sábado, 18 de mayo de 2013

SANDRA RUSSO

La foto del Mundial

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

Por esos vericuetos extraños de la memoria, cuando pienso en Videla, siempre y sin falta, inevitablemente, me viene a la cabeza su imagen con los brazos en alto, la sonrisa contenida, festejando el triunfo de la Selección Argentina en el Mundial ’78. Ahora que se murió y lo advierto, quizás esa imagen de apariencia antojadiza –que es como una ficha que me baja cada vez que pienso en Videla– tenga que ver no con lo que ese general sanguinario tuvo de raro, sino con lo que tuvo de común.

La imagen que recreo lo enlaza con millones de argentinos, capturados en un año extraordinariamente contradictorio, uno de esos años argentinos plagados de dilemas que no llegaron a ser pasados en limpio, probablemente, por muchísima gente, mientras las cosas estaban sucediendo. En 1978 ya flotaba sobre este país un fantasma oscuro y tenebroso, de esos que huelen los que están en la periferia de los hechos. Los que no tenían ningún pariente desaparecido, los que no estaban siendo perseguidos, los que seguían yendo al trabajo y cantando el himno en las fechas patrias, los que digerían cada uno con su propia capa de escepticismo, conciencia o cobardía algo que no se decía, que no se publicaba, que no se juzgaba, que no se comentaba en los ascensores ni en los bares, que no se discutía en los cumpleaños.

La de 1978 era una doble realidad. La cosmética, la tranquilizadora, de la que hablaban las radios, los diarios y la televisión, era una realidad muy excitante. El Mundial generó magia negra: recuerdo con toda claridad los ríos de gente que salieron a festejar esa copa y gritaba que “el que no salta es un holandés”. Recuerdo por supuesto la “campaña antiargentina”. Eso pegaba en el lado b de la fiesta que nos habían querido aguar los zurdos del mundo, diciendo que aquí se violaban los derechos humanos. Faltaba más. Aquí, en rigor, ni se sabía qué eran los derechos humanos. Los diarios, las radios y la televisión no tocaban el tema. Recuerdo las calcomanías que decían que los argentinos “somos derechos y humanos”. Esa malformación del sentido fue muy fácil porque la mayoría de los que adherían al concepto lo entendían literalmente: éramos derechos y éramos humanos, y además éramos campeones de fútbol y el presidente de facto alzaba los brazos y gritaba el gol como los demás. Era uno de tantos, fundido en la alegría popular. Y sin embargo.

Y sin embargo eso otro de lo que no se hablaba se sabía. Se sabía con una percepción tan fina que ese saber traspasaba el silencio que, según rezaba un cartel colgado del Obelisco, “era salud”. Se sabía incluso antes de tener detalles, y de que eso oscuro y aterrorizante que daba miedo incluso pronunciar, tuviera su propio universo de palabras para ser referido. Antes de saber que había campos de concentración, antes de saber que los detenidos desaparecidos estaban siendo arrojados al río o fusilados en falsos enfrentamientos, antes de saber que a las embarazadas las dejaban parir para apropiarse de sus hijos y después las mataban, antes de saber que cuatrocientos de esos bebés permanecerían en la neblina de sus falsas historias por más de treinta años, antes de saber que las víctimas no eran solamente los miembros de las organizaciones armadas sino también los delegados gremiales, los activistas estudiantiles, los militantes sociales, los empresarios a los que querían despojar de sus bienes, los abogados que presentaban hábeas corpus que los jueces no aceptaban, los religiosos que seguían al lado de los humildes, en fin, antes de saber todo eso, se sabía que ese gobierno militar no era uno más de los tantos que habíamos tenido. Se sabía que se estaba llevando a cabo una masacre en lo profundo de las noches y los barrios. Se sabía, entre la gente del común, que uno no debía ni podía saber más, porque hasta saberlo daba miedo.

Videla no representa solamente el grado de máxima barbarie en la historia contemporánea argentina. Su clímax de perversión, posiblemente, haya sido verbalizar con un grado de cinismo equivalente al pasaje al infierno que “un desaparecido no es, no está, no tiene entidad”. Videla y sus secuaces fabricaron esa figura de la ausencia y del duelo sin fin que sintetiza lo más filoso de la crueldad. Esta semana la vi a Estela de Carlotto. La añoranza sin fondo de su nieto Guido, al que no pudo encontrar todavía, es hoy, aún, el daño inhumano que le infligió Videla a este país. Así como un desaparecido “no es ni está”, como dijo el monstruo alardeando de lo que creyó una coartada, un desaparecido, por eso mismo, nunca deja de desaparecer. No se trata solamente de que la dictadura haya asesinado a treinta mil opositores. Lo que pasó también es que la forma aberrante en la que se deshicieron de sus cuerpos, el salvajismo con el que les negaron cualquier posibilidad de defensa y la manera blindada en la que negaron toda la información, puso en marcha en esta sociedad un volumen de dolor que no todas las sociedades atraviesan. Aquí, el modo de tramitarlo fue pasando ese dolor entre generaciones. Ellos creyeron que habían tenido una buena idea. Alguien habrá sido el primero en decirlo, y fue Videla. “Hagámoslos desaparecer.” Y uno puede imaginar el rictus lastimosamente argentino con el que los que lo rodeaban aceptaron la propuesta. Porque no fue una orden. Fue una propuesta.

También fue una propuesta de país la que les formuló Videla a los argentinos de entonces. Un país de dos caras. En una, el que no saltaba era holandés, y éramos derechos y humanos y hablábamos fuerte y éramos más blancos que los bolivianos, y sabíamos arreglar las cosas con alambre y el yerno ideal tenía el pelo corto y a la facultad se iba a estudiar. En la otra, la argentinidad era eso feo, eso revulsivo, los instintos del enano fascista, la pulsión por la sangre y la degradación moral hasta límites impensables.

Videla no habría podido hacer ninguna de sus crueldades si muchos registros de lo argentino no se hubiesen complacido con ellas. Quizá de haber sabido exactamente a qué horrores estaban condenando a sus hermanos, muchos argentinos no lo habrían consentido. Quizá por eso era mejor no saber. Las cosas pasaron así. Con periodistas que se callaban y jueces que juraban por el Proceso de Reorganización Nacional. A veces se pasa de largo por el nombre que se autoadjudicó la dictadura. Era un cambio de paradigma, por supuesto. Videla vino a ofrecer el paradigma del odio y la amoralidad anticristiana y antihumanista: era el clima perfecto para arrasar con lo social. Y los argentinos de entonces optaron en su mayoría por dejar hacer, por entregarse a los símbolos de la autoridad. Fue muy bien recibido por el público que el presidente festejara el gol en el estadio.

Con Videla no se muere solamente un hombre horrible. Muere además, y por suerte, una parte malograda de nuestra identidad como país, una zona opaca que fue la misma que a lo largo de nuestra historia dirimió las cosas a sangre, fuego e indiferencia. Lo que dice esa parte muerta es que el otro no importa y que algo habrá hecho. Ese latiguillo fue perfectamente complementario a la masacre. Con Videla se muere un país que nos daba infinito dolor, infinita vergüenza.
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viernes, 17 de mayo de 2013

OSVALDO BAYER

NOTA APARECIDA EN LA EDICION IMPRESA DEL 30 DE MARZO DE 2013
La realidad vergonzante

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

El lunes pasado (por el 25 de marzo de 2013) asistí, aquí en Buenos Aires, a uno de los actos más plenos de coraje y constructivos de los que he vivido en mi larga vida. El realizado en la Comisión Nacional de Valores, en la calle 25 de Mayo, plena de bancos y de vida financiera y de negocios. Se presentó allí un informe acerca de “Economía política, sistema financiero y dictadura”. Por primera vez una investigación a fondo de los delitos económicos cometidos por la última dictadura militar. Delitos que beneficiaron a militares y a los civiles colaboracionistas de la dictadura, casi todos ellos, empresarios de gran fuste. Sí, por primera vez se investiga este aspecto de la última dictadura que, a la vez que hacía desaparecer a seres humanos, se quedaba, en el caso de empresarios, con su fortuna, sus propiedades, sus acciones.

Como digo siempre: en mis 86 años he conocido trece dictadores. Todos ellos, después de finalizar su poderío murieron pacíficamente en sus domicilios, gozando de sus sueldos de generales y almirantes y, por supuesto, de sus títulos militares. Esta es la primera vez que los dictadores y sus secuaces están en cárceles comunes y se investigan los delitos económicos cometidos durante sus mandatos. La única vergüenza para la Etica ha sido que Martínez de Hoz, el secuaz más penetrante de ese período de violencia e injusticia, murió en su edificio, el más lujoso de Buenos Aires, el Cavanagh. Y aquí la pregunta es: por qué si las cárceles argentinas todas tienen instalaciones médicas no se lo envió a una de esas enfermerías carcelarias. No, Martínez de Hoz murió en su cama y en su edificio de aristócrata.

Pero vayamos al informe de la Comisión de Valores. Ese informe fue elaborado por tres profundos investigadores: Celeste Perosini, Walter Bosisio y Bruno Napoli. En la edición del domingo pasado de Página/12, Alejandra Dandán hace un profundo análisis de este informe. Y con esta nota quisiéramos ahondar en dar datos sobre el doloroso y patético proceso que debieron sufrir los empresarios Alejandro y Carlos Iaccarino, dos hombres que trataban de establecer un sistema menos explotador y más coherente, en cuanto a la distribución de bienes en torno de sus obreros y el cuidado de la naturaleza. Dos aspectos muy mal vistos por los empresarios clásicos y por la línea económica llevada a cabo por Martínez de Hoz y apoyada por las tres armas de la Nación.

Es increíble: todo está demostrado en actas oficiales y de los juzgados. Nada se puede desmentir. Los hermanos Iaccarino poseían una empresa lechera en Santiago del Estero. Su forma de administración era bien distinta a las demás empresas que dominaban el mercado. Eliminaban las intermediaciones, trataban directamente con los productores, a los cuales se les pagaba más, y con los obreros se mantenía un diálogo perfecto conformándose los empresarios con ganancias más bien modestas pero que les llenaban de orgullo frente a las fortunas de la competencia. Por supuesto, esto no fue soportado por los poderosos que tenían contactos con el jefe supremo de la Economía, Martínez de Hoz.

Los tres hermanos fueron detenidos el 4 de noviembre de 1976, acusados de conspirar contra los bienes de la Nación. Comenzó el martirio. Los hermanos Alejandro, Carlos y Rodolfo Iaccarino estuvieron en nueve centros clandestinos de detención y en catorce centros de detención oficiales. Sufrieron torturas de toda clase. Alejandro nos relata lo que es soportar la picana eléctrica en todos sus matices y el estar “colgados” mientras se les practicaban esas torturas. Lo que perseguían los torturadores era que renunciaran a sus propiedades y se alejaran para siempre de las zonas en las que desarrollaban sus tareas. Hasta que todo culminó con lo que perseguían sus enemigos económicos: la renuncia a sus empresas y propiedades. Parece increíble. Pero todo se hizo legalmente: vino la escribana a la cárcel y también quienes exigían quedarse con todo. Ahí se levantó el acta, de la cual tienen una copia dada por la escribana oficial. Dice el acta: Escritura Número 210, en la ciudad de Avellaneda, a once de noviembre de 1977, ante mí, Lía M. Cuartas de Caamaño, escribana titular del registro No. Uno de este partido y a solicitud de los requirientes me constituyo en la Brigada de Investigaciones de Lanús, con asiento en Avellaneda... etc. Y allí les dan el poder a dos personas que podrán vender al precio que ellos indiquen las propiedades de sus posesiones en Santiago del Estero. Tal cual, con nombres y apellidos. La pregunta es: ¿cómo una escribana pudo soportar que a dos presos del Poder Ejecutivo se les obligue a firmar en ese centro de detención conocido como El infierno? Esa señora escribana sigue ejerciendo su profesión ahora, como si nada hubiese pasado. Sí, esa acta fue firmada con la condición de salvar sus vidas y terminar con los tormentos. Cuando salieron de la cárcel habían perdido todas sus pertenencias.

