que brindara sus realidades gráficas al escritor Franz Kafka: pese a las confusas peripecias ideológicas ocurridas desde los remotos tiempos imperialistas y monárquicos hasta la actualidad del comunismo real, El Castillo de la novela del mismo nombre ha podido guardar, como metáfora, su multiplicidad de significados, ha rechazado y desgastado a miles de agrimensores lo mismo que a los buscadores de la verdad. Ha penetrado, incluso, en todas las dimensiones. Más alto, más ancho, provisto de diversos sótanos nuevos, El Castillo por fin descansa también sobre un fundamento ideológico.
 Desde que el comunismo de cuño leninista-estalinista impusiera la burocracia de partido a la burocracia general consagrada por el uso, para decirlo de alguna manera, y desde que logró reunir a todos los órganos detrás de una sola voluntad, el poder anónimo de la burocracia engloba totalmente al ser humano individual.
 En la novela El proceso de Kafka, el acusado Josef K. no averigua nunca de qué se le acusa ni quién lo condena. El agrimensor K. traba, ciertamente, conocimiento con algunos señores del Castillo y funcionarios de nivel medio, en parte debido a su tenacidad y en parte por conducto de las mujeres a las que usa astutamente, pero no avanza hasta El Castillo, hasta la estructura interna del poder que lo envuelve también a él. El agrimensor K. se embrolla en acciones y episodios. A menudo parece haber olvidado las razones de sus esfuerzos. Se hace culpable. Se desgasta. Se agota con las tramitaciones oficiales.
 Dicha pasión existe desde hace décadas como literatura y se cuenta entre los clásicos modernos. Asimismo, el modelo utópico que el autor nos legó, una visión tan precisa como significativa, fue alcanzado y se ha vuelto realidad en todas las naciones totalitarias, en todos los lugares donde coinciden el poder y la administración. Una de ellas es su tierra de origen. La República Socialista de Checoslovaquia ha salvado sin perjuicio la estructura de poder de su burocracia partidista, pese al vehemente intento de reforma de la "primavera de Praga". Es cierto que la ocupación de Checoslovaquia fijó hace diez años una fecha de poderío político, pero los motores de los tanques de las potencias de la ocupación habían sido encendidos desde mucho tiempo antes. A principios de la década de 1960 surgieron las fuerzas y las contrafuerzas. Un suceso periférico servirá para reflejar esa ostentación de poder. Resulta más adecuado que las conocidas acciones del Estado para poner al descubierto las causas del persistente conflicto. Entre otras cosas, se habló también del agrimensor K.
 El 27 y 28 de mayo de 1963 un grupo de letrados, filósofos y escritores se reunió en El castillo Liblice de Bohemia para hablar sobre un autor cuyos libros hasta entonces habían sido desacreditados, si no es que tabús, y cuya edición como obras completas hasta la fecha ha resultado imposible en las naciones del bloque oriental. Al dar por sentado que desde el 20° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética no sólo había cobrado importancia la tesis política de la coexistencia sino que también se permitía, dentro de ciertos límites, la crítica al estalinismo, principalmente bajo el lema de "La pasada fase del culto a la personalidad", es posible concebir la conferencia sobre Kafka llevada a cabo en El castillo Liblice como una temprana señal de la primavera de Praga.
 Los participantes en dicha conferencia se consideraban, sin excepción, como marxistas. Todas las ponencias, 27 en total, expedían al escritor Franz Kranz el certificado más o menos franco, en algunos casos vergonzante y sujeto a restricciones, a menudo rimbombante pero fiel, en términos generales, a la doctrina del marxismo, de haber sido, pese a su concepto pesimista de la vida, un escritor humanístico y de formar parte, por lo tanto, del patrimonio humanístico comunista. Fue calificado de progresista.
 Si bien actualmente estos dictámenes parecen ridículos, en ese entonces fueron muy necesarios: sólo esa muletilla admitía discutir a Kafka. Presentárase con convicción o guiñando el ojo, el testimonio de que el escritor hasta entonces proscrito o callado fuese un humanista despejó el camino para reflexiones ulteriores.
 A manera de resumen, más tarde se hizo la siguiente declaración:
 La conferencia se esforzó por lograr una aclaración ideológica de los problemas literarios relacionados con la obra de Kafka. Algunas ponencias plantearon asimismo, naturalmente, preguntas referentes a la política cultural de ciertos países, sobre todo la cuestión de si deberían editarse las obras de Kafka. El intercambio de opiniones fue provechoso también a este respecto, aunque la conferencia desde luego no gozaba de la autoridad como para participar en la solución de estos asuntos, ni podía tenerla.
 El posterior destino de algunos asistentes a la conferencia pone de manifiesto las conmociones que han afectado al comunismo desde entonces. El presidente de la misma, Eduard Goldstücker, lo fue también de la asociación checoslovaca de escritores durante el efímero periodo de Dubcek; actualmente vive como emigrado en Inglaterra. El austríaco Ernst Fischer fue expulsado del Partido Comunista de su país por protestar contra la ocupación de Checoslovaquia. Roger Garaudy tuvo que abandonar el Partido Comunista de Francia por decisión de su Comité Central.
 Para finalizar su intervención, Garaudy cita un diálogo entre Kafka y Gustav Janouch, amigo de éste, sobre Picasso. Con motivo de la primera exposición cubista en Praga, el amigo dice: "Es un deformador petulante." Y Kafka replica: "No lo creo. Sólo hace constar las desfiguraciones que aún no penetran en nuestra conciencia: el arte es un espejo que 'se adelanta' como un reloj... a veces."
 La comparación entre Picasso y Kafka no tuvo eco en las otras ponencias. Ninguno de los participantes deseaba ir tan lejos. Fueron más frecuentes los intentos de demostrar una temprana relación del joven Kafka con el socialismo. Una y otra vez se aseveró que Kafka había logrado, especialmente, revelar la enajenación del ser humano dentro del sistema capitalista. La crítica burguesa del oeste fue censurada por mistificar a Kafka y suprimir su posición crítica ante la sociedad.
 A esto, el filósofo polaco Román Karst respondió en la siguiente forma:
 "...la crítica burguesa ha sido acusada de falsear el sentido de la obra de Kafka; es más, incluso se afirma la necesidad de defender a Kafka contra ella. Tales asertos olvidan, sin embargo, que durante muchos años después de la última Guerra Mundial no escribimos una sola palabra sobre Kafka, sino que lo callamos. Muchos nos han exhortado a leer de manera racional a Kafka; pero ¿es posible siquiera leer racionalmente a un novelista? En mi opinión debe ser leído y, sobre todo, impreso.
 Ernst Fischer, por su parte, pidió una aplicación práctica al socialismo:
 Kafka es un novelista que nos atañe a todos. La enajenación del ser humano, pintada por él con máxima intensidad, alcanza dimensiones monstruosas en el mundo capitalista. Sin embargo, el mundo socialista no la ha superado tampoco, de ningún modo. Vencerla paso a paso, mediante la lucha contra el dogmatismo y el burocratismo, en nombre de la democracia, la iniciativa y la responsabilidad socialistas, constituye un proceso que tomará mucho tiempo y representa un enorme cometido. La lectura de obras como El proceso y El Castillo es indicada para contribuir a la solución de dicha labor. El lector socialista hallará en ellas algunos trazos de su propia problemática y el funcionario socialista se verá obligado a presentar argumentos mejor documentados y diferenciados con respecto a muchas cuestiones.
 El publicista y traductor Alexej Kusák, de Praga, se adelantó un paso más:
 Sobre todo el hecho de que Kafka sea también el narrador de nuestras absurdidades, de que las situaciones kafkianas sirvan como modelo de ciertas circunstancias que en los países socialistas conocemos desde la época del culto a la personalidad, habla en favor de Kafka y de su capacidad genial para tipificar, o sea, de su método artístico, el cual lo puso en condiciones de reconocer que determinado grado de opacidad en las relaciones sociales y el absolutismo del poder institucional engendran, día con día, situaciones absurdas en las que inocentes son acusados de crímenes que no cometen...
 Otras colaboraciones llegaron al extremo de comparar al siempre activo, insistente y ambicioso agrimensor K. de la novela del Castillo, que a veces llega incluso a las manos, con el pasivo, huidizo y evasivo Josef K. de El proceso, equiparación que adjudica al agrimensor un papel de precursor o revolucionario. Goldstücker sugiere que en el agrimensor se vea al repartidor de tierras. Con razón se levantaron protestas contra este intento de sacar provecho de Kafka, para el uso doméstico del comunismo, no sólo como humanista sino también como revolucionario. Franz Kafka no se deja asignar a ninguna ideología; previo la evolución de todas las corrientes ideológicas de sus tiempos.
 En su biografía de Kafka, Heinz Politzer cita un acontecimiento del año 1920 incluido en las Gespräche mit Kafka [Conversaciones con Kafka] de Gustav Janouch. Los interlocutores se topan con un grupo de obreros que, cargados de banderas y estandartes, salen de una asamblea. Kafka dice: "Esa gente tiene tanto aplomo, seguridad de sí y buen ánimo. Domina la calle y por consiguiente cree dominar al mundo. En realidad se equivoca. Detrás de ellos ya están los secretarios, los funcionarios, los políticos, todos los sultanes modernos para los que preparan el camino al poder. Y cuando Janouch pregunta, a continuación, si Kafka no cree que vaya a difundirse la Revolución rusa, éste contesta: "Cuanto más se extiende una inundación, menos profunda y más turbia se vuelve el agua. La revolución se evapora y sólo queda el fango de una nueva burocracia. Las ataduras de la humanidad vejada son de papel oficio."
 Alguien que habla así no sacará ningún mito progresista del apremiante proceso de la historia, sino que la sufre. El concepto que Kafka tuvo del mundo era ca-tastrofista. De ello también se habló, en forma contradictoria, durante la conferencia del castillo Liblice. Al fin y al cabo, se trataba de preparar una nueva fase histórica después del pretendido término del estalinismo: dentro de un "comunismo humano", tal como aspiraban a él los reformadores checoslovacos de la "primavera de Praga", también Kafka, interpretado de una o de otra manera, debía ser posible.
 Ya es un lugar común denominar "kafkiano" al mundo de los trámites administrativos, a la reducción de la existencia humana a un expediente de actas y al despliegue de la burocracia y la corrupción. El cuadro exacto de la jerarquía burocrática y el contraste, que una y otra vez adquiere trazas de metáfora, entre el celo burocrático y una negligencia dedicada sólo a alborotar el polvo de las actas, ese mundo constituido totalmente de papel y construido de palabras que cobra realidad para el lector mediante la novela de Kafka El Castillo, admite la comparación con una realidad ajena a la literatura. No obstante, al mismo tiempo la obra de Kafka se reduce si en su conjunto es limitada a esta única interpretación, según la cual el agrimensor K. lucha contra un mal doble: la burocracia y la corrupción. Cor fundamentos igualmente justificados es posible interpretar la actividad del agrimensor como una búsqueda de Dios y de la verdad. El Castillo, que en su impenetrabilidad permanece inalcanzable, puede ser entendido como metáfora del concepto teológico de la misericordia. Asimismo, de la novela El proceso el lector pudiera derivar, pese a que el libro recrea el aparato triturador de la justicia terrena hasta en sus más terribles detalles, una divina instancia suprema. Al agrimensor K. le han sido atribuidos rasgos fáusticos. Y si se subordinara la obra de Kafka al concepto "laberíntico", sería posible respaldarlo en forma concluyente con los términos de la mística judía. El gran número de interpretaciones posibles, incluso las extravagantes, sólo pone en evidencia que las obras literarias —como toda obra artística— poseen y deben poseer significados múltiples, porque no obedecen a los ritos de la lógica sino a las leyes de la estética.