Hay un detalle todavía más increíble: dos de los empresarios enemigos de los hermanos Iaccarino, Bruno Chezzi, presidente de las empresas Equino Química y de la compañía de Tierras y Hoteles de Alta Gracia, y otro empresario, Vicente García, quienes eran los que habían movido a Martínez de Hoz en contra de los hermanos, acompañaron a la escribana en esa oportunidad, para ayudar a convencer a las víctimas de firmar porque si no sus vidas peligraban definitivamente. O entregaban todos los bienes o terminaban en el Río de la Plata tirados desde aviones de la Marina. Como era costumbre.

Esto ocurrió en la Argentina. La misma que tiene un papa, una reina con corona y un rey de la redonda. Y los peores crímenes de la humanidad. De una crueldad inaudita. Permitidos y ordenados desde el poder. Nuestros militares, nuestra policía pero también nuestros empresarios, es decir, también nuestros civiles, los políticos que aceptaron sonrientes ministerios y otros cargos y que hoy viven y pasan su vejez muy tranquilos en sus countries. Y obispos que daban la comunión en la Catedral a los desaparecedores. Un período donde reinó la malicia y lo peor del ser humano: la crueldad extrema. Los hermanos Iaccarino colgados y sometidos a la picana eléctrica para que dejen sus propiedades a los del poder. Un tiempo que nuestros nietos no comprenderán jamás.

Los hermanos Iaccarino tendrían que ser paseados oficialmente por todas las ciudades y pueblos del país, por todas sus universidades, por todos sus centros culturales para que relaten sus experiencias de empresarios que habían cometido el pecado de desafiar a las grandes empresas con un nuevo método de comerciar, más humano y más democrático. El 20 de abril comienza el juicio contra sus últimos represores de El infierno y sobre cómo allí debieron renunciar a todas sus propiedades ante una escribana oficial. Ojalá que también se haga el juicio con los empresarios que se prestaron con la dictadura de la de-saparición de personas para engrandecer su poderío eliminando a la competencia. Por fin: juicio a los civiles y uniformados que faltaron de esa manera tan atroz a la dignidad humana.
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jueves, 16 de mayo de 2013

MARIO GOLOBOFF

María Luisa

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

En los años mozos, sospechábamos, intuíamos o deseábamos que existiera una vaga entelequia a la cual hoy apenas si podría definir: algo así como “un tango de izquierda”. Pensábamos que el difundido en clubes, bailes y cafetines coincidía poco con nuestras aspiraciones sociales, y tal vez sólo reflejaba un pensamiento conservador populista, que no se correspondía con la lucha de clases ni con los verdaderos intereses de los desposeídos. Ignorábamos, como suele ocurrir con casi todas las generaciones, lo que teníamos prácticamente al lado, a pocos años vista y en nuestro propio campo.

En la presente historia, el personaje protagónico ayudó bastante a mantenerla oculta. Hacia el tiempo en que los tangos “Cuando llora la milonga” o “Pa’l cambalache” se hicieron públicos y bastante conocidos (cantados hasta por don Carlos Gardel, alguno por Agustín Magaldi, por Ignacio Corsini, por Agustín Irusta, por Azucena Maizani y Mercedes Simone, por Charlo y Ada Falcón), estaban firmados por Luis Mario o por Mario Castro; nunca fue demasiado sabido que bajo esos seudónimos se amparaba la periodista María Luisa Carnelli, nacida en La Plata, en una casa cercana al Bosque, un 31 de enero de 1898 y, lo que sería una de las explicaciones plausibles para sus tempranas y fervientes adhesiones, en un hogar con otros nueve hermanos. Sin duda, algunos de ellos la inclinaron y empujaron hacia el tango, aunque también, se dijo, la censura masculina fue muy fuerte y ella misma declaró: “Mi padre, por supuesto, jamás supo que era yo quien los escribía. El no quería que yo fuera demasiado libre”. Su primer trabajo importante en la materia es de 1927 y está dedicado a Carlos de la Púa, nacido también en La Plata y llamado en realidad Carlos Raúl Muñoz y Pérez, aunque sus amigos lo apodaban “el malevo Muñoz”. Por ello, la obra fue titulada justamente “El malevo”, musicalizada por Julio de Caro, quien la llevó al disco en versión instrumental y lo grabó Rosita Quiroga. Después vinieron “Primer agua”, “Dos lunares”, “Moulin Rouge” (igualmente con música de Julio de Caro), “Cuando llora la milonga” (musicalizado por Juan de Dios Filiberto), “Mineros de Asturias” y muchos más. Hubo también algún estilo, alguna zamba y hasta rancheras y habaneras. Textos donde la voz lírica ocupa el rol masculino y subraya el lenguaje lunfardo de los mismos, como en “Quiero papita” (“Yo soy... un gil / quién me mandó/ tener mujer. / Yugar pa’vos / y no poder / tirarme un par / de lindos mangos / a la marchanta, / si es mi placer”) o en “Primer agua” (“Pa’gambetearle a la mishiadura/ entró a trabajar de engrupidor, / a un mixto le dio en la matadura / y de prepo al reaje conquistó”).

Pero no sólo respecto de la música popular fue transgresora; políticamente, se ubicó muy temprano en una izquierda entre anarquista y comunista, renunciando así a su origen medianamente burgués. Además, se casó joven, tuvo un hijo, y poco tiempo después se separó, ganándose la vida como periodista. Publicó artículos en diarios y revistas: Crítica, Noticias Gráficas, La Nación, Clarín, Caras y Caretas, El Hogar, Fray Mocho, Atlántida y otras. Desde muy joven, escribió poemas y se vinculó con círculos literarios de la izquierda, especialmente con los hermanos González Tuñón: el mayor, Enrique, tan querido por Raúl y autor de algunos títulos bellos y famosos (Camas desde un peso, La calle de los sueños perdidos), fue su pareja por cierto tiempo, y hasta algunos de sus tangos les fueron adjudicados a ellos. Su primer libro fue Versos de mujer, lo continuaron Rama frágil, Poemas para la ventana del pobre y otros más. El primero en prosa, Quiero trabajo, fue elogiosamente comentando por el intelectual faro de la época, Aníbal Ponce. Publicó muchos textos dedicados al movimiento obrero español y a los acontecimientos de España, escritos mientras estuvo allí como corresponsal de revistas y diarios, un tipo de cobertura que se daban en el momento intelectuales de todo el mundo que querían apoyar in situ a la República.

Contratada por el diario El Sol, de Madrid, a comienzos de la sublevación franquista, se sabe que visita el frente de guerra en Carabanchel en abril de 1937 y es testigo del combate entre dinamiteros de la República y tropas facciosas. El 14 de julio firma un artículo titulado “Cuerpo a cuerpo”, donde narra el asalto de unidades marroquíes franquistas contra los parapetos que defienden Madrid y se fotografía con mandos de la brigada que defiende el sector, realiza un reportaje sobre el hospital de heridos, escribe la crónica de los hombres de la 24ª Brigada Mixta y una nota sobre la importancia de mantener lejos a las niñas y niños de la artillería criminal facciosa. Hacia finales de julio, interviene en el congreso popular de solidaridad convocado por el Comité Provincial del Socorro Rojo Internacional, comparte la mesa directiva con los líderes de la defensa de Madrid, el general José Miaja y el comisario de las Brigadas Internacionales Luigi Longo (quien combatía con el seudónimo de “Gallo”; el mismo que, en 1964, tras la muerte de Palmiro Togliatti, sería secretario del PCI). El 2 de agosto, en la comida organizada por el Socorro Rojo Internacional en Madrid, María Luisa recita el poema “Madrid-Noviembre”, que consagra el heroísmo de los madrileños. También en noviembre asiste a las trincheras de la sierra de Madrid y comparte hambre, frío y penurias con los milicianos instalados allí, a quienes intenta levantar la moral con su presencia y sus palabras, que reflejará luego en la crónica. Por esa época, asimismo, se encarga de la sección femenina en la revista Blanco y Negro, semanario cultural del ABC, y además publica varias colaboraciones en el propio diario: “Veteranos y reclutas”, “Guarderías infantiles”, “La siembra de la nueva cultura”. Finalmente, para su despedida por regresar a la Argentina, el Socorro Rojo organiza un acto en septiembre del ’38 con la presencia de mandos del ejército popular de la República, entre ellos el comandante Carlos (Vittorio Vidali o José Díaz, el legendario fundador del Quinto Regimiento) y el coronel Ortega (jefe de la Columna Ortega, que integró la 40ª Brigada Mixta), y de la poeta María Teresa León. Emocionada, María Luisa aseguró que mantendría su compromiso con la República y lo llevaba a su país desde la Península Ibérica.

Uno de los últimos hechos curiosos de su vida, que los tuvo tantos, fue que hacia los ’50, durante el primer peronismo y en medio de la justa reivindicación de las producciones nacionales, intentó con Sebastián Piana introducir el “Tam Tam”, pero Raúl Apold no le dio ningún curso. Lo cuenta en un reportaje que se le hace pocos años antes de morir, en el que agrega: “Ha habido una penetración imperialista de fabulosos capitales que ha permitido que el tango vegete, mientras los demás ritmos lo iban ahogando. Hubo épocas en que se obligaba a ejecutar un 50 por ciento de música nacional. Fue cuando a mí se me ocurrió crear ese nuevo ritmo. Que para mí era muy argentino”. Falleció el 4 de mayo de 1987, en el umbral de los 90 años.

* Escritor, docente universitario.
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miércoles, 15 de mayo de 2013

ARIEL DORFMAN

Despedida y amanecer

Para las familias de Francisco Gomes de Medeiros,
Alfredo Villatoro y Regina Martínez

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

Aunque sea la última palabra que escriba, mi amor,
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última, mi amor,
la última mía,
la última tuya,
la última que leas,
la última verdad
que sea y que leas,
la última que viva,
la última que escriba,
la última que viva y respire y escriba,
no voy a cejar, mi amor,
no vamos a dejar
que venza
la insanta muerte
y la feroz resaca de la maldad.

Esta es mi casa, tu santa tierra,
la única que nos queda
como defensa,
mi palabra como única ofensa
contra la guerra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
la última, la última, la última palabra
que sea, por pequeña que se vea, por lejana que se lea,
contra la insanta muerte insana,
solo queda esta verdad
como única defensa de tu pobre tierra humana,
esta palabra,
aunque sea la última
aunque sea la última palabra,
aunque sea la última que escriba, mi amor,
mi país, mi comarca, mi familia, mi comuna,
aunque sea la última ventura,
aunque sea la última, mi amor,
aunque sea
aunque sea
aunque sea
la última ventana
en nuestra casa que se quema.

* Poema escrito por el escritor chileno para la campaña de Amnesty contra el asesinato de periodistas en América latina, muchos de ellos en México.
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martes, 14 de mayo de 2013

NOÉ JITRIK

Silencio

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

Uno de los primeros libros de José Saramago, Levantado del suelo, empieza con una sentencia más o menos como ésta: “Lo que más abunda en la tierra es el paisaje”. Gran verdad: el paisaje es tan eterno como la visión: mientras haya ojos y mirada y distancia habrá paisaje, o sea una distribución de objetos terrestres en un espacio, no importa cuán destruidos estén: Hiroshima devastada es, a los ojos de los que se salvaron, tan paisaje como el apacible, a veces, Popocatepetl, visto desde Nepantla. De modo que, quitándole a la palabra paisaje el prestigio que le ha dado la pintura, se podría decir que es eterno, que está en todas partes y perdurará mientras haya un hombre sobre la tierra y algo que ver a la distancia. Casi todo el mundo posee la noción del paisaje, aunque hay algunos que la ignoran o son indiferentes a ella: llevado a la cima del Mont Blanc, desde donde se divisa una extensión enorme y profunda, el poeta Paul Valery exclamó “¡Qué es lo que hay que ver!”.