 El afán de la interpretación única, correcta y de valor universal, se debe, la mayoría de las veces, a exigencias ideológicas o morales. En todos los lugares donde hay una sola forma de existir, con todo y una doctrina y moral de la verdad, surge también la pobre urgencia de una única interpretación cierta de las obras artísticas. (Allí, el arte es la vaca que se ordeña. Y lo que produce, aunque tenga un sabor amargo, debe corresponder a la idea común de la leche.)
 Por lo tanto, mi intento de interpretar la novela El Castillo de Franz Kafka, de manera particular en relación con la burocracia total, sólo se refiere a un aspecto parcial en la obra de este escritor. El hecho de que dicho aspecto parcial puede documentarse queda comprobado no sólo por el desarrollo de la trama, saturada de detalles, sino también por la retoñada realidad de nuestro mundo actual, que diariamente vuelve a ganarse como calificativo el lugar común "kafkiano".
 Puesto que las burocracias del este y del oeste se igualan cada vez más, su pretensión total de dominio sobre el ser humano, como un ser definido mediante las actas, es expresada en una forma tan ubicua (y como fuera de todo control terreno) que les corresponde esa dimensión difusa, hasta trascendente, que no obstante puede denominarse divina y kafkiana.
 Pretendo afirmar que el orden fragmentario creado por Franz Kafka con recursos literarios, como la metáfora del Castillo, tuvo un carácter visionario, en cuanto a su significado burocrático trivial así como al teológico, en el momento de ser plasmado por escrito; ahora se ha transformado en una realidad ajena a la literatura. La visión fue alcanzada; la utopía, superada. En Praga y en nuestra propia casa, Kafka ha encontrado a sus ejecutantes.
 En todo el mundo se propagan las excrecencias burocráticas cuyo despotismo no sólo se sustrae al control democrático procurado aquí y allá, sino que también se cierra a toda razón sensata de ser. En su absurdidad, la burocracia de nuestros días se aproxima a Dios. Aunque fabricada y manejada por seres humanos, es superior a éstos en su funcionamiento espontáneo; y es sólo ahora, cerca de alcanzar la perfección, que muestra su modelo sobrehumano, que el autor Kafka debió representarse como algo real.
 Parece que la burocracia de nuestros tiempos ya no pertenece en suficiente grado a este mundo como para ser eliminada mediante reformas administrativas o, mucho menos, con un cataclismo revolucionario. Ya hubo intenciones semejantes. ¡Mayor cercanía al ciudadano! ¡Atreverse a una mayor democracia!, rezaban las consignas. Miles se levantaron en protesta para emprender la "marcha a través de las instituciones". ¿Dónde quedaron? ¿En qué oficinas empezaron a confundirse entre sí, como Sortini y Sordini?
 A más tardar desde la reciente ampliación de la potencia burocrática general por medio de la tecnología nos hemos percatado del peligro inherente a los todopoderosos aparatos, como conceptos objetivados de Dios. Ya no nos enfrentamos a inconveniencias burocráticas que con todo pudieran mitigarse, sino con el destino correctamente impuesto. Así, debemos someternos: en Praga o en nuestra propia casa. Así, nos atrevemos, en Praga o aquí, a protestar contra ese poder universal. Al igual que el agrimensor K., tratamos de descifrar la jerarquía de la administración del Castillo, de obtener la famosa "admisión", de entrar al Castillo... aunque sólo lo logremos por medio de sobornos.
 El Castillo se muestra benévolo con nosotros. Así como al agrimensor K. fueron asignados los llamados ayudantes, Jeremías y Arthur, a nosotros también nos conceden espías, en forma de micrófonos ocultos o la clásica pareja. Nos ayudan, son nuestros ángeles de la guarda. Se encargan de que no erremos en un sentido más elevado. Presienten nuestras acciones. Se alimentan con más datos referentes a nosotros de los que pudiéramos retener, en vista de la falta mortal de memoria que padecemos. Son una de las demostraciones divinas de benevolencia ofrecidas por la burocracia universal, con implicaciones vulgares y realistas y, a la vez, trascendentes.
 Puesto que los secretarios y los señores del Castillo de Kafka se quejan, como nuestros funcionarios de nivel inferior, medio y alto, de la carga y la responsabilidad que implica su deber burocrático —de la misma manera como el ciudadano afectado se queja de la protección y la pesada benevolencia de la burocracia— y, además, porque los funcionarios con deseos reformadores se empeñan, por iniciativa propia o a petición de los ciudadanos administrados, en reducir el tiempo de circulación de las actas, en fortalecer la jurisdicción administrativa a manera de contraburocracia, en humanizar los despachos oficiales con la ayuda de plantas de interior, en volver, de manera democrática, más transparente la actividad de los espías y en proteger nuestros datos, una vez recogidos, contra nosotros mismos y otros, es posible afirmar, con razón y sin admitir excepciones, que todos —los señores del Castillo y el agrimensor K., nuestros funcionarios medios y altos y los ciudadanos afectados—, todos los involucrados son trabajadores en la viña del Señor.
 Pues así quiere la burocracia, en Praga y en nuestra propia casa, que se le conciba. Aunque no podamos abarcar todo el conjunto —sea éste el que fuera: El Castillo o la viña o el Estado, con sus pretensiones absolutas—, formamos parte de él y se nos considera imprescindibles mientras sigamos trabajando en la viña del Señor. Debemos labrar y se nos permite quejarnos. Tenemos que guardar conciencia de nuestras relativas limitaciones; no todo el mundo puede saber y mucho menos hacerlo todo. Incluso desde una posición elevada, el conjunto a menudo resulta incomprensible. De ahí que ciertos encumbrados señores, de los que uno supondría que son poderosos y tienen todo bajo control, hayan sido capaces, últimamente, de hacer ademanes de impotencia.
 Hace poco, por ejemplo, se oyó al presidente del Consejo de Estado, Erich Honecker, exhortar a la burocracia de la otra nación alemana a ser, por Marx y Engels —y por el hombre socialista—, menos burocrática. Por supuesto, dicha exhortación quedó sin respuesta. Pese a la multiplicidad de sus formas, la burocracia no tiene boca.
 Y aquí, entre nosotros, el canciller y sus ministros se quejan elocuentemente de una impotencia que, si bien no puede compararse con aquélla, sí se le asemeja. Encuentran lamentable el hecho de ya no reconocer, simplemente, sus proyectos de canciller o de ministros, una vez que éstos son introducidos en la burocracia ministerial y devueltos nuevamente a ellos después del debido tiempo de circulación. Es cierto que la maquinaria aún funciona sin contratiempos, es más, con menos contratiempos que nunca antes, pero ya no de una manera conforme a sus instrucciones.
 Leemos, por ejemplo: en el fondo, el llamado decreto de radicales es nulo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la burocracia no quiere reconocer esta declaración de nulidad hecha por el poder gubernamental. En cambio, redobla los esfuerzos por realizar, hasta en sus últimas consecuencias, un decreto lanzado hace años, condicionado desde entonces en varias ocasiones y, finalmente, casi abolido. Salta a la vista que la burocracia se ha independizado. Hay que admitirlo, lamentablemente, por mucho que se aprecie la eficiencia de nuestros funcionarios.
 De esta manera, se habría identificado al culpable, si fuese posible dirigirle la palabra. Los poderosos se zafan del asunto: la burocracia tiene la culpa. Es la que convierte las leyes progresistas en su opuesto reaccionario. Constituye un Estado dentro del Estado. ¿No sería, pues, razonable y provechoso que el Estado constitucional introdujera al mayor número posible de radicales en el servicio público, a fin de acabar con ese Estado dentro del Estado?
 Hace diez años la gente estaba decidida, en Praga y en nuestra propia casa, a tomar por asalto los castillos burocráticos y vencer al Estado dentro del Estado. Recuérdese que la primavera de Praga tuvo su efímera correspondencia entre nosotros, en forma de la protesta estudiantil. En todas partes: París, Varsovia, Berlín, Praga, la "imaginación [aspiraba] al poder", se invocaba el "principio de la esperanza". No obstante, sólo en Praga la cosa no quedó en la protesta.
 A los pocos años de la conferencia literaria efectuada sobre Kafka en El castillo Liblice, primer impulso de una evolución trascendente, la primavera de Praga empezó a adquirir peso político. Coincidió con esa época mi primer viaje a Checoslovaquia, seguido por muchas visitas hasta el año siguiente a la ocupación. Más o menos por el mismo periodo también tuvo comienzo mi correspondencia abierta con el escritor checo Pavel Kohout, la cual fue publicada primero, bajo el título general "Cartas a través de la frontera", en el semanario Die Zeit y luego en el periódico Student de Praga.
 Era insólito el simple hecho de que un escritor comunista y otro socialdemócrata se tomasen la libertad, que debía ser natural, de entablar una discusión crítica y autocrítica en forma epistolar, teniendo como fondo político la era posestalinista de Novotny en Checoslovaquia y el paralizador desconcierto del Partido Socialdemócrata de Alemania dentro de la Gran Coalición que regía en ese entonces; refutaba la triste experiencia histórica que había hecho de comunistas y socialdemócra-tas enemigos a muerte. Por escépticas que fuesen las actitudes de Kohout y mías ante nuestras propias posiciones políticas y las del otro, las cartas no estaban desprovistas de esperanza: Kohout creía al comunismo susceptible de reformas; yo confiaba en la capacidad de los socialdemócratas para realizar profundas transformaciones y en una síntesis entre la democracia y el socialismo. Ambos opinábamos que dicha síntesis tenía futuro.
 Cuando se obligó a Novotny a renunciar, y con el comienzo de una nueva era bajo Alexander Dubcek, parecía que en Checoslovaquia, el único país comunista  con una tradición democrática, podría moverse la montaña y nuestras esperanzas hacerse realidad. Durante unos pocos meses se puso de manifiesto, en la vida cotidiana de Checoslovaquia, que la democracia y el socialismo se motivan solidariamente. Al parecer se habían sacudido el yugo de la burocracia ubicua del Partido. Todo el mundo hablaba abiertamente y ensayaba su libre expresión como un lujo desacostumbrado, la lucía en público y por ello creía haberse librado de los espías de siempre, condenándolos al desempleo. Con orgullo, si bien con un poco de incredulidad y asombro todavía, era demostrado recíprocamente que la libertad de opiniones y el comunismo no tienen que ser mutuamente excluyentes. Ya se conjeturaba que las otras naciones comunistas habrían reconocido la utilidad que una reforma de esta naturaleza pudiera tener también para ellas, cuando el comunismo propagado por los tanques de la Unión Soviética llegó a poner fin a este gran ensayo fundado en la teoría y, no obstante, espontáneo.
 Para formularlo con mayor precisión: dentro de la esfera del poder soviético el intento de rajar la estructura leninista-estalinista del comunismo dogmático y también, por lo tanto, la dictadura ejercida por la burocracia del Partido, fue reprimido violentamente; en el oeste, sin embargo, el impulso emanado de Praga sigue vigente hasta la fecha. Sin él, los partidos comunistas de la Europa Occidental se hubiesen desarrollado de manera menos concreta, con mayores diferencias en su relación recíproca, y no se hubieran desprendido de la influencia soviética. La manifestación y el fracaso del socialismo democrático en Checoslovaquia volvieron a poner delante de los ojos de los partidos socialistas y socialdemócratas de la Europa Occidental sus propias demandas, les fijaron una escala. Sólo la "nueva izquierda" —residuo de las protestas estudiantiles— se interesaba aún en la teoría y se desintegró en grupos y sectas; vana fue para ella la lección de Praga.