Suponiendo que no quede ningún ser humano sobre la Tierra –lo que no es del todo delirante, como nos lo enseñó la ciencia ficción–, habría que preguntar qué pasa con los átomos: ¿seguirán existiendo o será necesario, para que perezcan, que todo el planeta estalle y, hecho polvo inerte, se pierda en el infinito –vaya uno a saber– cósmico?

Otras cosas terrestres gozan de parecida situación, el agua por ejemplo, sólo que, como se sabe, recibe la designación de “recurso natural”, probablemente agotable: ¿puede uno imaginar, siquiera, un mundo sin agua, mares resecos, ríos de pura piedra, ausencia de lluvia, extinción de las napas? Si el agua se termina, y si no se inventa algún sustituto, se termina la vida y con ella la mirada, de modo que la eternidad que admitíamos en el paisaje en este caso sería sólo duración, aunque, sería una rareza, por ahí queda algún sobreviviente que jamás tiene sed. El viejo enfrentamiento entre espacio y tiempo, mediado, desde luego, por el hombre. Es, guardando las proporciones, como si fuera a extinguirse el aire: eso es casi impensable pese a los esfuerzos que hacen los seres humanos para lograrlo.

Hay otros elementos que suscitan parecidas reflexiones, de la eternidad a la catástrofe, como ocurre con el petróleo: Arabia Saudita vive como si las reservas de petróleo que posee no se fueran a agotar jamás. Craso error, según quienes entienden de estas cosas aun sin ser filósofos. Se podría afirmar, por lo tanto, que es posible y aun practicable una clasificación de elementos terráqueos, incluido Dios, que gozan de eternidad, otros sólo de duración y la duración puede ser corta, mediana o larga, pero siempre será duración y siempre será previsible o calculable. Es más, existe también la esperanza de recuperar estos elementos, cuando se extingan o un poco antes, hallándolos en otros planetas y sacándolos de ahí para aprovecharlos aquí. Ocurrirá o no pero es innegable que esa alternativa está en la cabeza de muchos, sabios o practicones: es un alivio, qué duda cabe.

Esos elementos, a su vez, pueden ser de dos tipos: unos muy materiales (agua, petróleo, minerales), otros virtuales, como lo es el paisaje, que sólo existen si media una mirada humana. Los primeros están ahí, antes y después de ser descubiertos, suelen ser objeto de uso o de explotación; los otros no están en ninguna parte y están en todas, pero como el paisaje es también tierra y algo sobre ella se constituye, ese carácter virtual es menor que el del silencio, que nos rodea y envuelve, en el cual navegamos sin movernos, producido por una falta, no por algo que lo produzca.

Pero tanto está que sin el silencio no podríamos entender casi nada; si no hubiera silencios en la música o en la poesía no podríamos comprender nada menos que el ritmo que es lo que marca el acuerdo que hay entre nuestras palpitaciones y lo que está en el exterior. Es cierto que en ocasiones, el silencio se busca y en otros se impone, pero también lo es que la mayor parte de los humanos lo rehúye, no lo quiere, e inventa mil maneras de conjurarlo o de reducirlo lo más posible. Esto no es ninguna novedad: la sociedad ama el ruido o, en el mejor de los casos, el sonido, pero hay diferencia entre ambas argucias para reducirlo: el ruido lo expulsa, el sonido lo contiene y absorbe, porque el sonido implica pausas, lo hace comprensible e identificable, el sonido nos dice, el ruido nos tapa.

Al atardecer, en la montaña, el silencio asalta y el ser humano se sobrecoge; sobreviene una suerte de angustia que se quiere conjurar rápidamente, pero eso también se produce en las casas de las ciudades cuando alguien se queda solo: el miedo al silencio es, entonces, universal, así como lo es el silencio mismo, e inexplicable porque en principio podría ser gratificante, muchos dicen querer buscarlo o lo piden con irritación cuando hay demasiados rumores, pero son los primeros en clausurarlo cuando, por ejemplo, aplauden demasiado pronto, creyendo que lo gratifican, a un ejecutante o cuando sufren porque, de pronto, la conversación entra en un instante de reflexión y todos callan.

¿De dónde procede esa angustia? Yo tiendo a creer que brota porque en el preciso instante en que se produce regresa algo así como la noche prehistórica, vuelve el terror que conmovió al primer hombre cuando la inmensidad lo inundaba y su refugio era insuficiente para protegerse y, sobre todo, cuando llegaba la noche y los rugidos, mugidos, aleteos, vibraciones, declinaban y lo ponían a merced de todo lo que no comprendía de un universo cuya imponencia podía aplastarlo. De ahí, creo, de esa memoria perdida que tiene su residencia en cada ser humano surge, por un lado, el sentimiento de lo sagrado y, por el otro, el más elemental del terror. Ignoro si la necesidad de anularlo que parece ser el signo de nuestras sociedades es una cosa o la otra; sólo me atrevo a pensar que ahí están sus raíces como, por otra parte, la mayor parte de nuestros miedos.
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lunes, 13 de mayo de 2013

RODOLFO WALSH

FERIA DEL LIBRO › PRESENTACION DE LOS CUENTOS COMPLETOS DE RODOLFO WALSH
“Al profundizar sus búsquedas, Walsh pateó el tablero”
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La edición del libro fue la excusa ideal para que Ricardo Piglia, Jorge Lafforgue y Juan José Delaney reflexionaran con lucidez sobre la obra del autor de Variaciones en rojo. Hubo discrepancias sobre la tensión existente entre literatura y política.

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha
Por Silvina Friera

Un momento extraordinario, de esos en que los testigos repetirán “yo estuve ahí”, se vivió el sábado por la noche en La Rural. Si la feria es en sí misma una experiencia excepcional en los trayectos que año tras año bosqueja entre los lectores y los libros, la presentación de los Cuentos completos de Rodolfo Walsh, preparada y prologada por Ricardo Piglia, fue uno de los acontecimientos de esta 39ª edición que termina hoy. Pocas veces ocurre que el tiempo no alcanza. Lo dijo uno de los editores, Daniel Divinsky, cuando Juan José Delaney, Jorge Lafforgue y Piglia, en un intercambio de ideas de alto vuelo –no exento de alguna que otra discrepancia– debían entregar la Sala Javier Villafañe. Antes de zambullirse en la materia, conviene calibrar algunas cuestiones. El volumen presentado por Ediciones de la Flor incluye los cuentos publicados por Walsh entre 1950 y 1968. A Un kilo de oro, Los oficios terrestres, Variaciones en rojo, Cuento para tahúres y otros relatos policiales y Zugzwang/Un oscuro día de justicia, se suman muchos textos que aparecieron en revistas pero que no fueron nunca recogidos en un libro, como “Cosa juzgada”, y un relato inédito, “Quiromancia”, además de una carta a Donald Yates y dos entrevistas al autor, realizadas en la década del ’70. Este conjunto permite, como se indica en el prólogo, “seguir el itinerario de un escritor cuyas decisiones políticas han sido usadas muchas veces como marco demagógico de lecturas distorsionadas o triviales”.

La obra de Walsh es “excepcional”; varios hitos no dejan lugar a dudas sobre esta afirmación. “En el género policial, supo escribir notables cuentos en la órbita clásica, que Borges había llevado entre nosotros a su máxima expresión; luego, con la intromisión del comisario Laurenzi, produjo una serie de relatos que buscaban adaptar al territorio y las costumbres locales las rigurosas reglas del policial inglés; no obstante, al profundizar sus búsquedas, patea el tablero: Operación Masacre ha de constituirse en el antecedente más radical del género negro en estas orillas del Plata –planteó Lafforgue–. Pero este texto emblemático abre al menos otra vertiente en el campo literario: el periodismo de investigación, que él mismo supo alimentar luego con otros trabajos y que mostró un camino provechoso, el de las historias de vida o relatos testimoniales.” Los procedimientos del policial le brindan “un andamiaje de suspenso en curso y enigma a develar”, pero para La-fforgue el narrador también pone en juego “un cruce de géneros –policial y periodismo– que a la vez que los anula como exponentes puros, diseña una instancia superadora, que abre las compuertas a lo que se dio en llamar ‘nuevo periodismo’”.

Por si hiciera falta fundamentar más lo “excepcional”, hay dos extraordinarios libros de cuentos: Los oficios terrestres y Un kilo de oro, donde se hallan varios textos antológicos de la literatura argentina del siglo XX, como “Esa mujer”, “Nota al pie”, “Cartas” y “Fotos”; además de la serie de los irlandeses que se completa con Un oscuro día de justicia. “Su escritura no oscurece ni manda al olvido el reconocimiento de su militancia política”, subrayó Lafforgue. “En las huellas de los pasos que marcan los despliegues de su escritura, puede leerse la evolución ideológica de Walsh.” El crítico se detuvo, inicialmente, en el Walsh de la década del cincuenta, cuyas convicciones políticas “fluctuaban entre un antiperonismo moderado y un breve acercamiento al nacionalismo”. Que los vientos de la historia y su pensamiento lo llevaran hacia “un socialismo cada vez más acentuado” no implicó un “proceso lineal y sin contradicciones”. En esa lucha declarada y entrega sin medias tintas se suceden el semanario de la CGT de los Argentinos, el diario Noticias, la prensa clandestina y sus últimas cartas que señalan “pasos decisivos en la radicalización de su pensamiento, cuyo mayor compromiso se da en su militancia en las filas de Montoneros”. No se trata de leer esta última etapa, apuntó Lafforgue, enfrentando la militancia política con la escritura. “Sin duda Walsh se pronunció a favor de la acción revolucionaria, aunque sin abjurar para siempre de la palabra escrita. Las vacilaciones y ambigüedades que lo tensionaron a lo largo de toda su vida no se disolvieron durante el período de la lucha armada. Antes bien, afloraron al rojo vivo. Y si los renunciamientos de Walsh son duros e impiadosos es porque responden a un mandato ético. Toda elección supone abandono. Walsh elige las armas y abandona la máquina de escribir.” Pero como ningún escritor puede evadir su pasión más honda, él encontró en la máquina de escribir su arma más eficaz. “La moral nunca se juega en un solo frente. Y Walsh, escritor y militante, lo sabía.”

Piglia recogió el guante para postular que el estilo de Walsh “es uno de los grandes estilos de la literatura argentina”. No sólo en la ficción, sino también en sus textos políticos. “En muchos casos, su estilo se servía como crítica política a cierta retórica de la izquierda, a cierto exceso en el uso del lenguaje que suele ser tradicional en la cultura de izquierda. Walsh se asombraba con la idea de por qué tenemos que decir ‘proletarios del mundo, uníos’. El decía ‘proletarios del mundo, uníos por favor’ –recordó el autor de Blanco nocturno–. Al hacer una broma sobre ese clisé de la escritura de izquierda, estaba buscando un camino por el cual el lenguaje pudiera ayudarnos a establecer conexiones.” En los cuentos, agregó Piglia, es donde se percibe con mayor nitidez la capacidad de narrar una historia dejando el suspenso. “El escribe ‘Esa mujer’ y nunca nombra a Eva Perón. Yo enseñaba ese texto en Estados Unidos y tenía que explicar quién es Eva Perón porque ese relato se puede leer como el conflicto entre dos hombres por el recuerdo de una mujer. El relato insinúa el contexto político, pero la decisión estilística de Walsh es sustraerlo para que sea el lector quien construya el sentido –explica–. No es de esos narradores despóticos que le imponen al lector el mundo que está narrando sin vacilación.”