 No obstante, opino que todos los análisis de esos acontecimientos, desde los cuales han transcurrido, entretanto, diez años, seguirán siendo insuficientes si se limitan a buscar las causas de aquéllos en la esfera militar, económica e ideológica. Baso la conclusión de que Kafka ha hallado a sus ejecutantes en el incremento de poder de la burocracia. En forma anónima, tal como corresponde a su naturaleza, sobrevivió al cambio político en Checoslovaquia, de Novotny a Dubcek y de Dubcek a Husak. Inmediatamente, entró otra vez en funcionamiento. Es probable que ni siquiera haya suspendido su actividad durante el interludio democrático. En todo caso, se habrá permitido, como siempre le será posible, dejar la marcha en vacío, confiando en la imposibilidad de ser sustituida. Se traspasa, es independiente de la moda. La demanda perpetua de seguridad que tenemos los seres humanos alimenta sus órganos. Cada nueva ley —por bienintencionado que sea su deseo de simplificar las disposiciones de seguridad vigentes hasta ese momento— engendra nuevos departamentos administrativos que, después de fusionar las secciones nuevas con las más antiguas, se multiplican sin fin mediante la derivación de divisiones subordinadas y diarias pruebas de su utilidad.
 La seguridad social que necesita el ser humano, la cual a menudo ha ingresado al plano legal sólo después de décadas enteras de luchas políticas, exige organización, aparatos que funcionen y una operación regular, libre de valores ideológicos, para garantizar al individuo y a la sociedad la pensión, la educación escolar y vocacional y el sitio en la universidad, para asegurarlo contra enfermedades y accidentes, proporcionar el mínimo necesario para la existencia a los afectados por la pérdida de su empleo, defender a todo mundo, en términos generales, contra un gran número de peligros e incluso para ofrecer seguridad contra los enemigos del Estado y de la sociedad.
 Necesitamos, pues, la burocracia. De poder y querer deshacernos de ella, quedaríamos sin defensas, en el caos. Franz Kafka fue durante muchos años empleado e investigador de casos en la oficina para los seguros de obreros contra accidentes. Pese al agobio, apreciaba la utilidad de su trabajo en vista del gran número de accidentes sufridos por los obreros y la insuficiencia del servicio de seguros contra accidentes. De ser necesario, sería posible sustituir una fuente de energía faltante —petróleo o electricidad— por otra, pero nada serviría para remplazar una burocracia faltante, a menos que se propusiera como opción una burocracia nueva, más universal todavía, moderna y que racionalizara nuestra creciente demanda de seguridad.
 Por ese camino vamos. El tiempo de las oficinas con olor a enmohecido y de los estorbosos archiveros se acerca a su fin. En ocasiones se ha dicho, en defensa de la burocracia, que crea y conserva puestos de trabajo, pero en el futuro este argumento ya no podrá hacerse valer porque en el curso de la racionalización general, incluso en la esfera administrativa, con su alto número de puestos de trabajo, las computadoras grandes y minúsculas, los sistemas de almacenamiento de datos, las instalaciones electrónicas una y otra vez mejoradas, los centros de informática que trabajan por diversos medios de comunicación y los otros productos de la segunda revolución técnica remplazarán o, para decirlo en forma más agradable, liberarán a los señores y los secretarios del Castillo de Kafka y a sus sucesores, los empleados y funcionarios de la burocracia.
 Lo llamamos progreso y nos infunde un poco de miedo. Ciertamente, dichas evoluciones progresistas abolirán, y en parte ya lo están haciendo, nuestros conceptos consuetudinarios del trabajo como realización de uno mismo o como esclavitud; pero los trabajadores así "liberados", los empleados y los funcionarios se sentirán tan enajenados con este excesivo tiempo de ocio como antes en sus empleos acostumbrados. Peor aún: este cambio previsible, que no obstante habrá de tomarnos desprevenidos, no modificará el carácter de la burocracias En todo caso, será más perfecta. Se multiplicará, porque tanta inactividad en los complejos espacios de ocio requerirá ser administrada, asegurada y protegida contra los abusos. Las masas inactivas tienden a salirse fuera de control. Se apelotonan, son capaces de emociones irracionales. Ya que supuestamente han quedado sin rumbo fijo, es posible que busquen un sentido y se fijen objetivos fuera del orden legal. Mientras que el agrimensor K. arremetía inútilmente contra El Castillo, la masa K. podría tener éxito en su acción destructora y romper los aparatos que la liberaron.
 No obstante, la nueva burocracia se asegurará también contra estos peligros preprogramados: alimentará a la sociedad del ocio con efímeras razones de ser y permitirá, incluso, restringidos juegos revolucionarios; o bien, desarrollará ulteriormente el moderno Estado policiaco en un sentido orwelliano. Con toda seguridad, el oeste dominará más pronto la evolución del futuro, pero no es posible descartar la posibilidad de que el este, a pesar de su cerrazón ideológica, lo iguale en ello, aunque sea con el retraso de siempre. Al resto del mundo, sea de orientación occidental u oriental, no le quedará más que aprender de ellos e imitarlos, máxime cuando las masas asiáticas, africanas y sudamericanas todavía se encuentran desempleadas o en el estado liberado de acuerdo con la estructura tradicional; es decir, a causa de su demanda acumulada desarrollarán la clasificación administrativa, asegurada y afianzadora de las masas y, por consiguiente, la burocracia total.
 Esta dimensión futura ya se anuncia. Es inevitable para todas las ideologías. La pregunta de una alternativa sólo puede contestarse en forma radical, es decir, llegando hasta su raíz. El que desee sustraerse al sistema de seguridad de la burocracia deberá elegir, en lugar de la seguridad, el riesgo. El que elija el riesgo decaerá en el terrorismo o tendrá que disponerse a una larga y penosa lucha política. El que quiera el riesgo deberá empeñarse, como el agrimensor K. de Franz Kafka, en penetrar en un Castillo cada vez más lejano. El que actúe como el agrimensor K. pudiera llamarse Rudolf Bahro, quien escogió el riesgo. Puso por escrito lo que pasaba en El Castillo. No buscaba esa seguridad total. Se liberó de la oferta de esa seguridad. Ahora El Castillo cree tenerlo bajo llave. Pero con todo se hace oír. Es imposible tener sus palabras bajo llave. Su voz, empañada por el riesgo, se nos antoja conocida. Con la misma precisión, con la misma falta de seguridad, con la misma humanidad hablaron muchos hace diez años: en Praga y en Bratislava. El manifiesto de las dos mil palabras. Finalmente, dirigieron sus palabras contra los tanques.
 Hoy son los portavoces de la Carta 77 los que, como Rudolf Bahro, como el agrimensor K. de Kafka, han elegido el riesgo a pesar de la opción de la seguridad total. No importa que la novela El Castillo de Franz Kafka sea interpretada como auténtica imagen de la burocracia total o como metáfora de la verdad absoluta que debe buscarse: todos los aludidos se encuentran en camino hacia El Castillo. No sabemos si consigan llegar. Esta pregunta no ha sido planteada al riesgo. La novela de Kafka también quedó en el fragmento.
 Al echar una ojeada retrospectiva al 21 de agosto de 1968 no me interesaba redactar otro análisis más sobre las ya familiares estructuras del poder, ni un estudio que evaluara tan sólo el aspecto político e ideológico del comunismo de la reforma checoslovaca y su aborto, sino que en calidad de escritor tenía la intención de hacer girar mis reflexiones en torno a la conferencia realizada sobre Kafka en El castillo Liblice, la cual, si bien periférica, anunciaba la primavera de Praga. Por lo tanto, me quedaré con la literatura y sus efectos en esta última arremetida.
 El escritor Franz Kafka no sólo ha sido interpretado hasta volverse totalmente impenetrable, sino que también ha engendrado epígonos. Estos fenómenos fundados, por una parte, en su ambigüedad y sujetos, por otra, a la moda, no deben disfrazar el hecho de que algunos autores han logrado seguir los pasos de Kafka sin renunciar a su individualidad.
 El año pasado se publicó en la República Federal el libro Versuchte Nähe [Intento de cercanía] de mi colega Hans Joachim Schädlich. La delgada antología de cuentos no había encontrado editor en la RDA, y Schädlich emigró con su familia a la República Federal. Aún más que el relato que da el título al libro, la breve narración "Unter den achtzehn Türmen der María vor dem Teyn" [Debajo de las 18 torres de la María vor dem Teyn], escrita en 1971, nos muestra la forma modificada en que El Castillo de Kafka perdura hoy en día y la manera en que el servicio de seguridad del Estado se asegura de los ciudadanos que tiene a su merced, como burocracia y con la ayuda de la tecnología moderna. Con algunos cambios insignificantes, la historia podría llevarse a cabo en la República Federal, pero está ubicada en la Praga del 1968 y en Berlín Oriental: dos jóvenes ciudadanos de la RDA presencian el arribo de los tanques. Instalados debajo del arco de una puerta, contestan las preguntas de un reportero de la televisión occidental. Los espías de la RDA no pueden identificarlos: estaban con la espalda hacia la cámara; pero atraparon sus voces. Un dialecto matiza estas voces. Existen personas que estudian los dialectos. Por rendir un servicio a la seguridad del Estado, una de ellas está dispuesta, mediante grabaciones de las más diversas variantes dialectales, a confrontar, cercar y fijar en una población determinada las voces captadas. Después, resulta fácil encontrar a los dos jóvenes viajeros a Praga entre el conjunto de los pocos que fueron registrados en dicha población, arrestarlos e interrogarlos hasta que confiesan.
 Cito a continuación el octavo parágrafo del relato de Schädlich:
 Un supuesto portafolios cruza la puerta del instituto de la lengua vernácula. Siete armarios en un rincón bajo, abarrotados sin recelo con los productos de las extensas compilaciones efectuadas por conocedores aficionados al idioma materno, por el momento degeneran en siete factores de seguridad. Sobre 1 500 cintas y dentro de siete armarios sobreviven las arbitrariedades cometidas localmente —al norte, al este, al sur, al oeste y al centro— contra el resto de la lengua nacional.
 Unas manos comisionadas corren los pasadores en las cerraduras del portafolios, el pulgar y el índice derechos extraen de su custodia portátil una grabadora, dos voces atrapadas.
 La técnica adecuada induce a las voces a repetir opiniones de protesta; su capricho lingüístico los señala como habitantes de cierta región. ¿De cuál?
 Dos de los tres conocedores de lo vernáculo que se tienen a la mano no responden a las atentas exhortaciones, a las advertencias amables, a las encarecidas demandas.
 El tercero y el comisionado desdoblan el territorio de la nación asequible, deliberan con pericia sobre la ubicación de la zona buscada y cierran la trampa con un plumón azul. Abren los armarios llenos de la perecedera lengua, recorren la trampa a lo largo de los cortes frontales establecidos por las cajas en los armarios, comparan el idioma atrapado con los restos del lenguaje rural que la mitad del pueblo de buen grado dejó guardar en las cajas, desechan, confirman la orientación de la empresa y se aproximan, con base en sonidos imposibles de pasar por alto, a los habitantes de cierta región. De esta región. Más precisamente, de este distrito.
 En la novela El Castillo de Franz Kafka, en medio del ambiente pobre del pueblo, aparece al principio de la narración un teléfono, el único instrumento de naturaleza técnica. Está asignado a la comunicación con El Castillo.
 Hasta ahí habían llegado a comienzos del siglo. Hace diez años ya se sabía aprovechar grabaciones televisivas y magnetofónicas. Entretanto, hemos logrado mayores adelantos, tanto aquí como del otro lado. El agrimensor K. tiene que mantenerse al corriente. El Castillo no caduca.