Piglia, generoso con sus lectores y con el público que lo escuchaba, amplió el horizonte de las interpretaciones. “Los cuentos de Walsh son el momento más alto de su escritura. En un sentido, creo que le pasó lo mismo que a Borges, pero al revés. Muchas veces las ideas políticas de Borges obstaculizaron su lectura. Hubo grandes debates en los años ’60 respecto de cómo hacer con este escritor, que tenía posiciones conservadoras, reaccionarias y por momentos racistas, para superar ese obstáculo y poder ver en sus textos posiciones políticas que no necesariamente eran la mismas que se estaban sosteniendo en la escena política. En el caso de Walsh, muchos van a leer sus cuentos esperando una poética del realismo socialista y se van a encontrar con un trabajo muy sutil de reconstrucción de los contextos sociales, la presencia de los mundos políticos, de las desigualdades sociales, de las situaciones de injusticia, pero narrados con la suficiente elegancia para que sea el lector el que termine por construir el sentido de lo que está leyendo –comparó–. Debemos reconocer en Walsh a alguien que fue capaz de llevar su compromiso político a la acción práctica, pero debemos reconocer que esa acción práctica no nos da el derecho a ver sus textos como si estuvieran ligados de un modo mecánico a esa posición política. Su intervención como militante estuvo siempre ligada a la no ficción. Como si hubiera pensado que comprometer la escritura suponía dejar la ficción de lado por su cualidad ambigua, y buscara por el lado de sus textos periodísticos, de sus investigaciones, un tipo de escritura que pudiera ser capaz de construir de una manera más directa el desciframiento.”

Un elemento clave de la obra de Walsh –precisó Piglia– es la tensión entre narración e información, “una de las grandes tensiones del mundo contemporáneo”. “Vivimos en una cultura donde la información es incesante y por lo tanto tenemos la sensación de estar mal informados, porque la circulación tiene tal velocidad y la manipulación tiene tal cualidad demoníaca que debemos buscar la información por otro lado; la información que está disponible es abusiva y difícil de descifrar como verdadera. La narración nos tranquiliza respecto de ese uso de la información. Leemos literatura porque encontramos el cierre de cierto tipo de historia.” Piglia invocó la teoría del cuento de Poe, en un momento en que el periodismo de masas empezaba a expandirse. El cuento –según Poe– debe mantener el suspenso y generar un tipo de interés por el cual el lector lo lea sin interrumpir. “Esto es justamente lo contrario de la información, que es una lectura salteada en la que nunca llega el desciframiento, sino la pausa para que luego la información continúe.” Desde el origen de la literatura moderna está esa tensión entre el mundo de la narración y de la información. “La información nos pone en un mundo lejano frente al cual no somos sino espectadores más o menos indignados o compasivos respecto de lo que estamos viendo, pero nunca podemos tener un tipo de intervención personal. Mientras que la literatura es todo lo contrario: funciona cuando el que lee un texto se siente convocado y lo que se está narrando es una experiencia que podría haber sido la suya.”

La literatura de Walsh –continuó Piglia– se juega en ese movimiento en el que interviene en el mundo de la información, tratando de reconstruir informaciones que alteren la manipulación, como en Operación Masacre. “Walsh se toma el trabajo de reconstruir muy cuidadosamente el modo en que esos fusilamientos son ilegales, y lucha contra toda la información que está circulando sobre quiénes son esos peronistas ejecutados y todas las campañas de prensa para convertir en subversivos a un grupo de personas que se ha reunido. Pero lo importante del libro, sin embargo, no es eso, sino la reconstrucción de la vida de esos individuos –aclaró–. Walsh es capaz de combinar el desciframiento de la información con la experiencia de esos obreros de Avellaneda que se juntaron para escuchar la pelea de Lausse.”

Lafforgue señaló que el trabajo de Walsh como narrador y periodista se canaliza a través de dos poéticas: la de la elipsis y la testimonial. “Estas dos vertientes no siempre son independientes, no siempre corren por canales paralelos. Muchas veces se cruzan, como en Operación Masacre o ¿Quién mató a Rosendo? Yo no estoy del todo de acuerdo con que el valor de Operación Masacre sean esas historias de vida que dan cuerpo y crean un clima extraordinario. Está eso y está la verdad que busca y deja al descubierto: el asesinato de esos militantes en el régimen de la Libertadora.” Piglia registró esta objeción y aseguró que la experiencia se transmite de un modo elíptico. “Nunca las cosas se dicen de una manera directa como muchas veces el periodismo se ilusiona que se puede decir. La ficción tiene una lógica propia; es como si Walsh hubiera dicho: ‘Si uno quiere hacer literatura política, tiene que hacer no ficción’. Tiene que ir a la realidad, investigar, traer los problemas, conectarse con la gente, escucharla hablar. De qué sirve una denuncia directa convertida en una novela, si luego se estetiza y su efecto está mediado. Si Walsh hacía una novela con esos materiales de las investigaciones, no hubiera tenido ninguna eficacia.”

Lafforgue destacó la importancia de la carta de Walsh a Donald Yates, catedrático norteamericano que se dedicó al género policial en América latina, que figura en el apéndice de los Cuentos completos. “Me llamó poderosamente la atención cuando hace el elogio de Macedonio Fernández y cómo incita a Yates a venir a la Argentina para estudiar a uno de los grandes escritores semiocultos.” Delaney recordó que en esa carta está insinuado “su enorme desprecio por Sabato, a quien veía como un héroe impuesto”. Piglia aseguró que en ese tiempo, en el año ’64, veía a Walsh con frecuencia. “Iba diez días al Tigre y volvía con media página escrita y para mí era una lección. Los escritores argentinos son muy apurados.”
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domingo, 12 de mayo de 2013

HORACIO VERBITSKY

Salvaje como él

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

Desde hace unos días la película sobre Néstor Kirchner está produciendo un fenómeno tan asombroso como lo fue la irrupción inesperada de su protagonista en la política argentina, hace ahora diez años.

Son cien minutos documentados y compaginados sin comentarios ni talking heads que expliquen lo que es evidente. “Un documento de Adrián Caetano”, dice en los títulos. Ese documento sobre Kirchner ya atrajo a decenas de miles de personas que lo han visto en Internet, sin autorización de sus productores, sin publicidad, sin funciones compradas por sindicatos ni organizaciones, sin asistencia obligatoria, sin actos de lanzamiento ni palcos vip. Inesperado e incontenible.

Es difícil imaginar un retrato más fiel, producto de un artista que estuvo a la altura del privilegio que le confirieron, como cronista no sólo de la vida de un hombre, sino de una época. Se trata de una obra política, en la que las palabras del propio Kirchner y de su esposa permiten entender por qué el desconocido gobernador de la segunda provincia con menor población y densidad de habitantes por kilómetro cuadrado logró producir un punto de inflexión en la secuencia institucional del país, de ruptura definitiva con la herencia dictatorial, pero también de superación de los límites que en los veinte años previos a su llegada produjeron una democracia timorata, a espaldas de las necesidades populares. Lo dice el propio Kirchner en un tramo de su primer discurso presidencial: aquella que concluyó el 25 de mayo de 2003 era una democracia que en su primer turno se conformaba con asegurar la relativa subordinación de las Fuerzas Armadas y en el segundo medía su éxito por las ganancias extraordinarias del capital más concentrado.

Una característica llamativa es el quiebre cronológico de esta rapsodia, que en forma gradual y para nada retórica va exponiendo la coherencia de su retratado a través de tres décadas. No hay un solo fragmento de sus discursos que desentone o resulte contradictorio. La narración puede saltar de 1991 a 1982, de 2005 a 1999 o a 2010, sin que se altere una corriente de ideas y actitudes. Ese es un hallazgo notable de montaje cinematográfico, más propio del cine de ficción que del documental, pero que aquí se revela potente y persuasivo.

Otro tanto puede decirse del tratamiento que Caetano da a cada secuencia del material sobre el que trabajó. Sobresalen las contraposiciones de Kirchner con quienes lo precedieron en el gobierno, Raúl Alfonsín y Carlos Menem. En ambos casos, la intensidad estética está de un modo inusual al servicio de la comprensión política. En el primero, el mérito está en la elección del metraje de ambos durante la Convención Constituyente de Santa Fe. En el segundo, en el trabajo de filtros y máscara sobre un plano de Menem y Kirchner que a primera vista no tenía nada de sobresaliente, pero al que logró extraerle con escasos recursos y enorme perspicacia su sentido más profundo.

Otra muestra de esa calidad narrativa puesta al servicio de la biografía está en la elección del momento para cortar una secuencia. El mejor ejemplo, pero no el único, es la filmación en la que Kirchner anuncia que su provincia ha recibido por fin los bonos con que la Nación le pagó las regalías petroleras atrasadas. Termina el mensaje que se emitió por la televisión de Santa Cruz, pero Caetano deja que el tape continúe, hasta el momento en que el gobernador celebra, sin poder contenerse, lo que esos 600 millones de pesos significan para una provincia que no podía contar más que con sus propios recursos, y desde cuyo gobierno anticipó lo que después haría en la Nación. Ahí están enteros su personalidad y su proyecto. Otro momento descollante es la yuxtaposición del discurso despectivo e incendiario del líder de una de las cámaras patronales agropecuarias, con los miles de litros de leche volcados desde un camión tanque. Hasta las piedras pueden entender de qué se trata.

Y además está la intimidad, pero capturada en público. El amor entre Néstor y Cristina luego de treinta años de matrimonio impresionaba a quienes los vieron juntos en privado. No es el caso de Caetano, que sólo trabajó con imágenes de actos públicos. En ellos descubrió pequeños gestos, como el pañuelo con que ella le seca la frente el día del diluvio en el ex campo de concentración de La Perla, o las miradas de ambos el día en que el presidente le dijo a la Unión Industrial que ella sería mejor que él. Es inolvidable también otro beso, éste de pasión y erotismo, que dos hombres de una etnia indígena y vestidos como obreros se prodigan la noche en que el Congreso aprobó la reforma a la ley de matrimonio.

La alteración del tempo de algunas elocuciones de Kirchner, incluyendo silencios entre párrafos para hacerlas coincidir con la música imponente de Gustavo Santaolalla, enseña cómo un elaborado artificio puede conducir en línea recta hacia la más pura realidad. La banda sonora aporta en forma sutil al relato, en secuencias como la semana de los cuatro presidentes o las condenas a los policías de La Plata. El ojo del artista también se aprecia en la selección de escenas que un compaginador convencional desdeñaría, como la toma del helicóptero en el que se fue De la Rúa, o algunas de la represión en la Plaza de Mayo, atisbadas desde atrás de una bandera que según el viento muestra u oculta.

No hay ni una escena obvia en este relato de un director que se permitió la misma incorrección política que distinguía a su personaje, quien aparece en compañía de muchos actores políticos equivocados. Lo que le importa al director y lo que realza la calidad de su trabajo es Kirchner y sus actos, no a quiénes tenía cerca en cada momento ni la conveniencia actual de mostrarlos. Tal vez por ser uruguayo y estar lejos de cualquier interna partidaria argentina se salvó de las borratinas vergonzosas con que a partir de 1922 se narró la Revolución Rusa.

Es una película hecha con el mismo salvajismo con que Kirchner se abrió paso en la historia argentina, el feliz encuentro de un autor con su personaje. Por fin, el homenaje que Néstor merecía.
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sábado, 11 de mayo de 2013

OSVALDO BAYER

La protesta, la memoria

Tomado del diario Página 12 del día de la fecha

En las últimas dos semanas he vivido momentos en los cuales se han producido protestas profundas y fue puesta en escena la Memoria del Pueblo. Protestas plenas de razones y llevadas al conocimiento público con diálogos y razones legítimas y demostradas.

Simón Radowitzky
sale en libertad luego de 21 años preso.
Por ejemplo, en Córdoba, donde visité el Archivo de la Memoria. Un lugar pleno de dignidad. Allí se atesoran todas las pruebas del período nefasto de la dictadura de la desaparición de personas. Allí están todos los rostros de los héroes del pueblo, víctimas de una dictadura despiadada y cruel en el más alto nivel de nuestra historia. Allí tocamos el tema “Exilio”, un capítulo al cual le falta un tratamiento más profundo en la política del renacer democrático. Allí, en el Archivo cordobés, tocamos precisamente el capítulo de los miles de exiliados de la última dictadura. Concurrieron exiliados que regresaron al país cuando se recuperó la democracia. Y también se puso en escena una obra teatral titulada precisamente Exilio. Justamente los organizadores presentaron la obra “para tratar de compensar olvidos y silencios a través de la memoria de los exiliados y de la música”. Fue una obra que trajo profunda emoción en el público, matizada con la música popular argentina que tanto extrañaban los exiliados en los largos años pasados en el exterior.

Mientras esto se desarrollaba en Córdoba, en Buenos Aires se estrenaba un film que relata paso a paso las consecuencias del cobarde crimen cometido por el coronel Ramón Falcón, como jefe de la Policía de la Capital Federal el 1º de mayo de 1909. Ese día, las columnas obreras –para recordar a los mártires de Chicago– marcharon por la Avenida de Mayo hacia el Congreso en una forma absolutamente pacífica. Al llegar esa columna a la Plaza del Congreso, el coronel Falcón ordenó recibirlos con una descarga de fusilería y luego atacar a sablazos con la caballería. Fue una verdadera orgía de sangre y al señor coronel no se le hizo ningún juicio por su cobarde actitud. En noviembre de ese año, un joven de 18 años, Simón Radowitzky, hizo justicia por su propia mano, arrojándole una bomba al orgulloso militar que murió poco después. El joven Simón actuó según el lema que tenían los socialistas libertarios: cuando en un país no hay justicia, el pueblo tiene derecho a hacer justicia por propia mano. Y lo hizo. El film Simón retrata toda la vida de este luchador tan sacrificado, ya que estuvo 21 años en la llamada “Siberia argentina”, la cárcel de Ushuaia, y cuatro años en la cárcel uruguaya de la Isla de Flores. El film es una verdadera joya de las producciones documentales que reflejan las justas protestas del pueblo.

Otra protesta positiva es la que han comenzado los docentes de las escuelas técnicas poniendo de relieve una vez más la importancia que debe tener la enseñanza en una democracia. En un documento muy explicativo titulado “Técnicos en busca de una revolución en la enseñanza” expresan: “Curiosamente, la educación propedéutica fue la que floreció en la historia latinoamericana, se sistematizó y se hizo obligatoria, gratuita y permanente. El futuro: las profesiones liberales. La educación técnica transitó otro camino, mucho más escabroso y discontinuo, y siempre a la sombra de la otra educación. Los vaivenes político-económicos nacionales y mundiales determinaron a lo largo de los dos últimos siglos, y las décadas del que transcurre, que la educación técnica fuera o no una prioridad, pero nunca tuvo el desarrollo permanente y autónomo que merecía dentro de la sociedad, ni se impulsó su progreso en los ámbitos de la investigación, la ciencia y la tecnología, que los distintos tiempos requerían”. Más adelante señalan: “Estamos dispuestos a construirla, pero sabemos que no podemos hacerla solos. Necesitamos seguir ampliando nuestros conocimientos en las especialidades que conforman los trayectos técnicos profesionales, en el marco de una formación competitiva y permanente. Necesitamos escuelas con la inversión, la infraestructura y los insumos que garanticen las oportunidades de desarrollo educativo y no que profundice las desigualdades. Somos técnicos de una revolución educativa”.

Una iniciativa que confía en lograr otra sociedad donde la educación técnica tenga una relevancia a la altura de los adelantos de las ciencias. Algo para tener en cuenta, más cuando parte de docentes de profundo conocimiento del material que trabajan con rigor científico.

Por último, otra protesta ha sido el movimiento para recuperar los terrenos y construcciones de la ex fábrica Campomar, en Lanús. En un comunicado señalan: “En diciembre pasado, la Comisaría 3ª de Valentín Alsina fue señalizada oficialmente como centro clandestino de detención y tortura durante la dictadura cívico-militar, dentro de lo que se conoce como el ‘Circuito Camps’. La ex fábrica Campomar está a tres cuadras de allí y también fue un centro clandestino que operó en conexión directa con dicha comisaría, pero el Estado nunca investigó. En agosto de 2012, ante una inminente demolición para que la empresa Electroingeniería construya un barrio de torres, formamos la Comisión de Vecinos de Lanús por Memoria, Verdad y Justicia en Campomar y reunimos diez testimonios de vecinos que aseguran que la ex fábrica funcionó como centro clandestino de detención, tortura, fusilamiento y enterramiento de cuerpos, entre 1976 y 1980”.

Más adelante señala el comunicado: “Para cerrar la tarea con los derechos humanos, la Cámara de Apelaciones de La Plata aceptó enterita la propuesta de Electroingeniería para que Gendarmería rastree la zona con un georadar, de acuerdo con el cronograma presentado por la propia empresa. El compromiso entre la Justicia y Electroingeniería fue éste: “Si encontramos huesos, la empresa va a avisar”. El juez Leopoldo Schiffrin firmó en disidencia “la vergonzosa decisión judicial” haciendo una certera evaluación de la situación, que contrasta con la decisión de la Cámara que integra. No es un detalle que quien firmó en disconformidad es el único de los jueces que realizó la inspección ocular sobre la calle Liniers en octubre de 2012, afirmando que la investigación no debe terminar en la búsqueda de huesos sino que se deben buscar más testigos, por lo menos por tres meses, y que el acuerdo entre la Cámara y Electroingeniería es inconstitucional.”

Por último, el comunicado termina diciendo: “Nosotros, en soledad, seguimos luchando hasta contra la propia Justicia para que se sepa la verdad de lo que pasó en Campomar en la noche más oscura de nuestra historia. Porque sin investigación no habrá Justicia en Campomar”.

La Memoria, la Protesta, los derechos humanos como premisa. El trabajo, la enseñanza. Pasos definitivos para una sociedad basada en la Libertad y la Igualdad.
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viernes, 10 de mayo de 2013

GILLES DELEUZE

Pensamiento nómada (Sobre Nietzsche)