Grass, Günter. Ensayos sobre literatura. Fondo de Cultura Económica, México, D.F.  1990. Traducción de Angelik Scherp.
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jueves, 25 de octubre de 2012

ARTURO JAURETCHE

DONDE SE HABLA DE LAS ZONCERAS EN GENERAL

"Zonzo y zoncera son palabras familiares en América desde México hasta Tierra del Fuego, variada apenas la ortografía, un poco en libertad silvestre (sonso, zonzo, zonso, sonsera, zoncera, azonzado, etc.)", dice Amado Alonso. ("Zonzos y zoncerías", Archivo de Cultura, Ed. Aga-Taura, Feb. 1967, pág. 49).

Según el mismo, la acepción que les dan los diccionarios como variantes de soso, desabrido, sin sal, es arbitraria porque proviene del "Diccionario de Autoridades" que se escribió cuando ya habían dejado de ser usuales en España. Zonzo, fue en España palabra de uso coloquial pero durante corto tiempo: "Cosa sorprendente, esta palabra castellana, inexistente antes del siglo XVII y desaparecida en España en el siglo XVIII, vive hoy en todas partes donde fue exportada”, particularmente América. También señala Alonso el parentesco con algunos equivalentes españoles, mas agrega que "por pariente que sea el zonzo americano conserva su individualidad". "Aunque como improperio los americanos dicen a uno (o de uno) zonzo, cuando los peninsulares dicen tonto, los significados no se recubren".

Todo lo cual vale para zoncera.

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¿Los argentinos somos zonzos?... Esto es lo que nos faltaba, convencidos como estamos de la "viveza criolla", que ha dado origen a una copiosa literatura que va de la sociología y la psicología a las letras de tango.

Un amigo que hace muchos años percibió la contradicción entre nuestra tan mentada "viveza" y las zonceras, la explicaba así: "El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento", con lo que quería significar que paralelamente somos inteligentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella "viveza de ojo".

A estas zonceras en lo que trata de los intereses del común, es a las que se refiere mi personaje de las letras gauchescas qué cito en el, copete, porque lo que el cantor ha dicho antes se refiere precisamente a ellas, y su escéptica sentencia surge de la continuidad en su acepción a través de generaciones.

Esto no importa necesariamente que la zoncera sea congénita; basta con que la zoncera lo agarre a uno desde el "destete".

Tal es la situación, no somos zonzos; nos hacen zonzos.

El humorismo popular ha acuñado aquello de "¡Mama, haceme grande que zonzo me vengo solo!". Pero esta es otra zoncera, porque ocurre a la inversa: nos hacen zonzos para que no nos vengamos grandes, como lo iremos viendo.

Las zonceras de que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis para adultos— con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido. Hay zonceras políticas, históricas, geográficas, económicas, culturales, la mar en coche. Algunas son recientes, pero las más tienen raíz lejana y generalmente un prócer que las respalda. A medida que usted vaya leyendo algunas, se irá sorprendiendo, como yo oportunamente, de haberlas oído, y hasta repetido innumerables veces, sin reflexionar sobre ellas y, lo que es peor, pensando desde ellas.

Basta detenerse un instante en su análisis para que la zoncera resulte obvia, pero ocurre que lo obvio pase con frecuencia inadvertido, precisamente por serlo.

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Jeremías Bentham — pocos filósofos pueden ser tan gratos a los académicos de las zonceras como este maestro de los más preclaros de sus inventores — escribió un "Tratado de los sofismas políticos", que es un tratado de lógica, según dice Francisco Ayala, prologuista de una de sus ediciones castellanas (Ed. Rosario, 1944). Al hablar del sofisma en general, Bentham establece la diferencia entre error, simple opinión falsa, y sofisma, con que designa la introducción en el razonamiento de una premisa extraña a la cuestión, que lo falsea.

Le faltó tiempo a Bentham para ver cómo sus discípulos rioplatenses superaban a lo que se proponía combatir. Porque las zonceras de que estoy hablando cumplen las mismas funciones de un sofisma, pero más que un medio falaz para argumentar son la conclusión del sofisma, hecha sentencia.

Su fuerza no está en el arte de la argumentación. Simplemente excluyen la argumentación actuando dogmáticamente mediante un axioma introducido en la inteligencia — que sirve de premisa — y su eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la discusión como de que no haya discusión. Porque en cuanto el zonzo analiza la zoncera — como se ha dicho — deja de ser zonzo.

Trato aquí, pues, de suscitar la reacción de esa tan mentada "viveza criolla" para que, si en verdad somos vivos de ojo, lo seamos también de temperamento, como decía mi amigo.

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Este no es un trabajo histórico; pero nos conducirá frecuentemente a la historia para conocer la génesis de cada zoncera. Veremos entonces, que muchas tuvieron una finalidad pragmática y concreta que en el caso las hace explicables aún como errores, y que su deformación posterior, dándole jerarquía de principios, ha respondido a los fines de la pedagogía colonialista para que actuemos en cada emergencia concreta sólo en función de la zoncera abstracta hecha principio. Esto lo veremos muy particularmente en la increíble zoncera de que la victoria no da derechos, que verdaderamente es un "capolavoro" en la materia.

En otras ocasiones, la zoncera no tiene un origen eventual, sino que es el resultado de una conformación mental. Es el caso de la zoncera el mal que aqueja a la Argentina es la extensión que, erigida en principio como consecuencia de otra zoncera — Civilización y barbarie — llevó directamente a una política de achicamiento del país que fue la que presidió la disgregación del territorio rioplatense. En este caso, la zoncera no se justifica ni eventualmente pero es susceptible de explicación. Lo que no puede explicarse es que continúe en vigencia hasta cuando ya fueron logrados los objetivos que le dieron origen. Tal vez se la reitere sólo para mantener la sobrevivencia y prestigio de quienes la generaron. En otros casos, como lo veremos al tratarlas, muchas zonceras pueden comprenderse en función de las ilusiones que el siglo XIX en su primera parte provocó en los progresistas "a outrance", pero no ahora que son evidentemente anti-progresistas pues tratan de inmovilizar él país dentro de una concepción perimida, con lo que paradojalmente, los progresistas se vuelven reaccionarios.

Y ahora tenemos que recordar de nuevo a Jeremías Bentham, porque en la base de los sofismas que puntualizó está el de autoridad, y la zoncera, como aquellos, generalmente reposan en la "autoridad" del que la enunció.

Estas zonceras de autoridad cumplen dos objetivos: uno es prestigiar la zoncera con la autoridad que la respalda, como se ha dicho; y otro reforzar la autoridad con la zoncera. Así los proyectos de Rivadavia se apoyan en el prestigio de Rivadavia. Y el prestigio de Rivadavia en sus proyectos.

Esto nos lleva de nuevo a la historia, cuya falsificación tiene también por objetivo una zoncera: presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre "santos" y "diablos", con lo que los actores dejan de ser hombres para convertirse en bronces y mármoles intangibles.

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El protagonista de la historia no pierde nada como hombre cuando se lo baja del pedestal; ni siquiera como ejemplo. Por el contrario, gana al humanizarse con su carga de aciertos y errores. Pero como el objetivo de falsificación es una política de la historia que alimenta las zonceras, ver el hombre en su propia dimensión relativiza el personaje perjudicándolo como autoridad desde que, en cuanto hombre, no es el dueño de la verdad absoluta con que aparece respaldando a aquellas desde el nicho.

Tomaremos el caso de Sarmiento: primero, porque es el héroe máximo de la intelligentzia, y segundo, porque es el más talentoso de la misma.

Sarmiento es para mí, uno de nuestros más grandes — sino el mejor — prosistas. Narrador extraordinario — aún de lo que no conoció, como sus descripciones de la pampa y el desierto —, sus retratos de personajes, más imaginados que vistos, su pintura de medios y ambientes, sus apóstrofes, sus brulotes polémicos, al margen de su verdad o su mentira, son obras maestras. Forman una gran novelística hasta el punto de que lo creado por la imaginación llega a hacerse más vivo que lo que existe en la naturaleza.

A este Sarmiento se lo ha resignado al segundo plano para magnificar el pensador y el estadista, siendo que sus ideas económicas, sociales, culturales, políticas, son de la misma naturaleza que su novelística: obras de imaginación mucho más que de estudio y de meditación, y su labor de gobernante la propia de esa condición imaginativa. Pero insistir sobre la personalidad literaria del sanjuanino iría en perjuicio de su prestigio como pensador y del ideario que expresó al colocarlo en otra escala de medida. Entonces, decir el escritor Sarmiento sería como decir el escritor Hernández o el escritor Lugones, cuando opinan sobre el interés general; referencias importantes pero no decisorias. Y sobre todo cuestionables. Y la zoncera sólo es viable si no se la cuestiona.