Si nos preguntamos qué es o en qué se ha convertido Nietzsche hoy, sabemos bien en qué dirección hemos de buscar. Hay que mirar hacia los jóvenes que están leyendo a Nietzsche, descubriendo a Nietzsche. Nosotros, la mayor parte de los presentes, somos ya demasiado viejos. ¿Qué es lo que un joven descubre hoy en Nietzsche, que no es seguramente lo mismo que descubrió m¡ generación, como eso no era ya lo mismo que habían descubierto las generaciones anteriores? ¿Por qué los músicos jóvenes sienten hoy que Nietzsche tiene que ver con lo que hacen, aunque no hagan en absoluto una música nietzscheana, por qué los pintores jóvenes, los cineastas jóvenes se sienten atraídos por Nietzsche? ¿Qué está pasando, es decir, cómo están recibiendo a Nietzsche? Todo lo que en rigor podemos explicar desde fuera es el modo en que Nietzsche siempre reclamó, para sí mismo tanto como para sus lectores contemporáneos y futuros, cierto derecho al contrasentido. Da igual qué derecho, por otra parte, puesto que posee reglas secretas, pero en todo caso cierto derecho al contrasentido, del que hablaré enseguida, y que hace que no venga al caso comentar a Nietzsche como se comenta a Descartes o a Hegel. Me pregunto: ¿quién es, hoy, el joven nietzscheano? ¿El que prepara un trabajo sobre Nietzsche? Quizá. ¿0 es más bien aquel que, poco importa si voluntaria o involuntariamente, produce enunciados singularmente nietzscheanos en el curso de una acción, de una pasión o de una experiencia? Hasta donde yo sé, uno de los textos recientes más hermosos, y uno de los más profundamente nietzscheanos, es el que ha escrito Richard Deshayes, Vivir es sobrevivir, un poco antes de ser alcanzado por una granada en una manifestación (a). Quizá una cosa no excluye la otra. Acaso sea posible escribir sobre Nietzsche y además producir enunciados nietzscheanos en el curso de la experiencia.
Somos conscientes de los riesgos que nos acechan en esta pregunta: ¿qué es Nietzsche hoy? Riesgo de demagogia («Los jóvenes están con nosotros…»). Riesgo de paternalismo (consejos a un joven lector de Nietzsche). Y, sobre todo, el riesgo de una abominable síntesis. En el origen de nuestra cultura moderna está la trinidad Nietzsche, Freud, Marx. Da igual si todo el mundo se ha deshecho de ella de antemano. Puede que Marx y Freud sean el amanecer de nuestra cultura, pero Nietzsche es algo completamente distinto, es el amanecer de una contra- cultura. Es evidente que la sociedad moderna no funciona mediante códigos. Es una sociedad que funciona a partir de otras bases. Si consideramos, pues, no tanto a Marx y Freud literalmente, sino aquello en lo que se han convertido el marxismo y el freudismo, vemos que están inmersos en una suerte de intento de recodificación: por parte del Estado, en el caso del marxismo («es el Estado quien te puso enfermo y el Estado es quien te curará», porque ya no será el mismo Estado); por parte de la familia, en el caso del freudismo (la familia te pone enfermo y la familia te cura, porque no es ya la misma familia). Esto es lo que sitúa ciertamente, en el horizonte de nuestra cultura, al marxismo y al psicoanálisis como las dos burocracias fundamentales, una pública y otra privada, cuyo objetivo es realizar mejor o peor una recodificación de lo que no deja de descodificarse en nuestro horizonte. La labor de Nietzsche, en cambio, no es ésa en absoluto. Su problema es otro. A través de todos los códigos del pasado, del presente o del futuro, para él se trata de dejar pasar algo que no se deja y que jamás se dejará codificar. Transmitirlo a un nuevo cuerpo, inventar un cuerpo al que pueda transmitirse y en el que pueda circular: un cuerpo que sería el nuestro, el de la Tierra, el de la escritura…
Sabemos cuales son los grandes instrumentos de codificación. Las sociedades no cambian tanto, no disponen de infinitos medios de codificación. Conocemos tres medios principales: la ley, el contrato y la institución. Los hallamos bien representados, por ejemplo, en las relaciones que los hombres han mantenido con los libros. Hay libros de la ley, en los cuales la relación del lector con el libro pasa por la ley. Se les llama precisamente códigos en otros lugares, y también libros sagrados. Hay otra clase de libros que tienen que ver con el contrato, con la relación contractual burguesa. Ésta es la base de la literatura laica y de la relación comercial con el libro: yo te compro, tú me das qué leer; una relación contractual en la cual todo el mundo está atrapado: autor, editor, lector. Y hay, luego, una tercera clase de libros, los libros políticos, preferentemente revolucionarios, que se presentan como libros de instituciones, ya se trate de instituciones presentes o futuras. Y hay toda clase de mezclas: libros contractuales o institucionales que se tratan como libros sagrados…, etcétera. Todos los tipos de codificación están tan presentes, tan subyacentes, que los encontramos unos en otros. Tomemos otro ejemplo, el de la locura: los intentos de codificar la locura se han llevado a cabo de las tres formas. Primero, bajo la forma de la ley, es decir, del hospital, del manicomio - la codificación represiva, el encierro, el antiguo encierro que está llamado a convertirse, andando el tiempo, en una última esperanza de salvación, cuando los locos empiecen a decir: «Qué buenos tiempos aquellos en que nos encerraban, porque ahora nos hacen cosas peores». Y hay una especie de golpe magistral, que ha sido el del psicoanálisis: se sabía que había quienes escapaban a la relación contractual burguesa tal y como se manifiesta en la medicina, a saber, los locos, ya que no podían ser parte contratante por estar jurídicamente «inhabilitados». La genialidad de Freud consistió en atraer a la relación contractual a una gran parte de los locos, en el sentido más lato del término, los neuróticos, explicando que era posible un contrato especial con ellos (de ahí el abandono de la hipnosis). Fue el primero en introducir en la psiquiatría - y ello ha constituido finalmente la novedad psicoanalítica- la relación contractual burguesa, excluida hasta ese momento. Y después nos encontramos con las tentativas más recientes, en las cuales son evidentes las implicaciones políticas y a veces las ambiciones revolucionarias, las tentativas llamadas institucionales. He ahí el triple medio de codificación: si no es la ley, será la relación contractual, y si no la institución. Y en estos códigos florecen nuestras burocracias.
Ante la forma en que nuestras sociedades se descodifican, en que sus códigos se escapan por todos sus poros, Nietzsche no intenta llevar a cabo una recodificación. Él dice: esto no ha hecho más que empezar, todavía no habéis visto nada («la igualación del hombre europeo es hoy el gran proceso irreversible: habría incluso que acelerarlo.). En cuanto a lo que piensa y escribe, Nietzsche persigue un intento de descodificación, no en el sentido de esa descodificación relativa que consistiría en descifrar los códigos antiguos, presentes o futuros, sino de una descodificación absoluta: transmitir algo que no sea codificable, perturbar todos los códigos. Esto no es fácil, ni siquiera en el nivel de la mera escritura y del lenguaje. Sólo le encuentro parecido con Kafka, con lo que Kafka hace con el alemán en función de la situación lingüística de los judíos de Praga: construye, en alemán, una máquina de guerra contra el alemán; a fuerza de indeterminación y de sobriedad, transmite bajo el código del alemán algo que nunca se había escuchado. En cuanto a Nietzsche, él se siente polaco frente al alemán. Se sirve del alemán para poner en marcha una máquina de guerra que transmita algo que no se puede codificar en alemán. Eso es el estilo como política. En términos más generales, ¿en qué consiste el esfuerzo de este pensamiento, que pretende transmitir sus flujos por encima de las leyes, recusándolas, por encima de las relaciones contractuales, desmintiéndolas, y por encima de las instituciones, parodiándolas? Vuelvo otra vez al ejemplo del psicoanálisis: ¿por qué una psicoanalista tan original como Melanie Klein permanece aún en el sistema psicoanalítico? Ella misma lo dice a la perfección: los objetos parciales de los que habla, con sus explosiones, sus caudales, etcétera, son fantasías. Los pacientes aportan estados vividos, experimentados intensivamente, y Melanie Klein los traduce como fantasías. Ahí tenemos un contrato, específicamente un contrato: dame tus experiencias vividas, y yo te devolveré fantasías. Y el contrato implica un intercambio de dinero y de palabras. Aún más, un psicoanalista como Winnicott llega auténticamente al límite del análisis porque tiene la impresión de que, a partir de cierto momento, este procedimiento no es conveniente. Hay un momento en el que ya no se trata de traducir, de interpretar, de traducir en fantasías o de interpretar en significados o significantes, no, no es eso. Hay un momento en el que hace falta compartir y meterse en el ajo con el enfermo, hay que participar de su estado. ¿Se trata de una especie de simpatía, o de empatía, de identificación? Como mínimo, es ciertamente más complicado. Lo que sentimos es la necesidad de una relación que ya no sea legal, ni contractual, ni institucional. Y eso es lo que sucede con Nietzsche. Leemos un aforismo o un poema del Zaratustra. Material y formalmente, estos textos no se comprenden ni mediante el establecimiento o la aplicación de una ley, ni por la oferta de una relación contractual, ni a través de la instauración de una institución. El único equivalente concebible podría ser «estar en el mismo barco». Algo de Pascal que se vuelve contra el propio Pascal. Estamos embarcados en una especie de balsa de la Medusa, mientras las bombas caen a nuestro alrededor y la nave deriva hacia los glaciales subterráneos, o bien hacia los ríos tórridos, el Orinoco, el Amazonas, y los que van remando no se aprecian entre ellos, se pelean, se devoran. Remar juntos es compartir, compartir algo, más allá de toda ley, de todo contrato, de toda institución. Una deriva, un movimiento a la deriva o una «desterritorialización»: lo digo de manera muy imprecisa, muy confusa, porque se trata de una hipótesis o de una vaga impresión acerca de la originalidad de los textos nietzscheanos. Un nuevo tipo de libro.
¿Cuáles son las características de un aforismo de Nietzsche para que llegue a producir esta impresión? Hay una que Maurice Blanchot ha esclarecido particularmente en El diálogo inconcluso (b). Es la relación con el exterior. En efecto, cuando se abre al azar un texto de Nietzsche, se tiene una de las primeras ocasiones de soslayar la interioridad, ya sea la interioridad del alma o de la conciencia o la interioridad de la esencia o del concepto, es decir, aquello que siempre ha constituido el principio de la filosofía. Lo que confiere su estilo a la filosofía es que la relación con lo exterior siempre está mediatizada y disuelta por y en una interioridad. Nietzsche, al contrario, basa su pensamiento y su escritura en una relación inmediata con el afuera. ¿Qué es un cuadro bello o un gran dibujo? Hay un marco. Un aforismo también está enmarcado. Pero ¿a partir de qué momento se convierte en belleza lo que hay en el marco? A partir del momento en que sabemos y sentimos que el movimiento, que la línea enmarcada viene de otra parte, que no comienza en el límite del cuadro. Como en la película de Godard, se pinta el cuadro con el muro. Lejos de ser una delimitación de la superficie pictórica, el marco es casi lo contrario, es lo que le pone en relación inmediata con el exterior. Así, conectar el pensamiento con el exterior, eso es lo que, literalmente, nunca han hecho los filósofos, incluso cuando han hablado de política, de paseo o de aire libre. No basta con hablar del aire libre o del exterior para conectar el pensamiento directa e inmediatamente con el exterior.
«[…] Llegan igual que el destino, sin motivo, razón, consideración, pretexto, existen como existe el rayo, demasiado terribles, demasiado súbitos, demasiado convicentes, demasiado distintos para ser ni siquiera odiados […] ». Éste es el célebre texto de Nietzsche sobre los fundadores del Estado, «esos artistas con ojos de bronce» (Genealogía de la moral, II, 17). ¿0 es el de Kafka sobre La muralla china? «Es imposible llegar a comprender cómo han llegado hasta la capital, que está tan lejos de la frontera. Sin embargo, aquí están, y cada día parece aumentar su número […] Es imposible conferenciar con ellos. No conocen nuestra lengua. […] ¡Hasta sus caballos son carnívoros!» (c). Pues bien: lo que decimos es que estos textos están atravesados por un movimiento que viene del exterior, que no comienza en esa página del libro ni en las precedentes, que no se mantiene en el marco del libro y que es completamente distinto del movimiento imaginario de las representaciones o del movimiento abstracto de los conceptos tal y como éstos tienen lugar habitualmente mediante las palabras o en la mente del lector. Hay algo que se sale del libro, que entra en contacto con un puro exterior. En ello reside, según creo, ese derecho al contrasentido en la obra de Nietzsche. Un aforismo es un juego de fuerzas, un estado de fuerzas siempre exteriores las unas a las otras. Un aforismo no quiere decir nada, no significa nada, no tiene ni significante ni significado. Esas son formas de restaurar la interioridad del texto. Un aforismo es una relación de fuerzas en la que la última, es decir, al mismo tiempo la más reciente, la mas actual y provisionalmente la última, es también siempre la más exterior. Nietzsche lo plantea claramente: si queréis saber lo que quiero decir, hallad la fuerza que le da sentido, si es preciso un nuevo sentido, a lo que digo. Conectad el texto con esa fuerza. En este sentido, no hay problema alguno de interpretación de Nietzsche, no hay más que problemas de maquinación: maquinar el texto de Nietzsche, buscar la fuerza exterior actual mediante la cual transmite algo, una corriente de energía. Es aquí donde nos encontramos con todos los problemas que plantean algunos textos de Nietzsche que tienen resonancias fascistas o antisemitas… Y, tratándose de Nietzsche hoy, hemos de reconocer que Nietzsche ha sustentado y sustenta aún a muchos jóvenes fascistas. Hubo un tiempo en el que era importante mostrar que Nietzsche había sido utilizado, falsificado, deformado completamente por los fascistas. Eso se llevó a cabo en la revista Acéphale, con Jean Wahl, Bataille, Klossowski. Pero hoy ya no parece ser ése el problema. No hay que luchar en el terreno de los textos. Y no porque no se pueda luchar en ese dominio, sino porque esta lucha ya no es útil. Se trata más bien de encontrar, de asignar, de alcanzar las fuerzas exteriores que dan a tal o cual frase de Nietzsche un sentido liberador, su sentido de exterioridad. La pregunta por el carácter revolucionario de Nietzsche se plantea en el orden del método: el método nietzscheano es lo que hace que el texto de Nietzsche no sea ya algo acerca de lo cual hayamos de preguntarnos «¿Es fascista? ¿Es burgués? ¿Es revolucionario en sí mismo?», sino un campo de exterioridad en el que combaten las fuerzas fascistas, burguesas y revolucionarias. Planteado así el problema, la respuesta necesariamente conforme al método es ésta: hallad la fuerza revolucionaria (¿quién es el superhombre?). Siempre una apelación a nuevas fuerzas que vienen de fuera y que atraviesan y reformulan el texto nietzscheano en el marco del aforismo. Éste es el contrasentido legítimo: tratar el aforismo como un fenómeno que está a la espera de nuevas fuerzas que vendrán a «subyugarle», a hacerle funcionar o a provocar su estallido.
El aforismo no es solamente una relación con el exterior, sino que su se­gunda característica es estar en relación con lo intensivo, que es algo muy parecido. Sobre este punto, Klossowski y Lyotard lo han dicho ya todo. Esos estados vividos de los que hablaba hace un momento, cuando decía que no es necesario traducirlos en representaciones o en fantasías, que no hay que someterlos a los códigos de la ley, del contrato o de la institución, que no hay que canjearlos sino, al contrario, hacer de ellos fluidos que nos lleven siempre un poco mas lejos, más al exterior, eso es exactamente la intensidad, las intensidades. El estado vivido no es algo subjetivo, o al menos no necesariamente. Tampoco es individual. Es el flujo, y la interrupción del flujo, ya que cada intensidad está necesariamente en relación con otra intensidad cuando pasa algo. Eso es lo que sucede bajo los códigos, lo que escapa de ellos y lo que los códigos quieren traducir, convertir, canjear. Pero Nietzsche, con su escritura de intensidades, nos dice: no cambiéis la intensidad por representaciones. La intensidad no remite a significados, que serían como representaciones de cosas, ni a significantes, que serían como representaciones de palabras. ¿Cuál es entonces su consistencia, como agente y a la vez como objeto de descodificación? Esto es lo más misterioso de Nietzsche. La intensidad tiene que ver con los nombres propios, y éstos no son ni representaciones de cosas (o de personas) ni representaciones de palabras. Colectivos o individuales, los presocráticos, los romanos, los judíos, Jesucristo, el Anticristo, César Borgia, Zaratustra, todos esos nombres propios que aparecen y reaparecen en los textos de Nietzsche no son significantes ni significados sino designaciones de intensidad en un cuerpo que puede ser el cuerpo de la Tierra, el cuerpo del libro, pero también el cuerpo sufriente de Nietzsche: yo soy todos los nombres de la historia… Hay una especie de nomadismo, de desplazamiento perpetuo de las intensidades designadas por los nombres propios, que penetran unas en otras a la vez que son experimentadas por un cuerpo pleno. La intensidad sólo puede vivirse por la relación entre su inscripción móvil en un cuerpo y la exterioridad igualmente móvil de un nombre propio, y por ello el nombre propio es siempre una máscara, la máscara de un agente.
Tercer punto: la relación del aforismo con el humor y la ironía. Quienes leen a Nietzsche sin reírse mucho y con frecuencia, sin sufrir de vez en cuando de ataques de risa, es como si no lo hubiesen leído. Y esto no vale sólo para Nietzsche, sino para todos los autores que constituyen ese preciso horizonte de nuestra contra- cultura. Lo que manifiesta nuestra decadencia, nuestra degeneración, es la manera en que tenemos necesidad de recurrir a la angustia, a la soledad, a la culpabilidad, al drama de la comunicación y a todo lo que hay de trágico en la interioridad. Sin embargo, hasta el propio Max Brod nos cuenta que el auditorio no podía evitar partirse de risa mientras Kafka leía El proceso. Y es como mínimo difícil leer a Beckett sin reírse, sin ir de un rato de alegría a otro. La risa, y no el significante. Risa, esquizofrénica o revolucionaria, es lo que emana de estos grandes libros, y no la angustia de nuestro narcisismo privado o de los terrores de nuestra culpabilidad. Podemos llamar a esto «la comicidad de lo sobrehumano» o «el payaso de Dios», pero los grandes libros siempre irradian una indescriptible alegría, aunque hablen de cosas horribles, desesperantes o terroríficas. Todo gran libro opera en sí una transmutación y constituye una salud futura. No es posible dejar de reír mientras se desbaratan los códigos. Al poner el pensamiento en relación con el exterior, surgen momentos de risa dionisíaca, y en eso consiste el pensamiento al aire libre. Nietzsche se encuentra a menudo ante algo que juzga repugnante, innoble, vomitivo. Pero le hace reír. Si es posible, lo exagera. Dice: vayamos mas lejos, aún no es lo suficientemente asqueroso; o bien: es admirable lo repulsivo que es, es una maravilla, una obra maestra, una flor venenosa, al fin «el hombre empieza a ponerse interesante». Así es, por ejemplo, como Nietzsche considera y trata la mala conciencia. Pero siempre hay comentadores hegelianos, comentadores de la interioridad, que tienen atrofiado el sentido de la risa, y dicen: he aquí la prueba de que Nietzsche se toma en serio la mala conciencia, hace de ella un momento en el camino de la espiritualidad hacia sí misma. Sobre el modo como Nietzsche concibe la espiritualidad pasan de puntillas, porque huelen el peligro. Vemos, pues, que si Nietzsche da lugar a contrasentidos legítimos, también hay contrasentidos enteramente ilegítimos, los que recurren al espíritu de la seriedad, de la gravedad, al mono de Zaratustra, es decir, al culto a la interioridad. La risa de Nietzsche remite siempre al movimiento exterior de los humores y las ironías, y este movimiento es el de las intensidades, el de las cantidades intensivas que han expuesto Klossowski y Lyotard: juego de altas y bajas intensidades, o bien una intensidad baja que puede socavar la más alta e incluso igualarla, y también al contrario. Este juego de las escalas intensivas es lo que gobierna los vuelos de la ironía y los descensos del humor de Nietzsche, desplegándose como consistencia o cualidad de vivencia en su relación con el exterior. Un aforismo es una materia pura hecha de risa y alegría. Si somos incapaces de encontrar en un aforismo algo que nos haga reír, esa distribución de humor e ironía y ese reparto de intensidades, entonces no hemos entendido nada.
Y aún queda un último punto. Volviendo al gran texto de La genealogía sobre el Estado y los fundadores de imperios: «Llegan igual que el destino, sin motivo, razón», etcétera (d). Podemos reconocer en él a los llamados «hombres de la producción asiática». Basándose en las comunidades rurales primitivas, el déspota construye su máquina imperial que todo lo sobrecodifica con la burocracia y la administración que organiza las grandes obras y se apropia del excedente («en poco tiempo surge, allí donde aparecen, algo nuevo, una concreción de dominio dotada de vida, en la que partes y funciones han sido delimitadas y puestas en conexión, en la que no tiene sitio absolutamente nada a lo cual no se le haya dado antes un «sentido» en orden al todo»). Pero también podemos preguntarnos si este texto no reúne dos fuerzas que pueden distinguirse en otro sentido - y que Kafka, por su parte, distinguía y hasta oponía en La muralla china- . Cuando se investiga el modo en que las comunidades primitivas segmentarias han sido sustituidas por otras formaciones de soberanía, cuestión que Nietzsche plantea en la segunda disertación de La genealogía, vemos que se producen dos fenómenos estrictamente correlativos, pero del todo diferentes. Es verdad que, en el centro, las comunidades rurales quedan atrapadas y regladas en la máquina burocrática del déspota, con sus escribas, sus sacerdotes, sus funcionarios; pero, en la periferia, las comunidades emprenden una especie de aventura, con otra clase de unidad, nomádica en este caso, en una máquina de guerra nómada, y se descodifican en lugar de dejarse sobrecodificar. Hay grupos enteros que se escapan, que se nomadizan: no como si retornasen a un estadio anterior, sino como si emprendiesen una aventura que afecta a los grupos sedentarios, la llamada del exterior, el movimiento. El nómada, con su máquina de guerra, se opone al déspota con su máquina administrativa; la unidad nomádica extrínseca se opone a la unidad despótica intrínseca. Y, a pesar de todo, son fenómenos tan correlativos y compenetrados que el problema del déspota será cómo integrar, cómo interiorizar la máquina de guerra nómada, y el del nómada cómo inventar una administración del imperio conquistado. En el mismo punto en el que se confunden, no dejan de oponerse.
El discurso filosófico nació de la unidad imperial, a través de muchos ava­tares, los mismos que conducen desde las formaciones imperiales hasta la ciudad griega. E incluso en la ciudad griega el discurso filosófico mantiene una relación esencial con el déspota o con su sombra, con el imperialismo, con la administración de las cosas y de las personas (se encuentran todo tipo de pruebas de ello en el libro de Léo Strauss y Kojève sobre la tiranía) (e). El discurso filosófico siempre ha permanecido en una relación esencial con la ley, la institución y el contrato que constituyen el problema del Soberano, y que atraviesan la historia sedentaria que va de las formaciones despóticas hasta las democráticas. El «significante» es en verdad el último avatar filosófico del déspota. Si Nietzsche se separa de la filosofía es quizá porque es el primero que concibe otro tipo de discurso a modo de contra- filosofía. Es decir, un discurso ante todo nómada, cuyos enunciados no serían productos de una máquina racional administrativa, con los filósofos como bu­rócratas de la razón pura, sino de una máquina de guerra móvil. Acaso sea éste el sentido en el que Nietzsche anuncia que con él comienza una nueva política (lo que Klossowski ha llamado el complot contra la propia clase). Sabemos bien que, en nuestros regímenes, los nómadas no tienen cabida: no se escatiman medios para regularlos, y apenas consiguen sobrevivir. Nietzsche vivió como uno de esos nómadas reducidos a no ser más que su sombra, de pensión en pensión. Pero, por otra parte, el nómada no es necesariamente alguien que se mueve: hay viajes imóviles, viajes en intensidad, y hasta históricamente los nómadas no se mueven como emigrantes sino que son, al revés, los que no se mueven, los que se nomadizan para quedarse en el mismo sitio y escapar a los códigos. Sabemos que el problema revolucionario, hoy, consiste en hallar una unidad de las luchas puntuales que no reconstruya la organización despótica o burocrática del partido o del aparato de Estado: una máquina de guerra que no remitiría a un aparato de Estado, una unidad nomádica en relación con el Afuera, que no se sometería a la unidad despótica interna. Esto es quizá lo mas profundo de Nietzsche, la medida de su ruptura con la filosofía tal y como aparece en el aforismo: haber hecho del pensamiento una máquina de guerra, una potencia nómada. E incluso aunque el viaje sea inmóvil, aunque se haga sin moverse del lugar, aunque sea imperceptible, inesperado, subterráneo, hemos de preguntar: ¿quiénes son hoy los nómadas? ¿Quiénes son hoy nuestros verdaderos nietzscheanos?