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Además, al margen de la pedagogía colonialista, se deforma al prócer para hacerlo ismo. Juega entonces el interés de la capilla y los capellanes. Así como el locutor Julio Jorge Nelson es la viuda de Gardel, cada prócer tiene sus viudas que administran su memoria, cuidan su intangibilidad y cobran los dividendos que da el sucesorio. Quizá sea Sarmiento el que tenga más viudas porque hay en el personaje una especie de padrillismo supérstite como para permitir una multiplicada poligamia póstuma. Más difícil es la tarea de los rivadavianos profesionales porque don Bernardino, el pobre, no tiene puntos de apoyo para su explotación: hubo que inventárselos. Eso lo hizo Mitre, que a su vez es otra cosa, porque su aprovechamiento no es de viudas. Los cultivadores del mitrismo no miran tanto al General, ya finado, como a "La Nación", que está vivita y coleando y es la que distribuye el dividendo de la fama mientras le cuida la espalda al General. Además practican ese culto todas las viudas de los otros próceres como actividad, complementaria e imprescindible para el suyo. Aquí operan también matemáticos, poetas, escritores, pintores, escultores, corredores de automóviles, rotarianos, locutores, biólogos, señoras gordas, leones, "señores", otorrinolaringólogos, militares, pedagogos, políticos, economistas, toda clase de académicos, desde que todo el mundo sabe que sin la lágrima por Mitre, lo mismo en el arte o la técnica que en la vida social, deportiva, etc., no hay reputación posible. Así se explican esas largas columnas de felicitaciones en "La Nación", que suceden a cada cumpleaños, y la introducción de Mitre en todo discurso, conferencia o escrito, aunque se trate de un estudio sobre las lombrices de tierra o los viajes estratosféricos.

Acotaremos que la abundancia de viudas hace que ya sea difícil el acceso a los mármoles y bronces, lo que ha motivado la urgencia de algunos por ampliar el registro de los próceres. Así, a falta de mármoles y bronces aparecen los chupamortajas prendidos a la memoria de óbitos más recientes y aún de muchos insepultos rezagados en las Academias o el Instituto Popular de Conferencias.

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Este es un manual de zonceras, y no un catálogo de las mismas. Doy, con unas cuantas de ellas, la punta del hilo para que entre todos podamos desenredar la madeja. Y aclaro que yo no soy "uno" más "vivo", sino apenas un "avivado", y aún me temo que no mucho, porque ya se verá cómo he ido descubriendo zonceras dentro de mí .

Sin ir más lejos en ese "Paso de los Libres" que cito al caso en el copete, se me ha deslizado alguna, a pesar de que para la fecha de su publicación ya tenía la edad de Cristo. Y me las sigo descubriendo — ¡y vaya si van años! —, tanto me han machacado con ellas en la época en que estaba descuidado.

Precisamente para que no nos agarren descuidados otra vez, y a los que nos sigan, es que se hace necesario un catálogo de zonceras argentinas que creo debe ser obra colectiva y a cuyo fin le pido a usted su colaboración.

Mi editor me dice que hará un concurso de zonceras conpremios y todo. Si tal ocurre le ruego al lector que, por el bien común, participe. Haremos el catálogo entre todos. Por si usted está dispuesto a colaborar en él, este libro lleva unas páginas suplementarias convenientemente rayadas para que vaya anotando sus propios descubrimientos, mientras lo lee.

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Además, descubrir las zonceras que llevamos adentro es un acto de liberación: es como sacar un entripado valiéndose de un antiácido, pues hay cierta analogía entre la indigestión alimenticia y la intelectual. Es algo así como confesarse o someterse al psicoanálisis — que son modos de vomitar entripados —, y siendo uno el propio confesor o psicoanalista. Para hacerlo sólo se requiere no ser zonzo por naturaleza, con la connotación que hace Amado Alonso —"escasez de inteligencia, cierta dejadez y debilidad"— ; simplemente estar solamente azonzado, que así viene a ser cosa transitoria, como lo señala el verbo.

Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pedagogía colonialista. Muchos son excesivamente "vivos" porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zonceras que administran; otros no tienen ese propósito avieso sin ser zonzos congénitos: lo que les ocurre es que cuando las zonceras se ponen en evidencia no quieren enterarse; es una actitud defensiva porque comprenden que con la zoncera se derrumba la base de su pretendida sabiduría y, sobre todo, su prestigio.

Las zonceras no se enseñan como una asignatura. Están dispersamente introducidas en todas y hay que irlas entresacando.

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Viendo en Amsterdam la inclinación de los edificios motivada por la blandura del suelo insular en que se asientan, tuve la impresión de una ciudad borracha, pues las casas se sostienen apoyándose recíprocamente. Imaginé la catástrofe que significaría extraer una de cada conjunto. Esto le ocurrirá a usted a medida que vaya sacando zonceras, porque éstas se apoyan y se complementan unas con otras, pues la pedagogía colonialista no es otra cosa que un "puzzle" de zonceras. Por eso, a riesgo de redundar, necesitaremos frecuentemente establecer, como dicen los juristas, "sus concordancias y correspondencias", porque todas se entrerrelacionan o participan de finalidades comunes.

Al tratar de las zonceras no es posible, en consecuencia, clasificarlas específicamente, porque en el campo de su aplicación andan todas mezcladas y, donde menos se espera, salta la liebre. El cazador de zonceras debe andar con la escopeta lista por eso, a liebre, perdiz o pato, o pato-liebre, indistintamente. Pero todas tienen el carácter común de principios destinados a ser el punto de partida del razonamiento de quien la profesa. En cuanto usted fija su atención sobre ese "principio" y no sobre su desarrollo posterior, ya la identifica, porque para evitar el análisis recurre de inmediato a ocultarse tras la autoridad.

Como están entreveradas y dispersas sólo se intentará agruparlas; eso y no clasificarlas, es lo que se hace en este trabajo, teniendo en cuenta sus características más importantes o el papel principal que juegan o han jugado, pero sin olvidar nunca lo que se dijo de las "correspondencias y concordancias", porque suelen tener variada finalidad. Así, por ejemplo, veremos oportunamente que política criolla, o el milagro alemán que aquí se han clasificado respectivamente en las Zonceras de la autodenigración y en las Zonceras económicas, podrían agruparse a la inversa, en cuanto el milagro alemán — utilizada para prestigiar cierta política — encubre una connotación de finalidades disminuyentes y racistas, cosa que se verá a su tiempo. Del mismo modo política criolla, que es zoncera autodenigratoria, se connota con lo económico.

Con esto quiero advertir al lector que no debe tomar muy al pie de la letra la clasificación que se hace, que obedece a la conveniencia de seguir algún método expositivo. Hay un capítulo titulado Miscelánea de zonceras porque las que allí van son aparentemente de distinto género. En realidad todo el libro es una miscelánea pero de la comprobación aislada de cada zoncera llegaremos por inducción — del fenómeno a la ley que lo rige — a comprobar que se trata de un sistema, de elementos de una pedagogía, destinada a impedir que el pensamiento nacional se elabore desde los hechos, es decir desde las comprobaciones del buen sentido.

Con esto dejo dicho que este libro es una segunda parte de "Los profetas del odio y la yapa" — es decir una contribución más al análisis de la pedagogía colonialista —, en el cual se exponen las zonceras, para que ellas conduzcan por su desenmascaramiento a mostrar toda la sistemática deformante del buen sentido y su finalidad.

Y como las zonceras se revisten de un aire solemne — que forma parte de su naturaleza —, les haremos un "corte de manga" tratándolas en el lenguaje del común, que es su enemigo natural, escribiendo a la manera del buenazo de Gonzalo de Berceo en su "Vida de Santo Domingo de Silos":

Quiero fer una prosa en roman paladino,
en qual suele el pueblo fablar a su vecino1.
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miércoles, 24 de octubre de 2012

NICOLÁS BERDIAEV

EL SENTIDO DE LA HISTORIA
Experiencia de la filosofía del destino humano
Edición original: 1931

Capítulo primero
SOBRE LA ESENCIA DE LO HISTÓRICO
La importancia de la tradición

Las catástrofes y los cambios históricos bruscos, que se vuelven particularmente acerbos en determinados momentos de la historia universal, han predispuesto siempre a meditar sobre la filosofía de la historia, a intentar comprender el proceso histórico y a idear las más diversas teorías para explicarlo. En el pasado, esto ha sido siempre una constante. San Agustín nos dio la primera gran filosofía de la historia de la época cristiana y condicionó de una manera notable las sucesivas sistematizaciones de la filosofía de la historia; su teoría empalmó con la ruina del mundo antiguo y la caída de Roma, uno de los momentos más catastróficos de la historia universal.

La filosofía de la historia de la era precristiana (la primera que conocemos), la singular filosofía de la historia contenida en el libro del profeta Daniel, está ligada asimismo a acontecimientos especialmente catastróficos para los destinos del pueblo hebreo. Tras la revolución francesa y las guerras napoleónicas, el pensamiento humano comenzó también a construir los más diversos sistemas de filosofía de la historia e intentó abarcar y comprender de algún modo el proceso histórico. En las concepciones del mundo de De Maistre y de Bonald, la filosofía de la historia ocupa un lugar importante. Nadie puede negar hoy el hecho de que Rusia, Europa y el mundo en general están entrando en un período catastrófico de su historia. Estamos viviendo un viraje histórico gigantesco. Una nueva época histórica ha comenzado; está cambiando sustancialmente el ritmo del desenvolvimiento histórico, que ahora es esencialmente diferente del que seguía la historia de la humanidad antes de la guerra mundial y de las revoluciones rusa y  europea subsiguientes a ella, ritmo que sólo podemos calificar de catastrófico. En el subsuelo histórico han aparecido cráteres de lava, todo ha sido sacudido, y tenemos la impresión de que la realidad «histórica» experimenta una conmoción particularmente intensa y aguda. A nuestro modo de ver, esta sensación es razón suficiente para que el pensamiento y la conciencia del hombre vuelvan a plantearse las cuestiones fundamentales de la filosofía de la historia y traten de fundar esta filosofía sobre nuevos cimientos. Estamos entrando en una época en la que la conciencia humana se ocupará de estos problemas con más interés que nunca. Nuestro propósito es, justamente, centrarnos en estos problemas; pero antes de pasar al núcleo de las cuestiones fundamentales de la filosofía, o mejor, de la metafísica de la historia, hemos de hacer una introducción sobre el análisis de la esencia de lo «histórico».

¿Qué es lo «histórico»? Para captarlo, para que el pensamiento se disponga a percibirlo y a comprenderlo, es necesario pasar a través de una cierta dicotomización. En las épocas en que el espíritu humano permanece de un modo íntegro y orgánico en un ambiente perfectamente cristalizado, estabilizado y sedimentado, no surgen con la debida agudeza los problemas filosóficos referentes al movimiento histórico y al sentido de la historia. Vivir en una época histórica íntegra y estabilizada no favorece en absoluto el conocimiento histórico, ni la creación de una filosofía de la historia. Es preciso que ocurra una desintegración, una dicotomía en la existencia histórica y humana, para que surja la posibilidad de contraponer el objeto histórico al sujeto; es necesario que aparezca la reflexión para que dé comienzo el conocimiento histórico y nazca la posibilidad de construir una filosofía de la historia. De aquí que, en nuestra opinión, puedan distinguirse tres períodos fundamentales en las relaciones de la conciencia humana con lo «histórico». He aquí las relaciones de cada uno de estos períodos con el conocimiento histórico: en el primero, el hombre vive una existencia inmediata, integral y orgánica en un determinado ordenamiento histórico estable. Este es, ciertamente, un período muy interesante para el conocimiento histórico, pero en él aún no está presente el germen de tal conocimiento. Es un período en el cual el pensamiento permanece estático y, por consiguiente, el intelecto humano percibe muy mal la dinamicidad del objeto del conocimiento histórico. El segundo período es el momento inevitable (siempre y en todas partes) de la división, de la desintegración, cuando las instituciones históricas  estabilizadas comienzan a vacilar en sus mismos fundamentos, cuando empiezan el movimiento histórico, las catástrofes y los cataclismos históricos, cuyo ritmo es diferente en cada caso, pero que truncan el orden y el ritmo orgánico de una existencia integral. Esta división y desintegración comienza cuando, al no sentirse el sujeto conocedor sumergido inmediata e integralmente en su objeto histórico, nace la reflexión propia del conocimiento histórico. Este segundo período es importante para la ciencia histórica, pero no es favorable para realizar un verdadero trabajo de construcción de la filosofía de la historia, de reflexión sobre el proceso histórico, pues en él se produce un distanciamiento entre el sujeto y el objeto, una abstracción del sujeto reflexivo con respecto a su existencia inmediata. Aquí tiene lugar la separación entre esta misma vida interior y lo «histórico»; entre lo «histórico» y el sujeto cognoscente se establece una contraposición, que aleja al sujeto de la esencia interior de lo «histórico»: nos encontramos, pues, con una situación de alienación. En este período nace la ciencia histórica, y puede surgir incluso el «historicismo» como punto de vista general sobre la cultura; pero entre lo «histórico» y el «historicismo» no existe identidad alguna, sino más bien una enorme diferencia e incluso una oposición; ésta es una de las paradojas que aparecen en este campo, sobre la que volveremos con frecuencia. El historicismo, propio de la ciencia histórica, se aleja frecuente y gustosamente del misterio de lo «histórico», no conduce al misterio y ha perdido toda posibilidad de comunicarse con el mismo. El historicismo no comprende lo «histórico»; al contrario, lo niega. Para poder entrar en comunión con el misterio interior de lo «histórico» en el cual permanece el hombre de un modo inmediato en las épocas orgánicas e integrales (sobre las cuales no reflexiona, en la medida en que las vive de un modo directo), para poder comprender la naturaleza de lo «histórico», es necesario pasar por la contraposición entre sujeto cognoscente y objeto cognoscible, y, a través del misterio de la dicotomía, entrar en comunión de un modo nuevo con el misterio de lo «histórico». Es preciso retornar a los secretos íntimos de la vida histórica, a su significado interior, al alma de la historia, si queremos comprender su realidad y construir una verdadera filosofía de la historia: es lo que caracteriza al tercer período, el del retorno a lo «histórico». Cuando decimos que los momentos catastróficos de la historia son particularmente favorables para la construcción de una filosofía de la historia, nos referimos a aquellas catástrofes del espíritu humano en las que  éste, después de experimentar la ruina del ordenamiento y del orden históricos existenciales, el momento de la desintegración y de la dicotomía, puede confrontar y contraponer estos dos momentos (es decir, el de la permanencia inmediata en el seno de lo «histórico» y el del distanciamiento del mismo) para pasar a una tercera condición del espíritu, que nos da una conciencia particularmente aguda, una singular capacidad de reflexión. Al mismo tiempo, en este tercer período, el espíritu humano se abre de un modo especial a los misterios de lo «histórico». La situación más favorable para plantear los problemas de la filosofía de la historia es justamente ésta. Anteriormente hemos dicho que el segundo período (a saber, el período de la dicotomía y de la reflexión, en el que surge el conocimiento histórico y comienza a construirse una filosofía de la historia) nunca es lo bastante profundo, ni penetra en los más íntimos secretos de la historia; para clarificar esta afirmación, hemos de detenernos a examinar las características de la llamada época de la Ilustración de la cultura humana.

Al hablar de «Ilustración», no nos referimos únicamente a la del siglo XVIII, que, en la era moderna, es el período típico de ella. A nuestro modo de ver, las culturas de todos los tiempos y de todos los pueblos pasan por un período ilustrado. La evolución de las culturas de todos los pueblos tiene un cierto carácter cíclico; éste es un rasgo común a todas ellas, que muestra el desenvolvimiento orgánico de todas ellas. También la cultura griega, una de las más importantes que la humanidad haconocido, tuvo su época «iluminista», íntimamente análoga a la que vivió la humanidad en el siglo XVIII. El período de los sofistas es, a su modo, una página de la cultura griega saturada de las mismas características que distinguieron después a la época «ilustrada» del siglo XVIII, aunque tenga a la vez sus rasgos helénicos específicos. En esencia, la época «iluminística» de la cultura griega destruyó también el carácter sagrado de lo «histórico», su dimensión tradicional y orgánica y las tradiciones históricas, como hizo la Ilustración en el siglo XVIII y como hace cualquier época semejante. Se trata siempre de una época en la que la razón humana, limitada y, sin embargo, segura de sí, se pone por encima de los misterios del ser, de los divinos misterios de la vida, que son como la fuente de donde emanan la cultura y la vida de todos los pueblos de la tierra. En el período de las luces, la razón humana comienza a situarse fuera y por encima de estos misterios inmediatos de la vida. Una característica de tales épocas es el intento de convertir la insignificante razón humana en juez de los  misterios del universo y de la historia humana. De este modo, el hombre se ve privado de su instalación inmediata en lo «histórico». La época ilustrada niega el misterio de lo «histórico», niega lo «histórico» en cuanto realidad específica, lo descompone, lo somete a operaciones que lo vacían de su realidad primordial e integral, de tal manera que el espíritu y la razón del hombre quedan disociados de lo «histórico». Por eso, la Ilustración del siglo XVIII ha sido profundamente antihistórica. Si bien la expresión «filosofía de la historia» ha surgido en este siglo (fue Voltaire quien la utilizó por vez primera), y en él se escribieron numerosos libros y obras de historia, la aversión de este siglo por la historia es tan conocida, que no vale la pena insistir en ello. Todos reconocieron acto seguido que fue el movimiento romántico, la reacción romántica contra el iluminismo del XVIII, el que nos puso por primera vez en comunión con el misterio de lo «histórico» e hizo realmente posible un conocimiento del movimiento histórico. Sólo esta reacción nos incorporó espiritualmente a aquella realidad que la Ilustración había perseguido y suprimido, por ejemplo, a los mitos y tradiciones de la antigüedad. Esta reacción intentó acercarse a ellos y comprenderlos, pero a su modo.

La razón «iluminística» propia de los siglos XVIII y XIX es una razón que se autoafirma y se autolimita. No comunica íntimamente con la razón subyacente a la historia del mundo, con la razón de la historia misma, sino que se disocia de las mismas y se erige en su juez. La razón «iluminística» pretende ser el juez de la razón orgánica de la historia. Ahora bien, una razón superior no ha de limitarse a incluir el ámbito de la autoconciencia y de la razón humana propio de una determinada época orgánica, por ejemplo, los siglos XVIII y XIX con todos sus defectos y lagunas; la razón ha de estar también en comunión con la sabiduría primigenia del hombre, con la sensibilidad inicial del ser y de la vida, que nace en los albores de la historia humana e, inclusive, de la vida prehistórica, con la comprensión animista del mundo propia de todos los pueblos al comienzo de su evolución. Esta sabiduría de las épocas primordiales pasa después a través de las misteriosas profundidades de la historia del espíritu humano, a través del cristianismo primitivo y del medioevo, y llega hasta nuestros días. Sólo una razón semejante será verdadera, iluminada e iluminadora. En cambio, la razón de la época de las luces, que ha cosechado muchos triunfos en el siglo XVIII, sabe muy poco, no está en comunión con casi nada, su grado de comprensión es muy escaso, y está disociada  de la mayor parte de los misterios de la existencia histórica. Esta ceguera de la razón «ilustrada» es el castigo interior provocado por su actitud arrogante, por la autosuficiencia con que se ha colocado por encima de todo lo humano y de todo aquello que, por su misma naturaleza, trasciende al hombre.

El triunfo de la razón «ilustrada» dio origen a la ciencia que contrapone el sujeto cognoscente de la historia al objeto cognoscible, ciencia que ha avanzado grandemente en esta dirección. Ella ha llegado a distinguir, recopilar, acumular y conocer parcialmente muchas cosas, pero todo ello va unido a una profunda incapacidad de comprender la esencia misma de lo «histórico». Gradualmente, el objeto cognoscible ha ido alejándose del sujeto cognoscente, ha sido perdido de vista por él y ha cesado de existir en su realidad primordial, en virtud de la cual adquiere su carácter «histórico» y puede revelarnos el misterio de la historia. Este proceso se manifiesta con especial claridad en el ámbito de la crítica histórica. Sólo en el siglo XIX se hizo posible una verdadera ciencia histórica; afirmaciones gratuitas que se hacían en el XVIII (por ejemplo, que los sacerdotes inventaron la religión para engañar al pueblo) resultan imposibles de sostener en el siglo XIX. Este proceso podemos seguirlo mucho más claramente todavía en los estudios sobre la sagrada Tradición en el campo de la historia eclesiástica. Se trata de un campo nuevo, que hasta ahora era tabú. Es interesante contemplar de cerca lo que sucede en él. En el mundo cristiano, todo está fundado sobre la sagrada Tradición, sobre el carácter hereditario de esta Tradición. La crítica histórica ha comenzado ante todo por destruir ésta desde la época de la Reforma. Fue la Reforma la que empezó a poner en cuestión la sagrada Tradición, dejó de tenerla en cuenta, y, gracias a la parcialidad que lleva consigo toda reforma, se atuvo únicamente a la sagrada Escritura. Esta labor de destrucción de la Tradición sagrada avanzó cada vez más y, al final, ha llegado a destruir la misma Escritura. En efecto, la sagrada Escritura es inseparable de la Tradición, y, una vez rechazada esta última, se impone como consecuencia inevitable el rechazo de aquélla. Este ejemplo nos muestra cómo la crítica histórica se ha vuelto absolutamente incapaz de explicar el misterio mismo del fenómeno religioso. Ha continuado girando en torno al misterio del nacimiento del cristianismo, pero no ha podido en modo alguno comprenderlo. La enorme bibliografía alemana existente en este sector posee el indudable mérito de haber elaborado todo tipo de materiales, pero niega la posibilidad de entender este misterio, con lo cual todo se  le escapa de las manos y queda fuera de su campo visual. Un cierto misterio fundamental que venía dado a través de la comunión con la Tradición, a través de la comunión del sujeto con el objeto, se disipa para dejar tras sí el material inerte, el cadáver de la historia. En nuestra opinión, el mismo proceso que tiene lugar en el ámbito de la crítica de la historia eclesiástica acontece también en el campo de la historia en general. En efecto, no sólo existe la sagrada Tradición de la historia eclesiástica, sino también una tradición sagrada de la historia en general, de la cultura, así como tradiciones sagradas interiores. Sólo cuando el sujeto cognoscente mantiene vivo el vínculo con esta vida interior puede estar en comunión con su íntima esencia; por el contrario, cuando este vínculo queda cortado, el sujeto se ve forzado a recorrer hasta el final el camino de la autonegación. Sólo quedan entonces retazos de historia, pues se ha producido un desechamiento de las sagradas tradiciones históricas.