Debate

André Flécheux.- Lo que me gustaría saber es cómo piensa Deleuze evitar la deconstrucción, es decir, cómo puede conformarse con una lectura monádica de cada aforismo, a partir de lo empírico y de lo exterior, porque esto me parece, desde un punto de vista heideggeriano, extremadamente sospechoso. Me pregunto si el problema de la «anterioridad» que constituye la lengua, la organización establecida, lo que usted llama «el déspota», permite comprender la escritura de Nietzsche como una especie de lectura errática que procedería en cuanto tal de una escritura errática, cuando Nietzsche se aplica a sí mismo una autocrítica y teniendo en cuenta que las actuales ediciones nos lo descubren como un excepcional trabajador del estilo para quien, en consecuencia, cada aforismo no es un sistema cerrado, sino que lleva implícita toda una estructura de referencias. El estatuto de un afuera sin deconstrucción, en su pensamiento, coincide con el de lo energético en Lyotard.
Una segunda pregunta, que se articula con la primera: en una época en la que la organización errática, capitalista, llámela usted como quiera, lanza un desafío que es, finalmente, lo que Heidegger llama el establecimiento de la técnica, ¿piensa usted, fuera de bromas, que el nomadismo, como usted lo describe, es una respuesta seria?

Gilles Deleuze.- Si le he comprendido bien, dice usted que, desde un punto de vista heideggeriano, yo soy sospechoso. Me congratula saberlo. En cuanto al método de deconstrucción de los textos, entiendo perfectamente de qué se trata, y siento gran admiración por él, pero no tiene nada que ver con el mío. Yo no me presento en absoluto como un comentador de textos. Para mí, un texto no es más que un pequeño engranaje de una práctica extratextual. No se trata de comentar el texto mediante un método de deconstrucción, o mediante un método de práctica textual, o mediante otros métodos. Se trata de averiguar para qué sirve en la práctica extratextual que prolonga el texto. Me pregunta usted si creo en la respuesta de los nómadas. Sí, creo en ella. Gengis Kahn no fue un cualquiera. ¿Resurgirá del pasado? No lo sé. Si lo hace, en todo caso, será bajo una forma distinta. Igual que el déspota interioriza la máquina de guerra nómada, la sociedad capitalista interioriza constantemente una máquina de guerra revolucionaria. Los nuevos nómadas ya no se constituyen en la periferia (porque ya no hay pe­riferia); lo que me preguntaba era de qué nómadas - aunque sean inmóviles- es capaz nuestra sociedad.

André Flécheux.- Sí, pero usted ha excluido, en su exposición, lo que llamaba «la interioridad»…

Gilles Deleuze.- Eso es un juego de palabras con el término «interioridad»…

André Flécheux.- ¿El viaje interior?

Gilles Deleuze- He dicho «viaje inmóvil». No es lo mismo que un viaje interior, es un viaje por el cuerpo, si es preciso por cuerpos colectivos.

Mieke Taat.- Si le he comprendido bien, Deleuze, usted opone la risa, el humor y la ironía a la mala conciencia. ¿Estaría usted de acuerdo en que la risa de Kafka, de Beckett o de Nietzsche no excluye el llanto por estos escritores, siempre que las lágrimas no surjan de una fuente interior o interiorizada, sino simplemente de una producción de flujos en la superficie del cuerpo?

Gilles Deleuze.- Probablemente está usted en lo cierto.

Mieke Taat.- Tengo otra pregunta. Cuando usted contrapone el humor y la ironía a la mala conciencia, no distingue una cosa de otra, como hacía en Lógica del sentido, donde el uno pertenecía a la superficie y el otro a la profundidad. ¿No teme usted que la ironía esté peligrosamente cercana a la mala conciencia?