Una de las corrientes más interesantes de la filosofía de la historia fundada por Marx y llamada materialismo económico, tiene el enorme mérito de haber llevado a sus últimas consecuencias el proceso de desechamiento de las sagradas tradiciones de la historia, proceso que había iniciado el iluminismo en la ciencia histórica, aunque sin llevarlo hasta el final. En este campo sólo conocemos una corriente que destruya y aniquile hasta sus últimas raíces y de un modo coherente todo lo que hay de sagrado y de tradicional en la historia: la concepción marxista de la historia. La puesta en cuestión del misterio interior de lo «histórico» comenzó en la época de las luces (en el ámbito religioso, con la Reforma), alcanzó su apogeo en el siglo XIX y pasó a ser patrimonio común de toda la ciencia histórica; no obstante, quedó a medio camino. Todas las corrientes idealistas (en el amplio sentido de la palabra) de la ciencia histórica no desenmascaran ni destruyen hasta el final la tradición histórica. Todavía quedan retazos de ella. Sólo el materialismo económico lleva hasta las últimas consecuencias la cínica puesta en duda de toda tradición, de todo patrimonio espiritual, rebelándose de un modo radical contra «lo histórico» y rechazándolo en todos sus aspectos. En la concepción del materialismo económico, el proceso histórico queda definitivamente privado de toda alma; nada posee ya un alma, un misterio íntimo, una vida misteriosa interior. Esta puesta en cuestión de lo sagrado lleva a la conclusión de que la única realidad genuina en el curso de la historia es el proceso de la producción económica material y de que las formas económicas a  que da lugar constituyen la única realidad verdadera, ontológica, primaria; lo demás es sólo un derivado, un reflejo, una superestructura; la totalidad de la vida religiosa, espiritual, la totalidad del arte y de la vida humana sólo son reverberación, reflejo, no realidad genuina.

Se concluye así el proceso definitivo a través del cual la historia queda privada de su alma y sus misterios interiores quedan destruidos; esta destrucción es consecuencia del desechamiento de su misterio fundamental, que, según el materialismo histórico, es el de la producción, el del aumento de las fuerzas productivas de la humanidad. Con esto queda completada la labor crítica destructiva que, iniciada en la época de las luces, termina por rechazar la misma concepción «iluminista»; en efecto, el materialismo económico de Marx supera la forma racionalista de la ilustración, que triunfó en el siglo XVIII, y funda una forma de evolucionismo histórico que le es propia, rechazando a la vez los últimos brotes del método iluminista. Por aquí ya no se puede llegar más lejos: el materialismo económico ha revelado claramente la imposibilidad de llegar por este camino al misterio del destino interior y de la vida de los pueblos, el misterio del destino del hombre. El misterio queda convertido en puro espejismo, en problema ilusorio, creado únicamente por determinadas condiciones económicas. Pero en el materialismo económico queda de manifiesto una contradicción fundamental, que él mismo no puede comprender (incapaz como es de elevarse por encima de ella), y que sin embargo salta a los ojos de aquel que hace comparecer a esta doctrina ante el tribunal de la filosofía.

En efecto, si el materialismo económico afirma que toda la conciencia humana es únicamente una superestructura derivada de unas determinadas relaciones de producción, ¿de dónde proviene la razón de los heraldos del materialismo económico, de los Marx y Engels, que se eleva por encima de la mera reflexión pasiva de las relaciones económicas? Al crear la doctrina del materialismo económico, Marx pretende poseer un tipo de razón que es algo más que un mero reflejo de las relaciones de producción. Ahora bien, si el materialismo económico, en cuanto construcción ideológica, sólo es el reflejo de determinadas relaciones de producción, por ejemplo, de las relaciones creadas en el siglo XIX en base a la lucha entre el proletariado y la burguesía, no se comprende cómo los defensores de esta doctrina pueden reivindicar para sí una dosis de verdad mayor que la de otras doctrinas, que son simplemente una autoilusión engendrada por este reflejo. En tal caso,  el materialismo económico es una ilusión más, engendrada como las otras por la realidad económica. Por eso el marxismo lleva hasta el final las pretensiones y la presunción de la razón «ilustrada», cree estar en posesión de la razón iluminada e iluminante, que se eleva por encima de los destinos históricos universales de la humanidad, de la totalidad de su vida espiritual, de todas las ideologías humanas, y ve todos los errores e ilusiones como otros tantos reflejos del proceso económico, sin percatarse de que la doctrina marxista es un reflejo más. El marxismo se esfuerza por emparejar las pretensiones de la razón «ilustrada» con reivindicaciones mesiánicas análogas a las del antiguo Israel: en efecto, pretende hallarse en posesión de la única conciencia iluminadora, que, a su vez, se entiende a sí misma no como una de tantas ideologías, sino como la única y definitiva luz que pone al descubierto el misterio del proceso histórico. En realidad, el marxismo no desentraña el misterio del proceso histórico; se limita a poner de manifiesto la ausencia de historiadores con una comprensión global de la humanidad, el vacío terrorífico de la historia humana, el no-ser del espíritu humano, de toda la vida espiritual de la humanidad, de la religión, de la filosofía, de toda creación humana, de las ciencias, de las artes, etc. El marxismo sostiene que todo esto carece de realidad; aquí radica la fuerza singular y el poder de esta doctrina. A nuestro modo de ver, el mérito negativo de este sistema es muy grande, porque aniquila todas las corrientes inconexas, semiideológicas, que han venido formándose en los siglos XIX y XX, y plantea un dilema radical: o entrar en comunión con el misterio del no-ser y hundirse en este abismo, o retornar al misterio interior del destino humano y volver a las tradiciones y a los sagrados valores interiores a través del crisol de la prueba y de la tentación, recorriendo sucesivamente los diferentes estadios de esta época nuestra, destructora, crítica, negativa.

El conocimiento histórico y la filosofía de la historia han de poseer una gnoseología y una teoría del conocimiento propias, como todos los demás sectores del saber humano. En este ámbito se movían las reflexiones anteriores. A fin de cuentas, todas se orientan hacia un único objetivo: reconocer la esencia de lo «histórico» como una realidad específica determinada en la jerarquía de los niveles del ser. Se trata, pues, de reconocer el carácter absolutamente específico y sui generis de un objeto, que es irreductible a otros objetos materiales o espirituales. Evidentemente, no podemos considerar lo «histórico» como una realidad de orden material, fisiológico, geográfico u otros  similares; por otra parte, tampoco tiene sentido descomponer la realidad histórica en otras tantas realidades psíquicas. Lo «histórico» es un specificum, una realidad de un género particular, y admitir la tradición histórica, la condición hereditaria de la historia, tiene una enorme importancia para el conocimiento de este specificum. El pensar histórico deviene imposible fuera de las categorías de la tradición histórica; la aceptación de la tradición constituye una especie de a priori, una especie de categoría absoluta de todo conocimiento histórico. Fuera de esta categoría sólo pueden darse, a lo sumo, conocimientos parciales e inconexos. El proceso contra la historia puesto en marcha por el materialismo histórico lleva inexorablemente a un fraccionamiento de la realidad histórica, a una pulverización de la misma. La realidad histórica es, ante todo, una realidad concreta, no abstracta, y, fuera de ella, no existe ni puede existir ninguna otra realidad concreta. Lo «histórico» es propiamente la forma compacta del ser – pues el vocablo «concreto» significa literalmente «compacto» – que expresa una idea contraria a la del término «abstracto», que quiere decir recortado, desunido, desintegrado. En la historia no hay nada de abstracto, y todo lo abstracto es, por su misma esencia, contrario a lo «histórico». Lo abstracto puede ser objeto de la sociología; la historia sólo puede ocuparse de lo concreto. La sociología opera con conceptos como clase, grupo social, que, en definitiva, son categorías abstractas. El grupo social, la clase, son una construcción mental que no existe en la realidad. Por el contrario, lo «histórico» es un objeto totalmente diverso; no sólo es concreto, sino también individual, en tanto que lo sociológico no sólo es abstracto, sino también genérico. La sociología no opera con conceptos individuales, la historia sólo lo hace con éstos. Todo lo que es auténticamente histórico tiene un carácter individual y concreto. En este territorio, en tal día, puso pie Juan Sin Tierra, dice Carlyle, el más concreto e individualizante de los historiadores; esto es la historia.

Existe también una tentativa de construir una filosofía de la historia sobre los principios de la filosofía kantiana: es el intento de Rickert, de la escuela de Windelband, que se basa en el hecho de que el conocimiento histórico se distingue del de las ciencias naturales en que elabora siempre el concepto de lo individual, mientras que las ciencias de la naturaleza operan con el de lo universal. La concepción de Rickert es bastante unilateral, pero, en cualquier caso, ha planteado un interesante problema: el de la realidad concreta e individual como objeto de la historia. El planteamiento es erróneo en el sentido  de que también lo universal puede ser individual. Tomemos, por ejemplo, el concepto de «nación histórica». Es un concepto general pero, al mismo tiempo, trata de una nación históricamente concreta y, por tanto, es un concepto perfectamente individual. La vieja disputa escolástica entre nominalistas y realistas revela una insuficiente comprensión del misterio de lo individual. En Platón, lo individual aún no está presente. Conocer el ser como una gradación de individualidades no significa nominalismos, pues también «lo universal» puede ser conocido como individualidad. Para comprender cuanto va seguir, es muy importante establecer la contraposición entre lo histórico y lo sociológico.

Las presentes lecciones serán dedicadas no a cuestiones de sociología, sino a los problemas de la filosofía de la historia, a conocer los destinos históricos. Por eso llevan el título de «El destino del hombre»: tal es la tarea concreta de la filosofía de la historia. El conocimiento histórico, la filosofía de la historia, es uno de los caminos que nos llevan al conocimiento de la realidad espiritual, es una ciencia del espíritu que nos hace entrar en comunión con los misterios de la vida espiritual. Se ocupa de una realidad espiritual concreta, que es mucho más rica y compleja que la que se manifiesta, por ejemplo, en la psicología humana individual. Es justamente la filosofía de la historia la que toma al hombre en la plenitud concreta de su esencia espiritual; en cambio, la psicología, la fisiología y los otros sectores del saber que se ocupan del hombre, no lo consideran en toda su concreción, sino que lo contemplen únicamente desde vertientes o perspectivas diferentes. La filosofía de la historia estudia al hombre en cuanto situado en el ámbito en que se desarrolla la interacción de las fuerzas universales, esto es, en su máxima plenitud y concreción. Si se comparan con esta visión del hombre en su realidad concreta, todos los demás saberes resultan abstractos. Sólo podemos comprender el destino del hombre a partir de ese conocimiento concreto que nos da la filosofía de la historia; las otras disciplinas científicas no se ocupan del destino humano, pues éste es el resultado de la interacción de todas las fuerzas universales. Es justamente este complejo de fuerzas lo que engendra la realidad de orden superior que llamamos realidad histórica. Se trata de una realidad espiritual especial y superior. Si bien las fuerzas materiales y los factores económicos también actúan y desempeñan un papel importante en la historia (de tal manera que no podemos dejar de reconocer la parte de verdad existente en el materialismo histórico, a pesar de que lo rechacemos desde una perspectiva espiritual), el mismo factor  material depende de la realidad histórica espiritual. Toda la vida económica de la humanidad tiene una base, un fundamente espiritual. Volveremos sobre esto al tratar de las diferentes cuestiones de la filosofía de la historia.

El hombre es en gran medida un ser histórico; el hombre vive en lo «histórico» y lo «histórico» habita en el hombre. Entre el hombre y lo «histórico» existe una solidaridad tan profunda y misteriosa en su fundamento primordial, una reciprocidad tan concreta, que es imposible separarlos. No se puede separar al hombre de la historia, no se le puede considerar en abstracto; tampoco se puede establecer una disociación entre la historia y el hombre, ni considerarla como algo fuera del hombre, separado de él. Es imposible asimismo considerar al hombre fuera de la profundísima realidad espiritual de la historia. En nuestra opinión, no tiene sentido considerar lo «histórico» únicamente como un fenómeno (como hacen en la mayoría de los casos las diferentes corrientes de la filosofía de la historia), como manifestación del mundo percibido exteriormente y dado a nuestra experiencia, contraponiéndolo a la realidad del noúmeno (como hace Kant), a la esencia del ser, a la secreta realidad interior. La historia y lo «histórico» no son sólo fenómenos. A nuestro entender, el principio según el cual lo «histórico» es un noúmeno es el supuesto más radical de la filosofía de la historia. En lo «histórico» se revela de un modo genuino la esencia del ser, la esencia interior del mundo, la esencia espiritual interior del hombre. Por su misma esencia, lo «histórico» es profundamente ontológico, no fenoménico; está arraigado en un cierto fundamento primordial profundísimo del ser y nos da la posibilidad de comprenderlo y de entrar en comunión con él. Lo «histórico» es una cierta revelación de la más profunda esencia de la realidad mundana, del destino del mundo y de lo que constituye su número fundamental: el destino del hombre. Lo «histórico» es una revelación de la realidad nouménica. La aproximación a lo «histórico» nouménico deviene posible en virtud del nexo concreto existente entre el hombre y la historia, entre el destino del hombre y la metafísica de las fuerzas históricas. Para poder penetrar el secreto de lo «histórico», hemos de comprender, ante todo, la historia y lo «histórico» como algo profundamente nuestro, como historia, como destino propio. Debemos sumergirnos en el destino histórico y sumergir el destino en nuestra propia profundidad humana. En las profundidades del espíritu humano se revela la presencia de un cierto destino histórico. Todas las épocas históricas, comenzando  por las primordiales y acabando en la actual, son nuestro destino histórico, todo es nuestro. Aquí es preciso tomar una dirección totalmente opuesta a la de la labor crítica destructiva, que disocia al hombre, al espíritu humano y a la historia, y los vuelve incomprensibles, adversarios y extraños entre sí; hay que dar marcha atrás, y no considerar el proceso histórico como algo extraño a nosotros, como un proceso contra el que nos sublevamos, como algo que nos viene impuesto, que nos esclaviza y contra lo que nos rebelamos con todas nuestras fuerzas. De lo contrario, su meta sólo será un vacío abismal que engulle a la historia y al nombre mismo. La dirección opuesta a la que nos referimos y que es preciso tomar, pues es la única que se hace posible como verdadera filosofía de la historia, es la que tiene como supuesto la identidad profunda entre nuestro destino histórico y el de la humanidad, que nos es tan próximo. En el destino de la humanidad hemos de descubrir nuestro propio destino, y a la inversa. Sólo de este modo es posible entrar en comunión con el misterio interior de lo «histórico», descubrir los grandiosos destinos espirituales de la humanidad. Y, a la inversa, sólo así es posible descubrir en nosotros mismos, no el vacío de la soledad que se contrapone a toda la riqueza de la vida histórica del mundo, sino la totalidad de las riquezas y de los valores, para, de esta manera, unir el propio destino interior individual al destino histórico universal.

Por eso, para la filosofía de la historia, el verdadero método consiste en partir de la identidad entre el hombre y la historia, entre el destino del hombre y la metafísica de la historia. Por esta razón hemos escogido como título de nuestras lecciones «el destino del hombre (metafísica de la historia)». En cuanto realidad espiritual grandiosa, la historia no es un dato empírico, simple, un conjunto de meros hechos; si así fuese, la historia no existiría como tal, y sería imposible conocerla. La historia viene conocida mediante la memoria histórica, que es una actividad espiritual, una cierta relación espiritual con lo «histórico» a través del conocimiento histórico, que, de este modo, queda íntimamente transfigurado y espiritualizado. Sólo mediante un proceso de espiritualización y transfiguración de la memoria histórica se clarifica el nexo interior y el alma de la historia. Esto puede aplicarse lo mismo al alma de la historia que al alma humana. En efecto, una persona humana no unificada a través de la memoria no nos permite el acceso al alma humana como realidad.

La memoria histórica, en cuanto modo de conocimiento de lo «histórico», está indisolublemente ligada a la tradición, fuera de la cual ni siquiera existe la  memoria histórica. Un conjunto de documentos históricos desprovistos de vida nunca nos dará la posibilidad de conocer lo «histórico», de ponernos en comunión con el mismo. No basta con trabajar sobre documentos históricos (por más que sea una tarea importante y necesaria), es preciso transmitir la tradición a la que va ligada la memoria histórica. Sólo así queda sólidamente establecido el vínculo de unión entre el destino espiritual del hombre y el de la historia. No es posible comprender ninguna de las grandes épocas de la historia (el Renacimiento, el florecimiento de la cultura medieval, el apogeo de la cultura helénica) más que a través de la memoria histórica, en cuyas revelaciones podemos reconocer nuestro pasado espiritual, nuestra cultura, nuestra patria. Para comprender las grandes épocas de la historia es necesario vivirlas interiormente, asumirlas en nuestro propio destino; si las consideramos desde fuera, quedan convertidas en algo inerte, en meros cadáveres. 
Ahora bien, esta memoria histórica que nos hace entrar en comunión con lo «histórico» va indisolublemente ligada a la tradición. La tradición es precisamente esta memoria interior en cuanto transferida al destino histórico. La filosofía de la historia es una especie de espiritualización y transfiguración del destino histórico. En cierto modo, la memoria histórica es como la declaración de guerra de la eternidad al tiempo, y la filosofía de la historia atestigua continuamente las grandiosas victorias de la eternidad sobre el tiempo y la corrupción. En esencia, el conocimiento histórico y la filosofía de la historia no se vuelven hacia lo empírico, sino que más bien tienen por objeto la vida de ultratumba. La consideración de la existencia individual es inseparable de la de la existencia de ultratumba; de igual modo nos volvemos al grandioso pasado histórico, al mundo del más allá.

Por eso, al volverse hacia el pasado, la memoria histórica experimenta el sentimiento especial de entrar en comunión con otro mundo y no sólo con la realidad empírica, que nos oprime por todas partes como un íncubo y que debemos vencer, a fin de elevarnos a otro nivel, es decir, al de la realidad histórica, que es una revelación genuina de otros mundos. Asimismo, la filosofía de la historia se orienta hacia los mundos de ultratumba, no hacia la realidad empírica. Cuando viajamos a través de la campiña romana, en donde tiene lugar una misteriosa fusión entre el mundo de ultratumba y el histórico, en donde los monumentos históricos se han transformado en fenómenos de la naturaleza, nos comunicamos con otra vida, con los misterios del pasado, con los misterios del más allá, con los misterios de un mundo en el que  la eternidad triunfa sobre la muerte y la corrupción. De aquí que la verdadera filosofía de la historia sea la de la victoria de la verdadera vida sobre la muerte; esta filosofía es una comunión del hombre con la realidad, diferente, infinitamente más amplia y rica que aquella a la que es arrojado por la empiria inmediata.

Si el hombre individual no pudiese entrar en comunión con la experiencia de la historia, ¡cuán vacía y muerta sería su existencia! Ahora bien, el hombre, en su vida presente, reencuentra la auténtica realidad del grandioso mundo histórico a través de la memoria, de la tradición interior, de la comunión interior entre los destinos de su espíritu individual y los de la historia, y no sólo encuentra esto al construir una filosofía de la historia (tarea en la que raramente se ocupa), sino también en muchos actos espirituales de su vida. De este modo, entra en comunión con una realidad infinitamente más rica, vence su corrupción e insignificancia y trasciende su pobre y angosto horizonte.

Notas

* El estilo del libro lo muestra claramente y explica las frecuentes repeticiones, las paráfrasis a veces fastidiosas, la monotonía de las fórmulas que introducen los diferentes párrafos o argumentaciones. En una palabra, al libro le  falta aquella riqueza de lenguaje y aquella brillantez características del gran escritor que fue Berdiaev. Con todo, y a pesar de estos defectos de estilo, atribuibles también a la persona que tomó las notas, el libro no deja de ser, hasta cierto punto, un eco de la oratoria de Berdiaev, y esto también tiene su interés (N. del E.).
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