Gilles Deleuze.- He cambiado de opinión. La oposición profundidad- superficie ya no me satisface. Lo que ahora me interesa son las relaciones entre un cuerpo lleno, un cuerpo sin órganos, y los flujos que circulan por él.

Mieke Taat.- ¿Eso no excluiría, entonces, el resentimiento?

Gilles Deleuze.- ¡Claro que sí!

Notas:
(*) En Nietzsche aujourd’hui?, Tomo I: Intensités, UGE 10/18, París, 1973. pp. 159- 174 y discusión (no se reproducen más que las preguntas dirigidas a Deleuze), pp. 185- 187 y 189- 190). El coloquio Nietzsche aujourd’hui? se desarrolló en julio de 1972 en el Centro cultural internacional de Cerisy­-la- Salle.
a. Estudiante de enseñanza media de extrema izquierda, herido por la policía durante una manifestación en 1971.
b. M. Blanchot, L’entretien infini, Gallimard, París, 1969. pp. 227 ss. (trad. cast. El diálogo inconcluso, ed. Monte Avila, Caracas, 1970, [N. del T.]).
c. F. Kafka, La muraille de Chine et autres récits. Gallimard, París, 1950. col. Du monde entier. pp. 95- 96 (trad. cast. F. Kafka, Obras completas, III, dir. J. Jovet. Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003, [N. del T]).
d. La genealogía de la moral, II, 17.
e. L. Strauss, De la tyrannie, seguido de Tyrannie et sagesse de Kojéve, reed. Gallimard. París. 1997.

Texto extraído de “La isla desierta y otros textos”, Gilles Deleuze, págs. 321/332, editorial Pre-textos, Barcelona, España, 2005.
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jueves, 9 de mayo de 2013

ALEJANDRO DOLINA

BAR DEL INFIERNO

Planeta, Buenos Aires, 2005.

ORÁCULOS
       
Mi lejano señor y amigo:
Llega este informe hasta tus azarosas tiendas de campaña para prevenirte una vez más acerca del pe­ligro de los oráculos y sus embustes. Aprovechando tus au­sencias y la tardanza de las noticias, una vasta morralla de conspiradores insiste en imitar la voz de las divinidades, pa­ra darnos falsas profecías de tu muerte y tu desgracia.
Como sabrás, ya he dejado de creer en los dioses. Las co­sas suceden por impulso de una muchedumbre de fuerzas imposibles de calcular. Estamos solos en el mundo. Estoy de acuerdo, sin embargo, con tu sabia rutina de cumplir con los sacrificios y ritos que impone la tradición para favorecer la sujeción de las tropas y los pueblos. Pero no debemos permi­tir que la superstición guíe nuestras conductas y, menos aún, que sea utilizada para el menoscabo de nuestro poder.
A principios del mes de bysios, junto a un grupo de jóve­nes leales, me he trasladado al templo de Delfos, más para rastrear la traición y la corruptela que para oír las clásicas predicciones. Debo decir que fuimos disfrazados de merca­deres ingenuos para poder preguntarlo todo sin despertar sospechas.
Es sabido que la virtud oracular de la grieta de Delfos se reveló a los hombres gracias a las cabras. En el lugar donde hoy atienden las Pitias, la abertura dejaba escapar unos va­hos que a nadie llamaban la atención. Sin embargo, unas ca­bras que pastaban en las inmediaciones se ponían a saltar de un modo asombroso cuando se acercaban al agujero. Un pastor, impresionado por aquellas acrobacias, se aproximó a la grieta con fines indagatorios. No bien aspiró las emanacio­nes, el hombre entró en estado de entusiasmo y se puso a predecir.
Enterados de este prodigio, los campesinos de la región tomaron por costumbre asomarse a la rajadura y, al poco tiempo, aquel paraje solitario se convirtió en una verdadera asamblea de rústicos clarividentes. Hombres más pretenciosos dieron tono de explicación a la siguiente redundancia: los vapores invadían el cuerpo de los campesinos a través de todos los orificios Y los dotaban al instante de la virtud pro­fética.
Muy pronto se descubrió que no era posible predecir el propio porvenir. Ante esta limitación, los visitantes acudían en grupo y se adivinaban mutuamente.
Algunos peregrinos, perturbados enteramente, se arroja­ban por el agujero y se precipitaban en los abismos. Los ha­bitantes de la región decidieron entonces restringir el acce­so a las exhalaciones y designaron a una mujer como profetisa única. Se construyó el trípode de bronce que, ubi­cado sobre la grieta, sirve hoy de asiento a la mujer elegida. Se estableció asimismo que, además de la aspiración de va­pores, esta dama debía beber unas cuantas tazas de agua del arroyo Cassotis que también tiene propiedades inspiradoras.
Las primeras pitonisas eran vírgenes hermosas. Pero vino a suceder que un tesalio llamado Ejécrates se enamoró de la Pitia de turno, la raptó y la violó. A partir de entonces se es­tableció que los oráculos fueran despachados por mujeres mayores de cincuenta años. También se dispuso que se pro­fetizara sólo una vez al año, en el aniversario del nacimien­to de Apolo. Después, se ofrecieron oráculos el siete de ca­da mes. Hoy en día, tres pitonisas reciben consultas: dos es­tán sobre la grieta y una permanece en reserva, ya que son frecuentes los desmayos.
Como bien sabes, las consultas no son gratuitas. En otros tiempos bastaba con presentar una torta consagrada, el pela­nós, una ofrenda previa que otorgaba el derecho a aproxi­marse al altar para hacer un sacrificio. Pero la torta fue sus­tituida por una suma de dinero que sigue llamándose pelanós y que se entrega a los sacerdotes que custodian el oráculo.
Antes de la consulta, tuvimos que pasar por unas enojo­sas pruebas para saber si el dios Apolo consentía en ser inte­rrogado. Unos burócratas arrojaron agua sobre una cabra.
El animal se estremeció y se nos dijo entonces que eso signi­ficaba que el dios daba su aceptación. Después esperamos largas horas junto a centenares de visitantes, en un vasto pa­tio de tierra. Los funcionarios echaron suertes para estable­cer los turnos. Se nos explicó que al dios no le importaba el orden de llegada y que prefería asignar prioridades siguien­do los dictámenes del destino. Más tarde, nos revelaron que los magistrados de la ciudad de Delfos otorgan un privilegio escrito que se llama promanteia y que es una carta de priori­dad que favorece a consultantes poderosos. Los que poseen este documento son atendidos inmediatamente.
A pesar de que las mujeres no pueden interrogar al orá­culo, pudimos ver a muchas de ellas instruyendo a miembros de su familia para que preguntaran en su lugar.
Finalmente, fui admitido en el templo que cubre la grie­ta, que es ahora de mármol y bronce. Con la mayor solemni­dad, pregunté por el futuro de Macedonia y por la suerte de nuestro ejército y de nuestro jefe. La Pitia, en verdad una vul­gar campesina intoxicada, empezó a gemir y a pronunciar unas palabras que no me fue posible entender. Un oráculo debe utilizar un lenguaje ambiguo, oscuro, impreciso. Es de­seable que los dictámenes admitan más de un significado. Los tropos son siempre preferibles a la literalidad, tal como suce­de en la poesía. Por lo demás, cuanto más indeterminada sea una respuesta, más improbable será que se haga patente su desacierto. El oráculo no adivina el futuro: sólo ejerce un ar­te del enunciado en el que ningún hecho sobreviniente pue­de contradecirlo.
A la salida del templo, pasé por el khresmographion, u ofi­cina de los oráculos. Allí, unos escribanos labran el acta ofi­cial de la consulta y traducen en verso la respuesta de la pi­tonisa.
Las palabras reveladas fueron éstas:
Los soldados, los reinos y las alianzas serán dispersos. Como dispersas serán las cenizas de su general, cuando pise los dispersos restos de Babilonia.
Corno verás, todo es un engaño preparado para obtener dinero de las personas vulgares. A tu regreso, ilustre jefe, arrasaremos estas guaridas de truhanes o, mejor aún, hare­mos que mujeres leales profeticen la gloria eterna de Alejan­dro de Macedonia.

ORÁCULOS II
Durante muchos años, se creyó que la estatua del Monje, que existe en un rincón de la plaza Flores, tenía virtudes oraculares. La noticia de tal prodigio era difundida por la bella hechicera y vidente Hilda M. de Sormani.
El procedimiento para obtener un dictamen de aquel bronce milagroso era bastante complicado. En primer lugar, había que presentarse en el domicilio de la señora de Sorma­ni. La hermosa bruja tomaba nota de los antecedentes del consultante, lo anotaba en una lista de precedencia, le cobra­ba cincuenta pesos y le recomendaba una dieta rigurosa que duraba dos semanas. La noche anterior a la de la consulta co­menzaba un estricto ayuno. A la hora señalada, animado tal vez por un licor de mandarina que preparaba la propia seño­ra de Sormani, el postulante era conducido ante la estatua. Esto ocurría, casi siempre, a la madrugada y -según la he­chicera- el Monje era más locuaz cuando llovía.
Algunas veces, se vendaban los ojos del peregrino. La pre­gunta debía ser formulada en voz muy alta, casi a los gritos. Unos momentos después, el oráculo se pronunciaba con una voz extraña y con palabras que no siempre era posible enten­der. Por suerte, la señora de Sormani se hallaba siempre pre­sente para interpretar los párrafos oscuros de la respuesta.
El ruso Salzman, que sospechaba de la integridad de la hechicera, le preparó una trampa. Después de algunos segui­mientos y falsas consultas, descubrió que la voz del Monje era, en realidad, el chueco Ordóñez, un mozo de la confite­ría Tourbillon al que habían dejado cesante por tartamudo.
Salzman se presentó ante la adivina y cuando llegó la no­che de su consulta ante la estatua, dispuso que sus amigos in­terceptaran a Ordóñez y lo reemplazaran, escondidos detrás del monumento. Manuel Mandeb, Jorge Allen e Ives Castag­nino se encargaron de tales comisiones.
A las tres de la mañana, Bernardo Salzman, vendados sus ojos y sintiendo en sus hombros las manos de la señora de Sormani, gritó su indagatoria.
—Quiero saber, oh, Diosa, si podré encontrar el amor en la tarde de mi vida. ¿Hay alguna mujer que me ame? ¿Hay al­guna mujer que arda de pasión y lujuria por mí?
Inmediatamente se oyó la voz de Jorge Allen, que tal vez hablaba apretándose la nariz.
—La mu-mu-mujer que te ama está cerca, ta-ta-ta-tan cer­ca que-que-que-que sus manos tocan ahora tus hombros. Da­da-date vuelta, tómala entre tus brazos y hazle el amor aquí mismo, que la mina está de-de-desesperada.
Salzman se quitó la venda y se dispuso a asustar a la bru­ja con unos visajes lujuriosos, pero la bella señora de Sorma­ni ya había huido al galope.
Una semana más tarde, se cruzó con ella atrás del hospi­tal Álvarez. La saludó amablemente, pero con una sonrisa so­carrona. Ella lo miró a los ojos y le dijo:
—La Diosa habla por boca de cualquiera, tanto sea una estatua como un ser humano. El que cree que se burla de la Diosa acaba por convertirse en su instrumento.
Salzman reaccionó inmediatamente.
—¿Quiere decir que la respuesta del otro día fue verda­dera?
—Sí —dijo ella y lo arrastró contra el paredón. Esa mis­ma noche se hicieron amantes.
Bernardo Salzman empezó a creer en los oráculos y si­guió haciéndolo hasta la pascua siguiente, cuando la seño­ra de Sormani lo dejó, con el pretexto de que el marido sos­pechaba.
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